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El libro del revés

El libro del revés

Carlos Robles repasa la trayectoria del genial escritor argentino Ricardo Piglia

8 min

Ni la laboriosa construcción de las pirámides de Egipto. Ni el perímetro concéntrico de Stonehenge. Ni la atroz grafomanía de los garabateadores de las líneas de Nazca. De entre todos los enigmas irresolubles de la historia de la humanidad, tal vez el más extraño sea el que no consagra a Ricardo Piglia como el mejor escritor en castellano del último entre siglos.

El caso es que en unos días Anagrama publica Un día en la vida, la tercera y definitiva entrega de su mítico diario autobiográfico Los diarios de Emilio Renzi, y los periódicos y secciones culturales lo consignan medio desganados, perdido en el marasmo de austers y ruizafones. Por no hablar de la nula aparición en los medio televisivos. La verdad es que en la América lectora su recepción es diferente, pero entre los ibéricos --menos una reducida secta de fanáticos lectores--, se le ningunea un poco, más en privado que en público, eso sí. Las reticencias van más o menos por ahí: se pasa de posmoderno; es demasiado ambicioso; le falta sangre y le sobra literatura.

Laboratorio literario

Piglia cuenta que empezó a escribir en la adolescencia el primero de los 327 cuadernos que conforman la materia prima de su opus magnum. Argumenta que toda su obra posterior tal vez no sea más que una excusa para hacer posible la publicación de ese diario. Durante muchos años la existencia de los cuadernos era mítica. Muchos de sus amigos dudaban de su existencia corpórea. La leyenda cuenta que iba acumulando las libretas --páginas y páginas de su mala letra endiablada-- en un baúl hasta que este quedó pequeño y entonces los pasó al ropero. Los releía de vez en cuando y en ocasiones no se reconocía en ellos. En el suplemento Babelia iba publicando algunos de esos fragmentos. No especialmente los mejores. El diario era su laboratorio literario. Parece que su maravilloso Formas breves salió directamente de allí.

Piglia gusta de ironías. Así, su último libro será el primero que empezó a escribir. “Los diarios tiene la mala costumbre de acabar con uno”, reía. Es un diario autobiográfico pero el narrador no lleva su nombre. Está basado en su vida real pero está lleno de ficción. ¡Menuda novedad!, cuchichearán los más perspicaces, precisamente la mentira --no obligatoriamente piadosa-- y la fabulación son algunas de las características involuntarias más destacadas del género autobiográfico. Pero en este caso es diferente. Piglia ha regalado su vida entera a uno de sus personajes. Literalmente. Los diarios no están  protagonizados por él sino por su álter ego ficcional: Emilio Renzi, el joven bohemio, aspirante escritor y hermano literario de tantos otros: del Quentin Compson de Faulkner, del Jorge Malabia de Onetti, del Nick Adams del tito Hem, del Vila-Matas de Vila-Matas.

La influencia de Borges

Su primer recuerdo lector ya casi se ha convertido en un lugar común. El pequeño Ricardo apenas tiene cuatro años. Una tarde roba uno de los libros que su padre tiene en la biblioteca y se sienta en la puerta de su casa haciendo ver como que sabe leer. De repente una sombra se le acerca y le advierte de que esta cogiendo el libro del revés. Que esa no es la forma normativa. Piglia dirá después que fantasea que fue Borges quien le corrigió aquella tarde. Las fechas cuadran. Los lugares también. Aquel verano Borges veraneaba en Adrogué y tomaba el tren de vuelta a Buenos Aires cerca de la casa natal de Piglia. ¿Quién sino iba a hacerle esa jugada a un niño?

Podríamos decir que en ese gesto inaugural Piglia se tira toda su carrera. Volteando y volviendo a girar ese libro azul. Sin decidirse entre la lectura literal y la desviada. Entre el centro del canon y su periferia. Aceptando la manera que Borges le propone y dinamitándola a su vez.

Es famosa la anécdota donde el escritor polaco Witold Gombrowicz grita desde el barco mientras se aleja del Río de la Plata: ¡Maten a Borges! Tal es la dificultad de escribir detrás de él. El peligro de escribir desde sus antípodas --desconocerlo sería desconocer parte de lo mejor de la literatura contemporánea-- o dejarse llevar por su fuerza centrífuga y convertirse indefectiblemente en escritores epigonales. Más que escribir después de Auswitch lo difícil sería escribir después de Borges. Piglia, como no podía ser de otra manera, lo consigue y no lo consigue.

Encuentro en Barcelona

Recuerdo que la última vez que vino a Barcelona estaba exultante. Tomábamos unas birras al fondo de la Central de Mallorca mientras esperábamos que la librería se llenara. No se llenó. Mi amigo J. --que fue el que me lo presentó literariamente quince años atrás-- me lo presentó físicamente. Traía para él la portada que había preparado para la edición en Debolsillo de Nombre Falso. Piglia nos atendió encantador y dijo que aquel era su libro favorito. Tenía ya ochenta años pero la ELA que le postraría definitivamente en la cama --por fin tendré tiempo para leer, diría después-- no se había manifestado. O tal vez sí. Bromeaba. “Estoy de buen ánimo porque sigo dándole poca importancia a la realidad”.

Hablaba del Barça y de Messi. Regañaba a Bioy por no haber sacado a Borges al extranjero en cuarenta años. Nos daba consejos sin un gramo de pedantería. Los cuentos se escriben en dos o tres días, no los dejéis más, nos dijo. Estaba preparando uno con los casos del comisario de Blanco Nocturno como protagonista.  Acababa de grabar unos programas de televisión explicando a Borges para le televisión pública argentina. Nada hacía pensar que en menos de dos años la muerte le apartaría de la lectura. Tal vez no de la escritura. Sospechamos que Piglia es de esos escritores --como  Kafka, como Bolaño, como Bioy-- que siguen escribiendo prolíficamente desde ultratumba.