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Gloria & ocaso de los suburbios

Un grabado antiguo de París en el que se engloba Gloria & el ocaso de los suburbios

La editorial Libros del K.O. publica 'Los suburbios de París', un libro milagroso en el que Luc Sante reflexiona sobre las culturas indomables, el tiempo y la vida en las ciudades

06.12.2018 00:00 h.
7 min

Ivan Chtcheglov, poeta y activista político, escribió en 1953, bajo el seudónimo de Gilles Ivain, un ensayo titulado “Formulario para un nuevo urbanismo”. Se publicó en la revista Internationale Situationniste. En él decía: “Todas las ciudades son geológicas. No se puede dar tres pasos sin encontrar fantasmas armados con todo el prestigio de sus leyendas”. Luc Sante, escritor belga criado en New Jersey, posiblemente el mejor ensayista contemporáneo sobre culturas urbanas, ha hecho de esta afirmación la brújula de casi todos sus libros, en los que resucita gracias al milagro de la palabra justa, una sensibilidad sobria y una documentación prodigiosa las múltiples formas de la vida cotidiana de las grandes urbes que han dejado de serlo para convertirse en los decorados brillantes del capitalismo global.

Sante, que como los autores verdaderamente grandes no pierde el tiempo ni somete al lector al castigo de un libro por año --sólo ha escrito ocho, todos excelentes--, ya nos contó el desaparecido mundo subterráneo de Nueva York en Low Life y evocó, sin un gramo de nostalgia, sus experiencias salvajes como squater en la Gran Manzana podrida, donde uno no podía cruzar la calle sin tener problemas, en Kill your Darlings, ambos títulos publicados en español por la ejemplar Libros del KO, editorial madrileña por la que sentimos devoción y que ahora ha dado a la imprenta otra ópera magna que en inglés se tituló The Other Paris y que en la edición que acaba de llegar a las librerías se nos presenta como Los suburbios de París. La ciudad de la gente en los siglos XIX y XX.

La rue Visconti de París

La rue Visconti de París

El volumen, que viene acompañado en cada capítulo de estupendas ilustraciones, caricaturas, 350 fotos antiguas de la colección privada del autor y una excelente bibliografía sobre la materia que permite sondear sus fuentes y expandir su contenido, es una obra maestra. Sin ningún género de dudas. ¿Se preguntarán el porqué? Es sencillo: no abundan los libros en los que un escritor sea capaz de recrear, a través de referencias literarias, vitales e históricas, el momento efímero, lleno de una belleza tan frágil, que es la vida prosaica de una ciudad, esa obra de arte imperfecta.

Sante lo consigue sin caer ni el costumbrismo --vade retro, Satanás-- ni en la erudición innecesaria. Simplemente contando con maestría la historia oculta de una ciudad cuya literatura es inabarcable y que, sin embargo, todavía tenía pendiente un relato preciso sobre el paisanaje de sus clases populares, anómalas, suburbiales. El París de Sante no es el de Haussmann. Tampoco la ciudad burguesa de los ilustres aristócratas ni la residencia de la impostada bohemia, condensadas en el tiempo amarillo de las estampas antiguas. Es el París orgánico de Les Halles, anterior a su transformación en uno de los escenarios de la comedia de la globalización.

Luc Sante

El escritor Luc Sante

Su libro es una novela de la gentrificación antes de la gentrificación. Un poema en prosa que, en palabras del propio autor, “nos enseña que la belleza es un subproducto del peligro, que la libertad es, en el mejor de los casos, una consecuencia del abandono, y que la sabiduría está entrelazada con la decadencia”. Todos los elementos que caracterizan la auténtica experiencia urbana --la mezcla, el caos, el conflicto, el miedo, la suciedad, la ruina--, ocultos bajo la alfombra por los dogmas del urbanismo higienista, aparecen en las historias de este libro, construido con una mirada envidiable para encontrar en lo vulgar y en lo cotidiano los ingredientes del canto.

Más crónica que ensayo, un paseo al modo de un flâneur en lugar del decurso peatonal de un intelectual, este libro salta entre los tiempos y lugares que forman la materia misma de la ciudad, donde los opuestos se encuentran en una imperfecta y civilizada convivencia, una singularidad que hizo escribir a Guy Debord: "París es una ciudad tan hermosa que merece la pena vivir en ella aunque uno sea pobre en lugar de habitar en otro lugar siendo rico".

La fascinación de la capital gala, origen de su poderoso mito cultural, no se debe sólo a su arquitectura, a su pasado ni a su condición de hogar del arte. Su atracción secreta procedía --entonces-- de una vitalidad imposible de entender sin conocer la vida de sus clases bajas, ese bestiario de seres excéntricos, apátridas y crápulas que en algún momento de su existencia encontraron en sus callejones un recodo oscuro donde cobijarse.

Portada 'El populacho de París', de Luc Sante. La expulsión de esta población plebeya del corazón de París, convertido en un atrio donde alguien con un sueldo corriente ya no puede vivir, certifica el ocaso de esta condición de artefacto vivo, sine nobilitate, pero con carácter. La muerte del París del populacho, de la gente de baja condición, de la mala ralea, de la sublime chusma. Son estas criaturas las que, desde la perspectiva de Sante, crearon el cultivo fecundo que, de alguna manera, todavía puede rastrearse en las calles, las terrazas y los decorados idílicos de la urbe contemporánea, convertida sin remedio en un cuchillo sin filo en lugar de un espacio impuro y salvaje.

El mapa del París de Sante no tiene sus embajadas en los monumentos, sino en viejos arrabales que ya no lo son. No reposa tampoco en los palacios con fachadas almohadilladas, sino en los callejones, las habitaciones sin ventilación y las cocinillas insalubres. No habita en la dicción de los artistas e intelectuales, sino en la jerga de los canallas. El escritor belga se consagra con la descripción de este tiempo perdido que constituye el tejido real de lo urbano, cuya principal característica es su resistencia a ser domesticado.

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