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Una mujer leyendo una obra literaria

¿Cómo leen las mujeres?

El feminismo postula una interpretación del arte que, aunque ha modificado la imagen tradicional de la mujer en la literatura, sustituye el análisis retórico por la ideología política

9 min

La literatura, en el fondo, se parece al arte secreto de los crucigramas. El escritor crea un texto (mágico) donde cada palabra, en lugar de una función, como sucede en el lenguaje ordinario, debe provocar otra cosa: una sugestión. La lectura, que no es más una forma de escritura invertida, y viceversa, consiste en interpretar y sentir la música oculta de las palabras. No es una tarea fácil: el escritor debe tener talento, horas de vuelo y la suerte de dar con lectores sensibles, que no es lo mismo que sentimentales. Al igual que un crucigrama a medio hacer, un libro queda incompleto, frustrado, si sus lectores no interpretan adecuadamente la partitura. 

Leer consiste en descifrar. Cada uno hacemos este complejo proceso intelectual de forma distinta. La literatura, básicamente, es un ejercicio de ida y vuelta, igual que un verso. Escribimos solos aunque estemos rodeados de gente. Y hasta cuando declamamos en público un poema la voz de un texto nos habla únicamente a nosotros. De ahí que sea llamativo que el feminismo, el movimiento social que desde los años sesenta del pasado siglo ha cambiado la vida cotidiana de las sociedades occidentales, propusiera en su momento --y todavía defienda-- una interpretación de la literatura que prescinde o directamente relega su auténtica naturaleza --el mecanismo retórico-- en favor de una exégesis en clave política, igual que otras muchas ideologías con vocación redentorista, como el marxismo. 

La moral feminista

Existe una teoría literaria marxista. Y hay otra feminista que aspira a decirle a las mujeres cómo deben interpretar un texto literario. Básicamente su tesis es que en muchas novelas, cuentos y ensayos el machismo, ese monstruo de mil cabezas, proyecta una ideología tóxica que cosifica, idealiza o traiciona la figura de la mujer, relegándola a un papel secundario en la historia. Enjuiciar un libro sólo desde esta óptica conduce a la condena --moral-- de obras maestras y obliga a reivindicar libros artísticamente pésimos únicamente por contener un mensaje emancipador sobre la mujer. Las buenas intenciones no curan de los maximalismos. 

beauvoir

Simone de Beauvoir

Las mujeres, como dejó dicho Simone de Beauvoir, que no era sospechosa de machista, no son una minoría ni un producto de la historia, como el proletariado. Son la mitad (creciente) de la humanidad. Juzgar la literatura desde el prisma político de género es hacer política con la literatura, traicionando así su verdadera naturaleza e incurriendo en los mismos valores absolutistas de la causa que se pretende combatir. Ninguna ideología puede suplantar a la crítica literaria del mismo modo que la parte de algo nunca es el todo. No existen dos mujeres iguales. Cada lectora es un sujeto individual que se enfrenta al hecho literario de forma autónoma y personal. Los intentos del feminismo (más militante) por dirigir su lectura en una única dirección son tan intensos como estériles, pese a su popularidad en determinados ámbitos académicos, especialmente norteamericanos, amantes de lo políticamente correcto. Es como aspirar a que cualquiera de nosotros leamos La Ilíada de Homero exactamente con los ojos de los antiguos griegos. Sencillamente no es posible. Ellos no son nosotros.

Las pioneras

Julia Kristeva diferencia tres posturas en la crítica literaria feminista: la liberal, la radical y la pacífica. La primera trata de fomentar la igualdad entre sexos. La segunda amplifica las diferencias entre ambos para exaltar la feminidad. Y la tercera niega las diferencias. Unas leen de forma conciliadora; y otras con espíritu militante. En la cultura anglosajona las pioneras de los movimientos culturales femeninos datan de finales del siglo XIX y principios del XX. Más que un corpus teórico, su herencia consistió en expresar por vez primera la conciencia literaria de las mujeres con respecto a su situación social. Es el discurso de Virginia Woolf en Una habitación propia y en Tres guineas, dos obras que anuncian los grandes temas que más tarde desarrollaría, no siempre de forma brillante, una parte del feminismo posterior. Woolf no se consideraba a sí misma como feminista, aunque la historia la haya terminado situando como madre y maestra de la causa. Su pensamiento es fecundo en dos sentidos: su idea de que la sensibilidad femenina ha producido obras diferenciales dentro de la gran tradición literaria --por la vía de la indagación personal más que fomentando la competencia con el varón-- y la tesis de que las diferencias de género no son biológicas ni mentales, sino sencillamente sociales. Por tanto, pueden ser discutidas y modificadas. Woolf no busca el conflicto gratuito con el hombre ni practica el victimismo infantil: constata la desigualdad (social) entre ambos sexos y aspira a su desactivación, proponiendo una suerte de androginia intelectual.  

Virginia Woolf at Monk's house

Virginia Woolf

Para ella, las mujeres escriben y leen de forma diferente no por ser mujeres​, sino porque su experiencia social es distinta a la de hombre. Su gesta fue expresar literariamente el mundo interior femenino. Contar la verdad de una existencia secreta vivida hasta entonces entre visillos. Y, de esta forma, cuestionar las ataduras mentales históricas que conducían a las mujeres a interpretar la literatura tradicional como lectoras pasivas, en lugar de activas. En Francia, la otra cuna del feminismo intelectual, el planteamiento de Simone de Beauvoir, otra de las referencias mayores del movimiento, incide más en la esfera pública. Su feminismo es netamente político. Apoyándose en el marxismo y en las filosofías existenciales, la escritora francesa defiende el aborto, incide en la guerra entre los sexos y resalta la distancia (mental) que separaría a hombres y mujeres. “No nacemos mujeres, nos convertimos en ellas. Es la civilización entera la que produce esta criatura”, escribe. La liberación de la mujer, a su juicio, pasa por reconocerse como un sujeto libre y autónomo en lugar de asumir el rol de objeto que el hombre --a través de la tradición clásica, medieval y renacentista-- construye mediante ese espejismo de la idealización de lo femenino. 

Las aportaciones de Woolf y Beauvoir son indiscutibles, no así el desarrollo de sus ideas que hicieron los feminismos posteriores, que intentaron establecer métodos cerrados y sistemáticos para interpretar la literatura en clave de género, olvidando que, aunque cualquier obra literaria siempre es fruto de un marco social, también es un mecanismo retórico cuya creación e interpretación es una actividad individual. El feminismo cultural ha ayudado a poner en cuestión la identidad que el canon literario proyecta desde hace siglos sobre la mujer, pero su insistencia en determinados dogmas implica restringir dos de las actividades más libérrimas que existen: sentarse a escribir y ponerse a leer. Las mujeres no leen de forma distinta a los hombres, al igual que todos los hombres no usan el mismo parámetro para juzgar una misma obra literaria. Cada mujer es un mundo; cada hombre, un universo. No hay dos libros iguales aunque contengan las mismas palabras. Ni existen dos lectores idénticos aunque descifren el mismo códice. La literatura nada tiene que ver con las interpretaciones de género, sino con el talento y la individualidad, que es uno de todos los rostros posibles de la libertad.