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Louie, tú no, tío

Louie, tú no, tío

Las acusaciones de acoso sexual contra el cómico estadounidense instan a preguntarse si podremos o debemos separar la obra de la persona

6 min

En uno de sus últimos espectáculos --ya inencontrables--, Louie C.K. explicaba que era una tragedia que dejáramos ver dibujos animados a nuestros hijos. Que esos monigotes hiperquinéticos soltando diálogos a mil por hora les hacían polvo el cerebrito a nuestros pequeños. Que sus hijas, claro, no los veían. Esto lo puedo hacer --aseguraba-- porque soy rico. Porque trabajo muy poco y puedo dedicarme totalmente a su educación. Hoy, terriblemente, él mismo, de poder volver a realizar algún monólogo, se contestaría agriamente: vale, los dibujos son dañinos, pero menos que leer en todos los periódicos del país que tu padre ha confesado que haber cometido abuso de poder para masturbarse delante de por lo menos cinco compañeras de trabajo.

Puede que lo descubriera antes la literatura: no hablar de nada en concreto te permite hablar de cualquier cosa. En las series parece que la cosa llegó con Seinfield, aquel invento de los humoristas Larry David y Jerry Seinfield de principios de los noventa, que estuvo reventando audímetros cerca de una década, sin más trama que narrar el día a día de un monologuista neoyorquino más o menos ingenioso. Sí, una comedia acerca de nada.

Años, Emmys y Globos de Oro después, al invento le salieron múltiples continuadores. Para empezar el propio Larry David inauguró la fabulosa Curb your enthusiasm --Modera tu entusiasmo-- titulada aquí, ejem, El show de Larry David. Una gamberrada continua filmada entre el esquema y la improvisación de lo políticamente incorrectísimo. Mi amigo J --acusado por algunos de imitar interesadamente alguno de los gags y manías del propio David-- dice que le gusta la serie no por lo obvio --identificación--, sino por la misma razón que argüía Borges para asegurar que le gustaba la literatura de género negro: porque tienden al arquetipo y al orden interno, por lo que tiene de fórmula desplegada. Después de algunos años en barbecho, acaba de volver con la temporada número nueve. Algunos de los gags son reciclados, sí, pero no por dejar de ser novedad son menos buenos. Ejemplo: Larry abre la puerta y ve que una mujer se dispone a entrar, por lo que la sostiene caballerosamente, cuando ve a la mujer más de cerca, decide que su aspecto indica que no le va a gustar que un hombre le abra la puerta; entonces decide cerrarla, casi en las narices. La mujer entra y le pide explicaciones ¿Por qué estabas aguantando la puerta y cuando me has visto más de cerca has decidio cerrármela? El espectáculo está servido.

Pero durante el último lustro era --¿será correcto el uso de este tiempo verbal?-- Louie C.K. el nuevo padrone de este tipo de comedia triste, salvaje y clarividente. Empezó la escalada hacia la cumbre de la inteligencia y el humor con la serie Lucky Louie, de solo una temporada --borrada también por HBO-- pero ya se intuía la mezcla de filosofía estoica, obsesión y sarcasmo que le harían característico. El do de pecho la dio con la homónima Louie, que empezó tímida pero fue ganando espesor y hondura a lo largo de sus cinco temporadas. Ensanchar los límites de la comedia que trata sobre la nada sin más armas que una camiseta sudada, un divorcio con hijas y una clarividencia salvaje.

La obra y la persona

Hasta hace pocas semanas, Louie C.K. parecía dirigirse al espacio exterior: con su nuevo proyecto Horace and Pete retando a la todopoderosa industria distribuyendo sus serie desde su propia web. A punto de estrenar su primer largometraje I love you, daddy. Y culminando la segunda temporada de Better things, la mejor comedia de lo que va de año, coescrita junto a su colega Pamela Adlon y llena de denuncias al heteropatriarcado más o menos explícitas.

Pero entonces estalló la bomba. ¿Y ahora qué? ¿Podremos separar la obra de la persona? ¿Debemos hacerlo?

Recuerdo un inicio magistral y paradigmático de uno de los episodios de Louie. En él un violinista superdotado tocaba en el metro de Nueva York. En el montaje paralelo, ya dentro del vagón, la cámara iba y venía sobre un gran vómito que cubría la mayor parte de uno de los asientos. Los pasajeros lo miran con descuido y no hacen nada. El desasosiego cada vez es mayor, a la par que el clímax musical. Hasta que Louie se saca el jersey, lo pone sobre el asiento y limpia todo el vómito en él para después tirarlo a la papelera del metro y seguir en camiseta hacia su destino.

¿Seremos capaces de limpiarnos?