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Detalle de la cubierta de Francisco Rivero Gil para el libro 'Brujas, Lisboa, Madrid', de María Enriqueta / BNE

Del libro como una de las bellas artes

La Biblioteca Nacional analiza en una exposición cómo un sector editorial en plena transformación a inicios del siglo XX dio cabida en España a las estéticas de vanguardia como reclamo comercial

19.03.2019 00:00 h.
7 min

Es lo primero que asoma. Irrumpe a veces como un golpe. Y otras, como una revelación. La portada de un libro es el punto de inicio de algo. O la última estación de todo. En ocasiones, llega a aparecer ante los ojos como un ejercicio artístico de máxima precisión. Una novela, un ensayo, un libro de poemas o una obra de teatro empiezan siempre a respirar desde la cubierta, como si ésta fuera la cumbre de un ochomil, el espiráculo de una ballena, la parte del iceberg que asoma en la superficie.

Pero no siempre fue así. Las encuadernaciones en tapa dura y con el texto estampado dejaron paso en las primeras décadas del siglo XX a los modelos en rústica, impresos a color y con grandes tiradas. La pujanza de la industria editorial y los avances técnicos, especialmente el fotograbado, permitieron a las artes plásticas –a través de la ilustración y la tipografía, principalmente– colarse en el diseño de las cubiertas. A partir de ahí, el papel empezó a mostrar, en su coraza también, una lograda belleza.   

Porque España, en los años veinte y treinta, tuvo su caldeada y cruda realidad espejeando también en la cultura. Desde allí se descolgaron estos artistas que vieron en el libro una oportunidad más para la transmisión y la difusión de los manifiestos estéticos en vigor: el dadaísmo, el cubismo​, el futurismo, el expresionismo, el surrealismo... Sin renunciar a su condición de mercancía dependiente de su valor de uso y de mercado, la producción editorial ganó jerarquía en el inventario del arte.

El libro de León Trotsky ‘La revolución desfigurada’, con una ilustración de  Ramón Puyol para la editorial Cenit (1931). BNEA esa explosión de creatividad alrededor de la edición viene a ponerle rastro ahora la Biblioteca Nacional (BNE) en la exposición La seducción del libro. Cubiertas de vanguardia en España, 1915-1936. A través de ciento veinte volúmenes, la muestra pone luz a la incorporación de aquella tropa de pintores, dibujantes e ilustradores (Ramón Puyol, Arturo Ballester, Santiago Pelegrín, Francisco Rivero Gil…) al negocio del papel, donde dejaron huella de las preocupaciones sociales e ideológicas de su tiempo.  

El libro ‘La esfinge maragata’ (Renacimiento, 1931), de Concha Espina, con portada de Alfonso Ponce de León. BNE“Están presentes los acontecimientos históricos más notables de la época, desde la lucha obrera al surgimiento del nazismo y, desde luego, la situación política en España. Quedan reflejados así, por ejemplo, las luchas obreras, el triunfo de la aviación, el nacimiento de las nuevas urbes y el desarrollo de la arquitectura racionalista, así como el cambio del papel de la mujer en la sociedad y su lucha por conquistar derechos y libertades”, asegura la comisaria, Alicia García Medina.

Según desvela esta propuesta de la Biblioteca Nacional –abierta hasta el 5 de mayo–, a aquel grupo de creadores efervescentes le dio cobijo una industria, la editorial, empeñada en difundir sabiduría a través de los libros entre una población en la que el analfabetismo cotizaba al 30%. En palabras del profesor Juan Miguel Sánchez Vigil, “la Edad de Plata de la cultura española tuvo en la edición un exponente más basado en tres factores: el cambio empresarial, el asociacionismo profesional y la consolidación del oficio de editor”.      

Cubierta del libro ‘En los andamios’, de Felipe Trigo, realizada para la editorial Renacimiento por el artista Ramón Puyol. BNEEn ese vuelco tuvo mucho que ver la celebración de encuentros profesionales como la Asamblea Nacional de Editores (Barcelona, 1909), que sirvió para introducir formatos más reducidos. Asimismo, se potenció la colaboración a través de la Federación Española de las Artes del Libro, creada en 1912, y las exposiciones internacionales de Artes Gráficas e Industrias del Libro. En aquellos años, Victoriano Suárez fundó Renacimiento, que introdujo las ilustraciones en las cubiertas de todas sus colecciones. 

Tras su estela nacieron los sellos Biblioteca Nueva, creado por José Ruiz Castillo en 1915; Estrella, fundado por Gregorio Martínez Sierra en 1917; y, también en ese año, salió Prometeo, la editorial de Vicente Blasco Ibáñez. En este mismo momento, Nicolás María de Urgoiti puso en marcha el proyecto Prensa Gráfica, que albergó la editorial Calpe. Desde allí lanzaría en 1919 la Colección Universal, la primera en bolsillo del mundo, que se comercializó en los quioscos junto con el periódico El Sol.    

Diseño de Francisco Rivero Gil para el libro colectivo ‘Las 7 virtudes’, de la editorial Espasa-Calpe. BNEComo consecuencia, el libro en España creció de forma considerable en aquellos años. Las novelas ilustradas –de pocas páginas, formato reducido y bajo precio– lograron gran popularidad, al tiempo que se fusionaban Espasa y Calpe. También nació la CIAP (Compañía Iberoamericana de Publicaciones), con fuerte impacto en la distribución. A finales de la década de los veinte, con dos centenares de editoriales en activo, se publicaron casi dos mil quinientos nuevos títulos. La característica común a muchos de ellos fue la ilustración de las portadas con un artista a los mandos…

“El mejor medio de que un pueblo sea respetado y querido fuera de los límites de su territorio es que se le conozca, no sólo por la leyenda cromática y pintoresca dibujada en una pandereta, sino por las muestras de su actividad, de su dinamismo en todos los ramos de las letras, las ciencias y las artes. Y, ¿qué más perfecto introductor de la actividad intelectual de un pueblo que el libro?, remató, a modo de bandera de aquel momento cultural, el editor, impresor y librero Luis Romo en 1925.

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