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Misión secreta en Operación Triunfo

Misión secreta en Operación Triunfo

Qué pensaríamos si una vez detectados y creados los talentos de cualquier disciplina artística los apartáramos de la audiencia

11 min

Cuando recibo la llamada de Nacho no quepo en mí de gozo. Fantaseo con que por fin se ha dado cuenta de que soy el cronista ideal para cubrir el lanzamiento de su nuevo disco y la posible gira hispanoamericana. Pero no. Me llama porque resulta que la Resistencia Indie anda preocupada. Parece que la muchachada anda como loca con la nueva edición de Operación Triunfo y los líderes de lo alternativo ven peligrar sus opciones de futuro. "¿Pero no habíamos quedado de que era un formato obsoleto", le dijo preocupado J. "¿Será qué puede haber algo de talento musical genuino detrás de esos imberbes haciéndose mechas californianas y gorgoritos?", le respondió el propio Nacho tras hacerse servir otro brebaje amargo. Tras deliberar un rato, Christina propuso enviar a alguien de confianza como agente doble. "Yo conozco a alguien con contactos en lo mainstream. Capaz de infiltrarse entre las filas enemigas de la música comercial y dar el pego", dijo Nacho. Ese alguien resulta que era el menda. "Así podríamos hacernos una imagen fidedigna de lo grave de la emergencia". Yo --más pragmático, pero también más perezoso-- le propongo que veamos el programa en la tele. Tras el silencio desdeñoso que recibe mi propuesta, sé que no tengo más remedio que aceptar. Después de todo --razona Nacho, medio guasón-- eres un equidistante total. Una vez, durante un FIB, te oímos tararear alegremente un tema de Shakira mientras hacías que escribías una crónica sobre la relación entre Lorca y Leonard Cohen.

No me sirve de nada argüir que no conozco nada sobre el tema. Que la primera edición del concurso me pillo a cinco mil kilómetros de distancia. Y en otro hemisferio terrestre. Que apenas llegaban ínfimas réplicas del seísmo como un temblor lejano. Después sé que la franquicia palideció y acabó mudándose a otras cadenas para acabar desvaneciéndose del todo. Sé que vuelve ahora, sí, casi contra todo pronóstico a "petarlo" en todos los shares y en todas las redes sociales. Le dices a M. que los de Gestmusic, si no quieren que se les enferme otra vez la gallina de los huevos de oro, deberían aprender de la organización de los Juegos Olímpicos. "¿Quieres decir utilizando la corrupción como método?", contesta risueña. "No, amor, emitiendo el programa cada cuatro años".

Un día después agarro con la mano sudada el salvoconducto que me va abrir las puertas --hasta tres controles de seguridad-- de la Academia más "prestigiosa" de España. En esta edición está situada en los estilosos platós construidos sobre un antiguo hospital de tuberculosos sito en la falda del parque natural de Sant Llorenç del Munt. A las siete de la tarde ya anochece sobre los bosques que rodean el Parc Audiovisual de Cataluña. En la garita de entrada, el encargado de seguridad apenas consigue retener el centenar de personas que ya esperan casi en fila india. La lista de espera para acudir, dicen, está cerca de los 35.000. Pero aquí todo es hipérbole, claro, empezando por el escenario, que a estas horas se asemeja a un inquietante desierto de espejos negros que parpadean aleatoriamente. Random total. Hormiguean también los profesionales y corren los fans tratando de pillar asiento o primera fila.

La preparación del espectáculo es fascinante. Más que para un programa de televisión, los responsables parece que se preparen para el desembarco de Normandía. Como el Pentágono o las embajadas USA, OT también dispone de dos enormes grupos electrógenos para autogenerar sus millones de kilowattios, así se blindan por si hay invasión alienígena o algún apagón imprevisto. Dentro del plató el ambiente se caldea. "Si el cine es esperar, la tele es esperar un poco menos y de manera más divertida", te dice alguien de la organización. La densidad va subiendo por momentos. El entrenador del público y el presentador suplente --que hace bromas de cómo el éxito le hace la cobra-- los adiestra en los buenos modos televisivos: "Apagad el móvil, mostraros entusiastas, id antes al lavabo porque en medio es complicado". Algunos hacen caso y otros acaban el bocata que les han dado en las bolsas serigrafiadas. A los invitados VIP, que están en el segundo piso, les recomienda que se escondan sus acreditaciones especiales, que dan mal en pantalla. Hermosa metáfora.

Antes de empezar ya puedo whatsappear a Nacho que en OT sobra talento a raudales. Sobre todo detrás del escenario. Tal vez ese sea el problema. O no.

La maquinaria del espectáculo

Instantes antes de empezar, los concursantes --sobreprotegidos como niños primermundistas-- son conducidos en autocar desde el edificio de la Academia que se encuentra a escaso dos minutos a pie del plató. La mala suerte hace que choque contra una farola y de repente salen los cámaras y filman la acción, las jovencísimas responsables en redes piensan en nuevos hashtags, no hay nada que se escape de la maquinaria del espectáculo. El internado es más severo en sus regímenes de visita que los colegios militares escoceses. Ratomaquia de luxe y pedagogía. Dispone de su Platón y Sócrates particulares, responden al nombre de los Javis, y detrás del nombre de grupo de versiones de electrorumba representan a dos de los más frescos creadores de contenidos del país, millenials talentosos y desprejuiciados, capaces de observar tanta belleza en las oscuras baladas de Nick Cave como en la cadera polirrítmica de Becky G, olé por ellos.

Al acercase la hora de emisión, el backstage se asemeja a una película de Fellini: unas bailarinas brasileñas se abrigan con mantas antes de empezar, uno percursionistas hacen broma sobre cómo tocar el cajón --la música de su canción es enlatada-- y una última recua de espectadores rezagados llegan corriendo, jadeantes, contentos de llegar a tiempo de la fiesta mayor de su tiempo. 3, 2, 1. El presentador, Roberto Leal, neutraliza su acento andaluz y reparte sonrisas, el público canta y baila País Tropical como si no hubiera mañana y el confeti se dispara en todas direcciones como en un carnaval cósmico. Vestidos minifalderos esparcen sus espejuelos como bolas de discoteca. La luz no falla. La cosa acaba de empezar y resulta altamente embriagadora.

Tras eso, todo parece languidecer como en un espectáculo escolar voluntarioso. Hay mucho karaoke mundial y caída de ojos y gorgoritos. Están también el coaching bienintencionado y la pornografía sentimental. El aplausillo de ánimo a mitad de canción y el recorte de las versiones a minuto y medio no sea que se vaya la audiencia. Justo cuando me estoy a punto de abandonar dándole la razón al polémico aforismo de Luque que me contó Nacho: "OT nos muestra qué le gusta de la música a la gente que no le gusta la música". Suena un piano de verdad y una guitarra clásica: una de las alumnas entona Procuro olvidarte. La música aparece y suena de verdad y es desgarradora. Como si Manu Guix me dijera "no lo hacemos mejor porque no queremos, porque sabemos que no tendríamos tanto éxito". Luego vuelve lo otro.

De vuelta a casa, mientras los profesionales siguen preparando el próximo espectáculo, exhausto y de madrugada, me pregunto qué pensaríamos de una liga de fútbol que privilegiara casi exclusivamente sus ligas juveniles, de formación. Qué pensaríamos si una vez detectados y creados los talentos los apartáramos de la audiencia. Imagino a Messi y a Ronaldo en pequeños campos de tierra, sin apenas medios que los cubran. Es decir, imagino algo parecido a lo que pasa cada semana en multitud de garitos de la ciudad, lleno de músicos talentosos en lo mejor de sus carreras. Y fantaseo con una nueva OT, o lo que sea, que se atreva a apostar por alguna de las vetas que ya se atisban en su nueva propuesta. Un programa de televisión pública con todos los medios con exclusivamente música en directo y con toda la visibilidad también para los músicos profesionales de calidad, con esas excelentes condiciones de producción y entusiasmo. Chimpón.