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El palacio de Alexánder en Tsarskoye Selo  / ALEXEI GORNOSTAYEV

El liceo imperial de Alexánder Pushkin

El gran poeta ruso se formó durante seis años en la austeridad de Tsárskoye, sede de la antigua residencia imperial de los zares, una academia basada en la discusión

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Las colinas de Púlkovo están cinco kilómetros al Sur de San Petersburgo. Son las estribaciones más altas próximas a la ciudad, apenas 73 metros. Desde allí bombardearon los nazis durante la Gran Guerra Patriótica el sitio de Leningrado. Murieron millón y medio de personas. Hoy, alrededor del cerco que sitió a la ciudad, se han colocado cañones y tanques, en recuerdo de la gran tragedia y para que no se olvide jamás la historia. No muy lejos se encuentra Tsárskoye (llamada Pushkin), la sede de la antigua residencia de la familia imperial rusa. Los turistas llegan hasta allí para ver el gran palacio de Catalina, pero ninguno se acerca a visitar el palacio de al lado, mucho más modesto: el Liceo Imperial, el lugar donde estudió el fundador de la lengua moderna rusa, Alexánder Pushkin (1799-1837), durante seis años.

Algunos de sus acontecimientos biográficos más destacados se fraguaron en el liceo, así como su sistema de relaciones y su espíritu político. Alejandro I lo inaugura el 19 de octubre de 1811. La idea es crear una nueva generación de estudiantes para emplearlos luego en el servicio imperial. Su modelo es el liceo ateniense. El centro se erige como el primer liceo de Rusia. Son los hijos de los nobles (ricos o no) los que pueden estudiar allí, previo examen de ingreso. Cada año acceden unos treinta alumnos con edades comprendidas entre los 10 y 12 años y permanecen seis años sin salir de él. 

Nos lo muestra Svetlana Gudzik al caer la tarde. Seguimos su figura imponente y negra por la gran escalera. Antes de reunirnos, nos pregunta quién es Pushkin. Contestamos que un gran poeta ruso, pero ella nos corrige: “No, el gran poeta ruso”. Los exámenes de ingreso se llevaban a cabo en la gran sala roja y dorada del primer piso. Una de las pruebas era recitar poemas. El jurado estaba formado por los grandes pensadores y artistas de la época. Allí estaba el poeta Gravila Derzhavin, de quien había que recitar unos versos. Cuando llegó el turno a Pushkin, no los declamó. Compuso sobre la marcha unos poemas laudatorios al poeta e introdujo en ellos sus versos.

Retrato de Alexander Pushkin (Orest Kiprensky, 1827)

Retrato de Alexánder Pushkin (Orest Kiprensky, 1827).

Su dominio del arte poético era imponente. Sin embargo, no lo era en otras áreas. Solía sentarse en las últimas filas del aulario. Las primeras, más cerca de la cátedra del profesor, se reservaban para los mejores alumnos. No contestaba correctamente a las preguntas de matemáticas y física y era un mal dibujante, sin embargo sobresalía en ruso y latín. “Solía sentarse en Kamchatka”, dice Slevtana, “la última fila y la más alejada del profesor, como la península”. Los alumnos estudiaban también matemáticas, lengua, esgrima, gimnasia, baile y caligrafía, entre otras materias. Practicaban el minuet, pues mantenía erguida la espalda y fomentaba la elegancia. Pushkin era un gran bailarín. Su lugar preferido era la biblioteca, “le encantaba leer” –sigue Svetlana– y disfrutaba de los 700 volúmenes de las estanterías regalados por Alejandro I.

El método educativo supuso un gran trabajo y fue muy novedoso en el país. La mayor parte de los profesores provenían de la Escuela Pedagógica de San Petersburgo y algunos habían ampliado sus estudios en Alemania. Allí habían aprendido el método de discusión y debate con los alumnos, quienes no solo se limitaban a escuchar, sino a ejercer el espíritu crítico y deducir los contenidos. En el apartamento del piso superior, donde vivían los tutores y el profesor de dibujo (proveniente de la Academia de Bellas Artes), se celebraban tertulias. “Estudiaban once meses al año y tenían un mes de vacaciones, pero no abandonaban el liceo”. Las jornadas eran intensas.

Se despertaban a las seis de la mañana, rezaban, tomaban un té, empezaban las siete clases diarias y se acostaban a las diez. “Así se formaron los Decembristas. Fueron compañeros de Pushkin y algunos convivieron seis años con él”. Los zares, que habían inaugurado el liceo para proporcionar la educación más esmerada, verían cómo parte de esos alumnos defenderían más tarde la monarquía constitucional. Nicolás I perdonó la simpatía de Pushkin hacia los conspiradores liberales y él, aprovechó la relación con el zar para que liberara a sus amigos, deportados a Siberia. “Pushkin no era revolucionario, era liberal”, asegura Slevtana.

Las habitaciones de los alumnos están en el segundo piso. Se han reconstruido según los planos y las formas originales, al igual que tantas cosas de los 200 museos de San Petersburgo. Las habitaciones son pequeñas, austeras, humildes, parecen celdas de un monasterio. Están pintadas de un verde apagado, como el pasillo, y son individuales, pues había que respetar la soledad de los alumnos. No hay sillas, así la espalda se mantenía recta. Si leían, debían hacerlo de pie. La habitación de Pushkin es la número 14, a su lado, la de su amigo, también escritor, Iván Pushin, la número 13. “Se acostumbraron a firmar sus escritos con el número de habitación. Pushkin era el 14”. El liceo estuvo activo en el palacio hasta 1843 y luego se trasladó a San Petersburgo. En septiembre de 1941, los nazis tomaron Tsárskoye. Desde las colinas de Púlkovo, a pocos kilómetros, tenían una visión mejor de San Petersburgo y podían bombardearla. Necesitaban una sede para su gobierno. Buscaron un edificio y lo encontraron enseguida. Días más tarde, se instalaban en el Liceo Imperial fundado por Alejandro I y organizaban su Estado Mayor.