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Traducir poesía: ¿hay que ser poeta?

Machado, inquisiciones catalanas

Carlos Mármol repasa la relación del poeta andaluz con Cataluña y sus vínculos con Joan Maragall y Eugeni d'Ors

23.08.2017 00:00 h.
9 min

Antonio Machado describe en un par de versos de sus Proverbios y Cantares la diferencia entre la falsa cultura y la sabiduría: “Todo necio / confunde valor y precio”. Algo similar podríamos decir de quienes ahora cuestionan su obra con una lectura sectaria que aspira a borrar --por decreto-- la cultura española en Cataluña. Acusar a Machado de ser hostil con los catalanes, manipulando sus opiniones en favor de la República, es como criticar a alguien por discrepar --civilizadamente-- de sus semejantes. Un auténtico delirio que obvia los beneficios del intercambio cultural, que es el crisol que ha hecho a Cataluña tal como es: diversa.

Machado entendía la cultura catalana como parte de la española --éste parece ser el pecado que no le perdonan sus inquisidores-- y bebió sin problemas de algunas de sus fuentes para escribir su obra, donde se percibe la influencia de algunos de los mejores poetas y prosistas en catalán. Sobre esta cuestión José María Balcells, catedrático de la Universidad de León, publicó en 1991 un artículo en Caligrama, la revista de Filología de la Universidad de Baleares. En él explica los vínculos literarios y políticos del poeta sevillano con su coetáneos catalanes, especialmente con Joan Maragall y Eugeni d'Ors, al tiempo que reseña las razones por las que el poeta andaluz desconfiaba del apoyo de los nacionalistas a la República, expresadas de forma indirecta en un artículo publicado en Hora de España, donde a través de su alter-ego Juan de Mairena dice: “De aquellos que dicen ser gallegos, catalanes, vascos, extremeños, castellanos, etc., antes que españoles, desconfiad siempre. Suelen ser españoles incompletos, insuficientes, de quienes nada grande puede esperarse”.

¿Es un ataque al catalanismo? Más bien un juicio derivado de la extrañeza que causaban al escritor las guerras de las tribus ibéricas, obsesionadas con las identidades de aldea, como si la cultura no fuera la suma de los intercambios y la promiscuidad humana. Machado, como se ha recordado estos días, pasó por Barcelona en 1938 como estación obligada de su exilio y muerte en Colliure. Menos se sabe, sin embargo, de las dos visitas previas del poeta a Cataluña. La primera, coincidente con su viaje de bodas, nunca llegó a consumarse. El poeta y Leonor quedaron varados en Zaragoza por culpa de la “huelga revolucionaria” que la historia conoce como la Semana Trágica. Veinte años más tarde, en 1928, el poeta visitó Barcelona para el estreno de Las adelfas, una obra teatral escrita junto a su hermano Manuel, representada en abril de ese mismo año en el Teatro Eldorado de la Plaza de Cataluña. La crítica publicada en La Vanguardia daba cuenta del éxito de la pieza, sin tesis aparente pero cuya idea principal es la inutilidad de tratar de revivir el tiempo perdido.

Joan Maragall

La presencia de Machado en Cataluña, si bien esporádica, muestra su interés por la literatura escrita en catalán. Conocía la obra de Ramón Llull, Ausiàs March, Verdaguer y Carner. Aunque los dos rastros más decisivos en sus poemas y prosas son los de Joan Maragall y Xénius, seudónimo de Eugenio d'Ors. Con el primero puede trazarse una analogía tonal indirecta, visible entre el poema A orillas del Duero (1912) y lHimne Ibèric (1906). En ambos aparecen el contraste entre un pretérito fecundo y un presente decadente. Y ninguno de los dos responde a los habituales lugares comunes entre Cataluña y Castilla. Machado escribe en el primer poema una evocación --se diría que feroz-- sobre la España autárquica: “Oh, tierra triste y noble, / la de los altos llanos y yermos y roquedas, / de campos sin arados, regatos ni arboledas; / decrépitas ciudades, caminos sin mesones, / y atónitos palurdos sin danzas ni canciones/ que aún van, abandonando el mortecino hogar, / como tus largos ríos, / Castilla miserable, ayer dominadora, / envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora”. 

Maragall, en cambio, firma un canto a la hermandad entre los pueblos peninsulares: “Terra entre mars, Ibèria, mare aimada, / tots els teus fills te fem la gran cançó. / En cada platja fa son cant lonada, / mes terra endins se sent un sol ressò, / que de l’un cap a laltre a amor convida i es va tornant un cant de germanor; / Ibèria! Ibèria! et ve dels mars la vida, / Ibèria! Ibèria! dóna als mars lamor”. Ninguno de ellos, por fortuna, encaja con la burda manipulación del nacionalismo: un andaluz puede criticar a España y un catalán reclamar la fraternidad entre Cantabria, Portugal, Andalucía y Castilla. La literatura, aunque se escriba en idiomas distintos, es un polen que viaja por el aire sin entender de fronteras (mentales).

Eugeni d'Ors

El mismo fenómeno de contagio fecundo se produce --según José María Valverde-- entre el Glosari (1911) de Eugeni d'Ors y Los trabajos y los días (1920), un proyecto de escritos dispersos que el poeta sevillano no llegó a culminar. Machado admiraba la capacidad de d'Ors para sortear los prejuicios intelectuales y su facilidad para escribir una prosa libre, conversacional, a pesar de que Josep Pla sostenía --con su ironía de payés-- que el filósofo catalán solía “hablar en cursiva”. Rafael Gutiérrez Girardot escribió que el Sócrates andaluz que es Juan de Mairena era una contrafigura del Sócrates d'orsiano, el intelectual con seny, razonador y alérgico a lo doctrinario. El Glosari fue el referente en el que Machado se inspiró para componer, siguiendo la estirpe de los grandes ensayistas literarios, una literatura de ideas impulsada no por grandes cuestiones, sino por la vida terrestre.

“El gran mérito de Xénius”, escribe el propio Machado, “consiste en haber sustituido en sus hábitos mentales el afán polémico, que se acerca a las cosas con una previa antipatía, por el diálogo platónico y la mayéutica socrática”. La admiración tomaría años después la forma de poema. Machado dedicó a d'Ors un soneto de Nuevas Canciones, fechado en Ávila en 1921: “Un amor que conversa y que razona, / sabio y antiguo –diálogo y presencia–, / (nos trajo de su ilustre Barcelona; / y otro, distancia y horizonte: ausencia, / que es alma, a nuestro modo, le ofrecimos / y él aceptó la oferta, porque sabe/cuánto de lejos cerca le tuvimos, / y cuánto exilio en la presencia cabe. / Hoy, Xénius, hacia ti, viejo milano / las anchas alas en el aire ha abierto, / y una mata de espliego castellano / lleva en el pico a tu jardín diserto / —mirlo y laureles— desde el alto llano / en donde el viento cimbra el chopo yerto”. El mensaje del poema es sencillo: la verdadera sabiduría no tiene patria. Consiste en razonar junto al otro. “Busca a tu complementario/que marcha siempre contigo / y suele ser tu contrario”.