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'Litoral', el pez fuera del agua

'Litoral', el pez fuera del agua

La revista fundada en 1926 por Prados y Altolaguirre, de cuya resurrección en Málaga se cumplen ahora 50 años, resume las contradicciones de la historia de España del siglo XX

11 min

No existe sueño más demencial que fundar una revista de poesía, ese arte para minorías cuyo único alimento, siempre magro, es el espíritu. Y, sin embargo, nada hay más emocionante, sobre todo para un viejo escritor de periódicos, que ver compuesto, ordenado y editado el caos de originales, ideas y ocurrencias que forman el cuerpo de una publicación. Para un periodista un día sin escribir es un día en blanco. Una jornada sin publicar parece una tragedia. Éste, y no otro, es nuestro delirio. Por lo general, a nuestro pesar. En unos tiempos en los que el papel retrocede ante el firme impulso de lo digital, que es el nuevo ecosistema dominante, editar una revista de papel, excelentemente impresa, coronada con ilustraciones y pinturas, cocinada a la antigua usanza --con la pauta serena de los clásicos-- parece una utopía. Pero todavía existen quienes se dedican a este oficio de perder el tiempo agavillando papeles, que en realidad es ganarlo porque no hay hora del día mejor empleada que aquella que dedicamos a lo que realmente nos hace felices. El arte de lo inútil, a veces, crea monumentos prodigiosos.

Un ejemplo es la revista Litoral, la publicación de vanguardia literaria fundada en Málaga a mediados de los años veinte del pasado siglo y que desde entonces ha dado cobijo a algunas de las mejores firmas artísticas de aquella Tercera España, tan brillante como efímera, que asesinó la Guerra Civil. En el Litoral iniciático publicaron Lorca, Alberti, Jorge Guillén, Gerardo Diego, Luis Cernuda, Gómez de la Serna y Dámaso Alonso. Para sus páginas ahuesadas pintaron genios como Picasso, Salvador Dalí, Juan Gris o Ramón Gaya. Ahí es nada. Reconstruir su historia supone resucitar una de las más brillantes etapas de la cultura española, que ya era plural y fecunda mucho antes del invento --interesado-- de las autonomías. Litoral es un producto anómalo hecho desde la periferia, que siempre está en el sur, en las tierras solares del Mediodía; con los medios justos y con el espíritu de quienes creen que merece la pena trabajar para que la belleza, que como dijo Borges es más frecuente de lo que se piensa, mejore el mundo inmediato.

La revista se edita desde 1968 en Málaga, su cuna de nacimiento. Publica sólo dos números al año. Casi siempre son extraordinarios. El último, salido hace unas semanas del taller, está dedicado al cuerpo, la prisión en la que todos encerramos nuestros sueños. Antes, haciendo honor a su historia, ha consagrado monográficos a temas como la locura o, con la misma ingenua emoción de las vanguardias más tempranas, ha buceado en cuestiones como el arte de volar, los trenes y las líneas marítimas. Temas prosaicos convertidos en poesía verbal y visual. Fundada hace nueve décadas por Emilio Prados y Manuel Altolaguirre, ambos poetas, su historia refleja todas las contradicciones de la España del pasado siglo XX.

El paquebote de la calle San Lorenzo

Su primera redacción estuvo en la imprenta Sur, situada en la calle San Lorenzo, a unos pasos escasos del puerto malagueño. Prados y Altolaguirre la concibieron como una publicación dedicada a la poesía donde los textos se acompañaban de ilustraciones, grabados y pinturas. Cada número, impreso en una Monopol Minerva con tipos importados de Alemania, Francia e Inglaterra, tenía la vocación de convertirse en una pequeña obra de ese arte moderno que es la tipografía. El número uno, con cubierta del pintor Manuel de los Ángeles Ortiz, llevaba en su portada un pez solitario saliendo del agua, una imagen que todavía simboliza a la publicación. Altolaguirre describió el paquebote desde donde la editaban como un espacio con forma de barco, decorado con objetos de las artes de marear: barandas, salvavidas, faroles, una escafandra, cartas oceánicas y cajas de galletas y vino para soportar las mareas y los más que probables naufragios. Alrededor del núcleo fundacional estaban algunos de los mejores poetas de la Generación del 27, lo más cercano que hemos tenido a la vanguardia intelectual en los mismos tiempos en los que en Alemania se fundaba la Bauhaus y Gaudí era atropellado por el célebre tranvía, dejando inconclusa para siempre la Sagrada Familia de Barcelona.

picasso litoralLas revistas, igual que las personas, pasan por distintas etapas. Las edades de Litoral son cuatro. La primera es muy breve: va desde 1926 a 1927, cuando publica su tercer número, dedicado a Luis de Góngora y Argote. Para entonces los fundadores ya no tenían dinero. Hicieron cinco números más pero tuvieron que parar durante algo más de un año largo hasta que en 1929 se suma al equipo directivo José María Hinojosa y la publicación vira hacia el surrealismo. La reinvención no les permite sobrevivir. A principios de los treinta Altolaguirre abandona el proyecto para irse a París, donde funda los Cuadernos de Poesía; Prados, que resiste, amplía los contenidos --abriéndolos a otras cuestiones no literarias-- y el negocio. La imprenta comienza a imprimir desde etiquetas de vinos a libros de farmacia.

Los años de exilio

No funcionó. Prados también terminaría dejando la publicación y entregó la imprenta a la familia Andrade, que usaría las máquinas para componer bandos propagandísticos, primero en nombre de la República y después de la Falange. En ella se editaba Dardo, una revista --en palabras de su fundador, José María Amado, sobrino nieto del sainetero Carlos Arniches y jefe provincial de Prensa-- "de la revolución nacional-sindicalista española". Las imprentas son máquinas mudas. No saben quejarse. Las mismas máquinas que habían impreso las Canciones de Lorca, Ámbito de Aleixandre o Perfil del Aire, el primer poemario de Luis Cernuda, ahora exaltaban a caudillos fascistas como Franco, Queipo de Llano, Mola, Salazar, Mussolini o Hitler. Litoral había muerto a manos de los bárbaros.

Sin embargo, resucitó brevemente, pero en el exilio. Hinojosa fue fusilado en el 36, igual que Lorca. Prados huyó a México, donde en 1944, de nuevo en compañía de Altolaguirre, exiliado en Cuba, deciden retomar su sueño editorial con ayuda de José Moreno Villa, Juan Rejano y Francisco Giner de los Ríos. Sacan tres números renacidos con las grandes voces literarias de la diáspora: Juan Ramón Jiménez, Max Aub y León Felipe. Después, un largo silencio y la muerte de sus fundadores. En 1968 José María Amado, el mismo hombre del régimen perteneciente a la rama intelectual de la antigua Falange, resucita la publicación en Málaga y decide consagrarla a los supervivientes de la Generación del 27. Usó la misma minerva y los tipos originales, pero cambió el azul marítimo de los fundadores por el rojo y extendió su temática al pensamiento. A pesar de ser un hombre próximo al franquismo, Amado tampoco lo tuvo fácil. La censura recelaba de sus colaboradores: Alberti, Bergamín, José Agustín Goytisolo, Caballero Bonald, Félix Grande, José Ángel Valente, Celaya, Blas de Otero, Ángel González o Jaime Gil de Biedma, al que la revista dedicó un monográfico justo antes de su muerte.

Litoral fue un oasis cultural en una España sin libertad. Una revista donde convivían antiguos poetas golpistas con viejos vates republicanos, que seguía recibiendo originales de Picasso en los años setenta y que publicó la obra periodística de José Bergamín. Capaz de dedicarle un número especial a Mao Tse Tung, el Gran Timonel, con una selección de su poesía en chino, y cuyo mayor tesoro es su historia, especialmente algunos de sus números míticos. En 1975 la dirección pasó a Lorenzo Saval, pintor, poeta, sobrino nieto de Prados y yerno de Amado, que desde entonces la dirige y ha impulsado excelentes números dedicados a escritores como Dionisio Ridruejo, León Felipe, Miguel Hernández, María Zambrano o Pedro Garfias. Un lujo en un país cerril que todavía no ha entendido que la poesía es algo demasiado importante como para dejarla sólo en manos de los poetas.