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Hayao Miyazaki

Miyazaki y su vecino Totoro

Treinta años después de su estreno vuelve a las pantallas 'Mi vecino Totoro', película del Studio Ghibli. Su director, Hayao Miyazaki, sigue trabajando a los 77 años

14.01.2019 00:00 h.
10 min

Miya-san se pasa dibujando toda la jornada. Lleva todavía un cigarrillo sin encender en los labios y el delantal blanco de todos los días. A media mañana, saluda a los niños de la guardería del centro de trabajo antes de realizar la gimnasia prescriptiva junto al resto de empleados. Horas más tarde, sube a la terraza para ver como cae la noche. Con la oscuridad le da por pensar en su retirada. Ya la ha anunciado un par de veces pero nunca ha sido capaz de cumplir su palabra. Le pueden los ataques de abstinencia. Ahora se arrepiente. Se encuentra otra vez derrengado y con dificultad para cumplir los plazos para el estreno de su nueva película. La cosa se debería haber quedado en un corto de 12 minutos para exhibirse en una de las salas del museo. Pero su tozudez o insensatez pudieron más. 

Después de asegurarse de que el gato que vive en el estudio dispone de agua y comida, Miya-san vuelve a casa caminando a buen ritmo, apenas iluminado por la luz de una pequeña linterna y los faros ocasionales de algún tren de fondo. Se congratula de ser el primero en llegar a trabajar; le gusta ser también el que cierra la puerta.  Vive solo. Cuando llega a casa todavía le queda cerrar las ventanas y guardar unas ovejas de peluche que suele sacar en primavera al jardín porque gustan a los niños que viven en su barrio. Antes de conciliar el sueño, le parece que cada día le cuesta más, se pregunta por qué sigue dibujando todavía a sus 77 años. Aunque las películas que realiza nuestro personaje las vean millones de personas y algunas forman ya parte tanto de la cultura popular como del Parnaso cinéfilo, lo suyo no deja de ser una artesanía casi obsoleta y maravillosa, un remanente bien vivo de otros tiempos. La ética de pequeño negocio familiar, tal vez, no le sea tan ajena.

Hayao MiyazakiPuede que no lo sepamos, pero ya conocemos el arte de Hayao Miyazaki (Tokio, 1940). Se infiltraron en nuestro inconsciente colectivo a finales de los años 70, en una suerte de invasión sutil a través de nuestros televisores. Poco podíamos pensar cuando escuchábamos la sintonía de Heidi, o las triste historia de Ana de las tejas verdes que, tras la premisa suiza y centroeuropea, estábamos asistiendo a la destreza técnica del mejor anime japonés. Después, ya con su trazo más personal, nos fascinó en Sherlock Hound, un trasunto del jefe de Watson en versión perruna que vive en un Londres: puro steampunk. Dibujos presuntamente infantiles que permiten el disfrute para todas las edades con su ritmo endiablado, sus inventos locos de vapor y  el humor de slapstick, pero que difícilmente presagiaban lo que quedaba por venir. 

El caso de Miyazaki, su paso de artista popular a figura central de la alta cultura, recuerda al de su compatriota Takeshi Kitano. Si el lauradísimo director, antes de ganar el León de Oro en el festival de Venecia con la violenta y hermosa Flores de fuego, se dedicaba a glosar las desventuras de los masoquistas concursantes de Humor Amarillo; el dibujante que nos ocupa pasó de dibujar buenos entretenimientos para televisión a crear algunas de las joyas más valiosas del cine del siglo XX. 

Miyazaki películas

No lo hizo solo, claro. Toda revolución, hasta la más pacífica, necesita de buenos acólitos. Junto a él se arremolinaron los talentos de Isao Akahata, Toshio Suzuki y Yasuyoshi Tokuma. En 1985, hartos de los métodos fordianos de la producción de la animación en Japón, deciden fundar el Studio Ghibli. Ghibli era el nombre que le daban a un viento que sopla en el desierto del Sahara y designaba a los aviones italianos que volaban por la zona durante la Segunda Guerra Mundial. Estos tipos querían convertirse en esa ráfaga de viento que revolucionase el anime. Y vaya si lo consiguieron. Gracias a la particular idiosincrasia del negocio, un  equipo fijo de creadores, un ambiente familiar y firme, una sensibilidad y ambición extremas, acabarán desarrollando algunas de las mejores películas, no solo infantiles, no solo de animación, de la historia del cine. 

Sus primeras piezas, Nausicaä del Valle y del Viento (1984) –basada en un manga inacabado del propio Miyazaki– y El castillo en el cielo (1986) llamaron la atención a los especialistas y tuvieron cierta trascendencia en Japón. En ellas podemos ya disfrutar del universo miyazakiano, lleno de protagonistas femeninas poderosas y seguras de sí mismas, algo nada habitual en la filmografía de los años 80 y menos todavía en una sociedad tan tradicionalmente machista como la japonesa; películas con un fuerte compromiso también con el medio ambiente.

La tercera fue Mi vecino Totoro (1988). Una película sobre la que los exhibidores tenían pocas expectativas. La primera del estudio que apostaba por un tema claramente infantil. La trama es sencilla:  en el Japón rural de los años 50, dos hermanas, Satsuki y Mei, se mudan al campo para esperar la vuelta de su madre –que pasa unos tiempos en el hospital, aquejada de tuberculosis– junto a un padre un poco desastre. Velando por sus aventuras encontraran a diferentes espíritus del bosque.

Miyazaki

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La obra es una delicia agridulce y autobiográfica. Mitad Narnia, mitad Alicia en el País de las Maravillas. Oscura y alegre. Dueña de una calidad de dibujo que hace que cada boceto sea disfrutable. La película no ha hecho más que crecer con el tiempo. Y uno de sus personajes, el muy acuchable espíritu del bosque Totoro, acabó por convertirse en la imagen icónica de la compañía. La película se proyectaba en programa doble junto a La tumba de las luciérnagas de Isao Takahata, el lado oscuro y trágico de la otra historia de Japón, narra las consecuencias del bombardeo norteamericano en 1945 sobre dos hermanos. 

La taquilla no fue del todo buena. Pero la semilla estaba plantada. Como una pirueta del destino, la película representa el empujón económico que el estudio necesita. Pero por motivos ajenos a los cinematográficos. La figura del  personaje Totoro y su sonrisa de gato Chesire icónica, gana el corazón de los niños japoneses. Se suceden los productos de merchandising que consiguen llenar las arcas de la productora.  

A partir de allí, una vez conquistado la maestría artística, llegarán otras buenas películas: Porco Rosso (1992), Susurros del corazón (1995), La princesa Mononoke (1997) y la consagración generalista --ganó el Óscar y el Oso de Oro-- para la hipnótica El viaje de Chihiro (2001) o la naïf y magnífica Ponyo (2009). El nombre del Studio Ghibli ya está en la boca de todos. Con los nuevos tiempos, ay, el pistón económico de la taquilla pierde fuelle y hace tambalear el particular sistema de producción de la compañía.  

Las películas de Miyazaki combinan lo trágico y lo cándido y representan una buena manera de que los chavales, viendo cine, aprendan a respetar la naturaleza. En ellas los veranos vuelven a ser eternos y las aventuras parecen vivirse por vez primera. Por ejemplo: un caracol subiendo por una hoja de parra, la gota de rocío evaporándose a primera hora, en manos del maestro japonés, son  escenas de acción. De una acción diferente, es cierto, de la que sucede por dentro. Después de dar muchas vueltas, Miya-san por fin consigue conciliar el sueño. Mañana le espera una jornada igual de dura y plena en el estudio. El delantal blanco por fin colgado al lado de la cama y el lápiz de mina soñando en el bolsillo.

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