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La periodista Masha Gessen sobre una foto de los terroristas que atentaron en Barcelona y Cambrils / FOTOMONTAJE DE CG

Masha Gessen y los hermanos terroristas

La periodista ha escrito 'The Brothers', la historia de los terroristas islamistas de Boston, que guarda similitudes con la vida de los yihadistas de Barcelona y Cambrils

10 min

El aniversario de los atentados en Barcelona y Cambrils, revelando algunas fotos y algunos datos hasta ahora desconocidos sobre el “imán” perverso y los chicos que los cometieron, vuelve a poner de actualidad aquella primera y general reacción que tuvieron quienes les conocían, sus vecinos, sus amigos, sus compañeros de escuela, cuando se enteraron de la barbaridad que habían cometido y de la hostilidad homicida que ocultaban bajo las apariencias de normalidad a la espera del momento de cometer sus matanzas: el estupor. ¿Cómo, por qué, aquellos jovenzuelos adaptados a la vida en Ripoll, buenos chicos con sus rarezas como tantos adolescentes, aparentemente “integrados en nuestra sociedad”, incluso alguno con veleidades nacionalistas y partidarios del “derecho a decidir”, habían sido seducidos por la llamada del nihilismo religioso? ¿Por qué había resultado para ellos más seductora la llamada de la muerte que la invitación a la vida en nuestra comunidad, que sin ninguna duda es una de las más privilegiadas del mundo en términos de bienestar, de tolerancia, de libertad?

Son preguntas difíciles, entre otros motivos porque una de las respuestas es la siguiente: porque nuestro lenguaje es impreciso y no describe las cosas con exactitud. Conceptos como el de “integrados” y como “nuestra sociedad” son imprecisos como metáforas: ni se integra uno en nada, ni en realidad hay tal cosa como “nuestra sociedad” en la que nadie se pueda “integrar”. Estas imprecisiones lingüísticas conducen al caos de la intelección de los fenómenos que tratan de comprender (de la misma manera que la creencia en imprecisiones sintácticas como el “derecho a decidir” nos han conducido al actual caos político).

Preguntas, como digo, difíciles, porque otra de las respuestas es: “porque sí”; o mejor dicho “porque no”, o sea, porque anida en la naturaleza humana una pulsión nihilista que puede ser cultivada y estimulada hasta hacerla dominante y extrema, una atracción de la nada irreductible a argumentos y razones. Contra esa pulsión se pueden orquestar estrategias de seducción, de convencimiento, lavados de cerebro para devolver al nihilista al sentido común, pero sabiendo que no se puede demostrar científicamente, ni siquiera racionalmente, que el ser es mejor que la nada, que la vida vale la pena, que es mejor estar vivos que muertos. A nosotros nos lo parece, nos parece que el “sí” es mejor que el “no”, y la prueba es que aquí seguimos, escribiendo y leyendo; pero el mítico Sileno, que era un hombre muy sabio, pensaba que “mejor sentados que de pie; mejor que sentados, acostados; mejor que acostados, muertos”. Le preguntaron qué es lo más deseable para el hombre y respondió: “Para eso ya llegas tarde porque lo mejor es no haber nacido”. Y cuando le dijeron: vale, entendido, pero después de eso ¿qué es lo mejor?, respondió: “Morir pronto”.

Para reducir el estupor lo primero es tener ideas claras y precisas, un lenguaje que no se engañe a sí mismo ni nos engañe demasiado a los usuarios. Y lo segundo es conocer la realidad lo mejor posible, más allá de sus apariencias: estudiar. Como lo ha hecho la periodista Masha Gessen, conocida como una de las analistas más finas de la realidad de la Rusia actual. Pasó por Barcelona hace un par de meses pero nadie le preguntó por el tema del terrorismo islamista porque el libro que le ha dedicado, The brothers, todavía no está traducido al español.

Cuando los hermanos Tamerlan y Dzhokhar Tsarnaev fueron identificados como los terroristas que pusieron unas bombas en la maratón de Boston, mataron a docenas de personas e hirieron a centenares de ellas, los periodistas que investigaron sobre sus vidas se quedaron muy sorprendidos y explicaron una y otra vez que eran chicos que habían sido acogidos, como sus padres, como refugiados de la guerra de Chechenia, y que por consiguiente lo lógico hubiera sido que estuvieran agradecidos a los Estados Unidos, en cuya sociedad se habían integrado con aparente normalidad. Los dos eran jóvenes de alto coeficiente intelectual y de un porvenir prometedor; el mayor, Tamerlan, era un deportista en artes marciales muy considerado dentro de los circuitos competitivos, vivía con su mujer y su hijo en un piso de un barrio de clase media; el pequeño estudiaba en la universidad… Para ellos se había abierto el sueño americano, tan anhelado por tantos ciudadanos de todo el mundo. Y en vez de agradecerlo, “il gran rifiuto”…

Gessen se tomó la molestia de indagar con detenimiento la vida de la familia Tsarnaev en Chechenia y Dagestán, donde los hermanos crecieron y se acostumbraron al contacto con la muerte, y en Cambridge, en las afueras de Boston, donde no se habían “integrado” tan armoniosamente como parecía a primera vista. Al contrario, todo en la vida de la desestructurada familia Tsarnaev era un constante ir y venir entre la legalidad y la supervivencia en negocios turbios y entre las repúblicas de la ex URSS y los Estados Unidos. En Cambridge, los hermanos vivían en una inestabilidad económica crónica y en la marginalidad social; para llegar a fin de mes traficaban con marihuana y también la consumían con frecuencia, se sentían extranjeros y marginados en un país al que consideraban responsable de muchos de los males que aquejaban a los musulmanes de todo el mundo, mientras a través de internet vivían simultáneamente en su país de origen. En el Islam encontraron por fin el vínculo con una comunidad grande y un sentido de la trascendencia. Y dentro del Islam, en la corriente más combativa y radical.

Leyendo a la señora Gessen, como viendo las fotografías de los chicos catalanes que sonríen como niños mientras se preparan para causar todo el daño que puedan al mayor número posible de desconocidos, y para inmolarse, uno siente comprensión, simpatía y hasta ternura por esos asesinos que no fueron capaces de expresar su íntimo malestar o desfogarlo de una manera menos dolosa, aunque naturalmente también le parece bien que estén ya en el Paraíso, de donde afortunadamente no pueden volver.

El otro día vi en la tele durante unos minutos un documental donde los profesores de un instituto francés le preguntaban a sus alumnos, muchos de ellos de origen africano, árabe o del África negra, si se sentían o no franceses. Aunque algunos de aquellos hijos de inmigrantes habían nacido en Francia, todos decían sentirse argelinos o chadianos o turcos; básicamente se sentían ligados a los países de origen de sus padres y abuelos –países fracasados, países de donde aquellos se habían largado a la primera ocasión—, y enajenados de la comunidad francesa –su historia, sus valores, sus héroes, su cancionero de Brassens y de Piaf— por el color de la piel, por las tradiciones familiares y por el sentido de la escisión y de la diferencia que sentían, o decían sentir, que les imponían los franceses de pura cepa.

Comento esto aquí aunque, naturalmente, no quiero decir que esos chicos vayan a convertirse en terroristas. Pero a la luz de la cautivadora lectura de Gessen y de las andanzas de nuestros terroristas catalanes de origen árabe me pareció que la “asimilación” de colectivos raciales y religiosos disímiles bajo la bandera de una nación es una entelequia. De hecho no se ha logrado en ninguna parte. Se puede ser fatalista y pensar que nunca nos entenderemos los unos a los otros, que vamos hacia la tribu, siguiendo la ley del universo, que es la entropía. También se puede ser optimista y creer que sencillamente nos ha tocado vivir en una etapa de transición hacia un Estado mundial que englobará armoniosamente a toda la humanidad. Inch’Alá.