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Imagen de la periodista y escritora Monserrat Roig

Monserrat Roig y las cerezas violetas

La escritora catalana fue la hermana mayor de la generación de periodistas que a partir de los ochenta se metieron a codazos en el mundo de las letras

03.02.2019 23:46 h.
7 min

Las hermanas mayores no debían morirse nunca. O acaso no lo hagan porque con esto de la edad una llega a acostumbrase a la orfandad, ese traje que nunca encaja, pero si no tiene una hermana mayor termina buscándola como loca; proyectando que diría un psiquiatra.

Monserrat Roig fue la hermana mayor de la generación de la movida y del aluvión de periodistas y escritoras que a partir de los ochenta se metieron a codazos en el mundo de las letras y los chismes que tanto custodiaban los varones.  Hermana mayor, fíjense, cuando murió tan joven, apenas mediada la cuarentena, y que sería ahora la hija de muchas que aprendimos a mirar la vida con esos ojos verdes suyos que nos enseñaron a ver violeta.

Revisar a Roig es descubrir que le debemos mucho y se lo debemos sobre todo las escritoras y las lectoras. También las periodistas, algunas de las cuales, sus amigas, siguen dando guerra aunque disimulen (aúpa Maruja, nos vemos en las redes) porque una gran parte de la sensibilidad que gastamos se la debemos a esas primeras mujeres de Adiós Ramona y Tiempo de Cerezas, o a la recuperación de los héroes anónimos de la República (con ese trabajo pionero sobre los supervivientes del Holocausto que publicó en los años setenta cuando aún nadie había hablado de memoria histórica ni tampoco democrática). Nadie como ella para narrar el desencanto de una militancia antifranquista que se hizo mayor y se acomodó a una vida democrática que a algunos les supo solamente a rutina cuando era, al fin y al cabo, normalidad.

Nadie como Monserrat Roig para mostrar los conflictos emocionales de una generación que había asaltado los cielos y alzado todas las banderas de la libertad al mismo tiempo que confinaba a sus mujeres, queridas compañeras, en el dulce hogar o llevando tortillas y mensajes cifrados a la cárcel. Unas mujeres a las que sustituyeron por otras (cambio brujas por geishas) que no les discutían la peana del héroe, ni les pedían cuentas en casa a la hora de cenar.

Roig, las piernas más hermosas del periodismo, a decir de aquellos columnistas que habrían de piropear sus miembros inferiores para omitir que entrevistaba con rigor y con fría implacabilidad siembre muy educada, Monserrat, digo, abrió tantos caminos que sorprende 28 años tras su muerte, lo absolutamente actual de sus palabras, sus personajes, sus dedos en la llaga. 

Hace tres años, cuando hubiera cumplido 70, Josep Massat en La Vanguardia la definía como la escritora progre y  destacaba una de sus afirmaciones: “Yo creo que el papel del hombre militante de izquierdas es, en primer lugar, asumir su papel de opresor en esta sociedad; en segundo lugar, dejar de lado el paternalismo, dejar de dar lecciones y de tener una actitud despectiva como la de a ver qué haremos las mujeres con nuestra lucha, con nuestra reflexión, con nuestros coscorrones contra la pared". A ver si la muchachada del 8M no asume de pe a pa un diagnóstico que tiene más de dos décadas, a ver si la activista rompedora Yolanda Domínguez no hace sino seguir sus pasos cuando le recomienda a los llamados hombres feministas que den un paso atrás y se metan el mansplaining allá donde el pantalón les deje sitio. 

Nada vulgar pero nada sumisa. Catalanista, escritora de un catalán pulcro y heredado de casa y cosmopolita, también a la barcelonesa manera si es que esa expresión es de uso corriente, Roig se adelantó a la fiebre de Beevor escribiendo una crónica desde Leningrado, rememorando el terrorífico sitio al que fue sometida la ciudad rusa muchos años antes de que el historiador inglés hiciera de este episodio histórico casi un best seller. Adelantada de casi todo, la medicina fue más lenta y un maldito cáncer de mama se la llevó tan temprano cuando aún tenía tanto que vivir.

Su hermana Gloria, actriz, interpretó la única pieza de teatro que escribiera, Reivindicaciones de la señora Clito Mestres, y le sobrevivió casi veinte años después de haber protagonizado una de las más bellas películas de Cuerda. Dos hermanas muy diferentes de formas, pero apenas de fondo, atrevida y osada Monserrat; más cauta y también más íntima la actriz.

Sería una lástima que pasara con Roig lo que pasó con Luisa Carnés, con Elena Fortún, con Carmen de Burgos cuando aún sus libros pueden encontrarse en el fondo de las librerías y no hace falta arqueología para su reedición. No deberíamos renunciar a su vigorosa curiosidad, a su finísimo retrato de lo que hemos sido y aún estamos siendo. La relectura tiene ese efecto oxímoron de saber que ya no eres quien fuiste ni aquellos los de entonces siguen siendo los mismos, al fin y a la postre, leer es también un acto de creación. 

Literatura, periodismo y vida, pioneros y actuales. Uno de los personajes de La Hora Violeta, trasunta de la autora, tiene dudas sobre el límite de su implicación a la hora de narrar la tragedia de los deportados republicanos y se dice” no podemos ser cuervos con problemas de conciencia”.

Díganme que casi cuarenta años después no andamos en las mismas, o peor.

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