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Mientras se proclamaba la nación

Mientras se proclamaba la nación

Ignacio Vidal-Folch destaca las viñetas del dibujante Josep Maria Vallés

5 min

El viernes pasado, mientras nacía una nación, yo estaba sentado en una terraza del paseo de Sant Joan de Barcelona, en compañía de Miguel Gallardo, con quien años atrás hicimos unos cómics muy divertidos que publicamos en La Vanguardia; con Josep Maria Vallés, con quien hice también un almanaque que publicó Ajoblanco --fue, con diferencia, y gracias a Vallés y a Carlos Prats, lo mejor que publicó aquella revista--; y con Ramón de España, a quien los lectores de Crónica Global conocen bien, y con quien escribí un lapidario El canon de los cómics que publicó Glénat, ensayo con el que me despedí para siempre del género de la historieta.

La mañana del viernes pasado, mientras nacía una nación, nos lo pasamos inevitablemente bien. Y es que ellos tres, Vallés, Gallardo y España, tienen arrebatos de cretinismo genial, o de genialidad cretina. Son poetas, cada uno a su estilo, a su manera. Nos habíamos reunido sólo para celebrar la casualidad de estar los cuatro todavía vivos, y naturalmente --naturalmente-- de vez en cuando salía a la conversación el nombre de alguien que ya nos está esperando junto a "los más", que es como los antiguos romanos llamaban a los muertos. "Los más", porque en efecto, son más.

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Pasaban por la calzada coches relucientes, algunos con una bandera flameando al viento de la velocidad, y tocando la bocina --Puigdement acababa de proclamar la República-- y desde las mesas de nuestra terraza algunos burgueses, a modo de saludo y de complicidad, interrumpían la conversación y la ingesta de cervezas y berberechos para alzar el puño cerrado en signo triunfal. Pasó por la acera una joven diciendo al teléfono: "¡Ya somos libres!".

Nosotros, desentendidos del momento histórico, íbamos a lo nuestro, que era muy importante: la consideración retrospectiva. Recordando los años en que aquellos, los que se fueron con "los más", vivían, y los años en que trabajamos, o mejor dicho jugamos juntos --a veces juntos y enfrentados, para qué negarlo-- yo quiero creer, yo creo que no hacíamos sólo un ejercicio de estéril nostalgia autocomplaciente (aunque también) sino que reconstruíamos las carreteras y caminos por los que circulamos despreocupadamente (no diré que tuviésemos mérito alguno, estas cosas son casuales), y que el discurso hegemónico ha cegado. Esos caminos desembocan en el bosque sin salida. Lástima porque desde allí se veían paisajes muy bonitos. Que nada tenían que ver con el tan urbanizado paseo de Sant Joan y sus emociones falsas.

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'Fast food'

Creo que de nosotros cuatro, aunque tiene más edad, el más joven era Vallés. Lo confirma la plaquette Fast food que acaba de publicar con algunos de los dibujos que por regla general sólo salen en su cuenta de Facebook: puro nervio, pura verdad, pura vida, sin lamentos y sin proclamaciones. Como prólogo lleva un texto de Pérez Andújar muy acertado, incluso más acertado que el que yo escribí hace un año en Crónica Global, con motivo de la publicación de un álbum de Vallés sobre el tema de los perros y sus dueños.

Ahora de esta plaquette de dibujos gloriosos se ha impreso una edición muy reducida. No están al alcance de todos. Son joyas editoriales. Yo tengo uno. En estos tiempos de prosaísmo avasallador es una irresistible invitación a la poesía. Una alegre invitación a caminar por los patios traseros de la cultura, que es donde se ha refugiado el valor. Allí donde yacen olvidados por los suelos los juguetes de los niños. El aljibe está vacío, en la cuerda de la ropa se secan unas braguitas descoloridas. Allí donde palpita un corazón monstruosamente humano. Allí donde arden las fogatas de la emoción verdadera. Allí donde Masoliver escribe versos y Vallés dibuja.