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'Homenot' Moncho / FARRUQO

Moncho: 'Paraules d’amor'

El gran cantante de boleros, gitano de Gracia, escogió la melodía del amor y unió como si fueran hermanas siamesas dos ciudades: Barcelona y La Habana

03.01.2019 23:55 h.
11 min

Se sintió dueño de sus medios y capaz de comunicar el movimiento que "me arrastra". Cantó boleros siendo gitano y sin despreciar el arte de sus congéneres. Escogió la melodía del amor sin justificaciones para no caer tal vez en el oprobio goethiano del "crea, artista y no pienses". Moncho se dejó llevar tras haber escogido. En él mandó el subconsciente a la hora de unir a dos ciudades mujeres y hermanas, como La Habana y Barcelona. Los catalanes le vistieron de púrpura en el proscenio del Palau de la Música y le cubrieron de áureas capas en el Liceu, el teatro de ópera que pisaron la Callas, Maria de los Ángeles o Pavarotti.

A Moncho le querían en el Sur profundo de Benedetti (que no es precisamente el de Faulkner) y le querían tanto que le querían incluso en Catania y Taormina, donde a los napolitanos añejos les habría gustado verle, por lo menos una vez más, como lo hicieron los soldados de Humberto José, el rey de mayo, al reclamar a Caruso en su despedida, camino de la Gran Guerra. Dijo, alguna vez, haber soñado que cantaba junto a Chavela en El Hábito de Coyoacán, allí donde el editor Manuel Arroyo Stephens y el cineasta Pedro Almodóvar convencieron a la Vargas para que volviera a España, junto a su amigo Joaquín Sabina. Y no sé muy bien dónde Moncho hubiese preferido dar su adiós definitivo. Si en el Palacio de Bellas Artes de México DF, en el Tropicana cubano de Cabrera Infante o más bien en un aforo de La Habana vieja, con el patio de butacas lleno de mujeres deletreando sus estribillos y poblado de hombres el anfiteatro escueto, volcado sobre la plaza porticada y bellamente hispana que da al Hotel de Inglaterra. 

Me atrevo a soltar la apuesta ganadora de que a Moncho le hubiese gustado despedirse cantando entre los tules opacos y los manteles rojo-carne del desaparecido Las Vegas de Barcelona, en Travesera esquina Aribau. Muy de madrugada, cerca de su barrio natal, Gràcia, donde Ramón Calabuch rumbeó y palmeó tantas veces antes de llamarse Moncho y de exprimir sus primeros escarceos en la Plaza del Respall, nido germinal de la rumba catalana. Muy cerca tuve la suerte de conocerlo brevemente, hace bastantes años, en un almacén con toque de entoldado postmoderno pegado al Mercat de Gràcia, cargado de humo y luz con un aforo de cientos de personas, todos sentados en mesas jardineras de mármol y todos gitanos excepto el inolvidable Gato Pérez, subido al escenario con su troupe y tocando, con su clásica dulzura, la salsa de Óscar Laboe.  

En sus últimos tiempos le persiguió el estigma que mata: una enfermedad traidora que le dejó sin voz ante la que él respondió con humor desafiando a las discográficas a grabar un álbum que se titularía Moncho con una sola cuerda vocal. El día de los Santos Inocentes, el pasado 28 de diciembre, como un sarcasmo de urgencia dibujado de sonrisa, falleció el Gitano del Bolero, a los 78 años. Fue en el hospital de Mataró en el que había ingresado el día de Navidad a causa de una parada cardiorrespiratoria.

Se había retirado por imposición del destino pero, como suele decirse, peleó hasta el último momento; hasta el extremo de promocionar su postrera entrega discográfica, Mis queridos boleros. Pocos músicos cercanos (de carne, huesos y corazón) han sido tan queridos y respetados en medios imposibles de cruzar, como los que van desde el latin jazz hasta la canción romántica. Un ejemplo de ese respeto iba a recibirlo el próximo 14 de enero en el Auditori barcelonés, donde un grupo de colegas trataban de homenajearle con su amigo Joan Manuel Serrat a la cabeza (¿cuántas veces cantaron juntos Paraules d’amor?), con la ayuda de Poveda, Dyango, Cigala, Pau Donés o Rosario, que estarán allí con lleno hasta la bandera y el no hay boletos colgado en la ventanilla sin la presencia de Moncho, el niño que se subió a un escenario para el resto de su vida. 

En más de 60 años de profesión, Moncho grabó 34  álbumes, el último con Tamara, voz femenina muy relacionada con el género, nieta del cantaor Rafael Farina, hija de una bailaora y lanzada a los escenarios, como quien dice, desde el Bravo bravísmo de Canal Sur. El Gitano triunfó con sus personales versiones de Llévatela, La nave del olvido, Noche de ronda, Voy, Bravo, El reloj, Nosotros, Historia de un amor, Cuando vuelva a tu lado... Y así hasta más de un centenar de títulos clásicos.

Se centró en la voz humana que humaniza la melodía, pero podría decirse que su pulsión creadora escapó por suerte a toda definición o que a base de ser clásico camufló su clasicismo. Moncho era demasiado cercano para ser verdad. Capaz de conmover pero de carrera casi innombrable, tal vez gitana; no puedo saberlo. ¿Quién enseña a un niño palmero a cantar estribillos de llanto y muerte? 

Antes de que la música se manifestara en él, atravesó una adolescencia atrevida. Recordaba a menudo el rito iniciático al que le sometieron el Pescaílla y su hermano cuando, con 14 años cumplidos, le hicieron cantar en un bolo Levántate de Rolando Laserie, a ritmo de rumba. Pues bien, la rumba se arrumbó en el palacio de su memoria como quien guarda un bello recuerdo, pero nunca más pudo desprenderse del bolero. Aquel día empezó a llamarse Moncho, un nombre artístico que adaptaría mucho después en azares que modifican ritmos pero que no alteran el trazo del corazón.

Dicen que cantar boleros es como vivir una experiencia mística y algo así les ocurrió a José Antonio Méndez o a César Portillo, voces clavadas en canciones sin dueño como Novia mía, La gloria eres tú, Contigo en la distancia, Delirio y otras. Buscaron el arroyo del fillin, la versión habanera del inglés feeling nacida en el callejón Hammel de la Habana vieja donde se formaron grupos nacidos en Santiago y en Sancti Spiritu, origen de Sindo Garay, Pepe Sánchez o Manuel Corona, descendientes de la llamada trova espirituana. En un sentido homenaje aparecido estos días en el diario Gramma, se destaca la herencia del fillin recibida por Moncho. Sea o no exacta la versión caribeña, una cosa es cierta: si alguien era capaz de descifrar los enigmas del alma resguardados en la Cuba profunda, éste era sin duda el Gitano del Bolero.    

Entendió la música con instinto, como un pintor descubre el color o un escultor identifica el material modificable por sus manos. Moncho no nació con el bolero en sus genes; no llevaba el bolero dentro, salió a su encuentro. No quiso ser servidor sumiso de su arte ni dueño absoluto, supo contentarse con el papel de intermediario: con humildad aplaudible, pero a menudo apabullada, ofreció a su incontable auditorio las grandes creaciones de Armando Manzanero,  Agustín Lara, Machín o Ignacio Villa, el inolvidable Bola de Nieve.

Nunca reivindicó la belleza de la melodía sino que, simplemente, la melodía invadió su voz; él solo se dejó. No buscó la forma (partitura), sino la función. La creación es un viaje que va desde la vida hasta la institución; de la intención a la forma o de la idea a la función. De una manera más o menos consciente, Moncho trabajó en la prehistoria de las canciones de amor para ofrecer ante el público la obra consignada. Reconoció la materia del proyecto hasta el punto que se pegó a ella, la identificó. Sus poemas musicalizados, por así decir, se acercaron al ideal de la canción según el cual escribir y hacer música son cosas más que complementarias, idénticas. El mismísimo Lucho Gatica le nombró caballero de una orden sin escudo de armas, cuando, poco antes de su desaparición, lo dejó claro: “ahora, el bolero es Moncho”.

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