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Escena de 'The Happy Land' (1873), de W. S. Gilbert / Illustrated London News, March 22, 1873

La ley de la gravedad

Una editorial portuguesa censura la 'Oda Triunfal' de Pessoa, donde aparecen las palabras "putas" y "masturbación", por una supuesta preocupación didáctica

17.01.2019 00:00 h.
9 min

El buenismo es la religión (laica) de nuestros días. Y la dictadura de lo políticamente correcto la enfermedad (creciente) de los imbéciles. La noticia es de esta misma semana: la empresa portuguesa Porto Editora, que se dedica a elaborar material didáctico, ha censurado algunos versos de la Oda Triunfal escrita por Fernando Pessoa, probablemente el mayor de los poetas lusos tras Camões, al amparo del disfraz de uno de sus famosos heterónimos; en este caso Álvaro Campos, una de sus múltiples personalidades líricas.

El argumento de la empresa para adoptar esta decisión --según las agencias de noticias-- es la "preocupación didáctico-pedagógica" que, a su juicio, presentaba el hecho de que el autor del Libro del Desasosiego mencionara en algunos versos términos como "putas" y "masturbación". La obra estaba destinada a alumnos con más de 17 años. Hasta aquí, los hechos ciertos.

La Oda Triunfal es uno de los poemas futuristas de Pessoa. Su retórica, vanguardista, está basada en la repetición rítmica, mediante la cual la voz lírica expresa una sensación universal: el entusiasmo vitalista de un individuo por la máquina. Lo hace mediante descripciones de un paisaje donde aparecen "automóviles apiñados de juerguistas y de putas" y una escena en la que niñas de ocho años "masturban" a hombres decentes en escaleras. Dos imágenes que, a juicio de la editorial, suponían un gravísimo problema de conciencia. La solución: sustituirlas por unos puntos suspensivos. Esto es: la censura.

Retrato de Fernando Pessoa pintado por José de Almada Negreiros

'Retrato de Fernando Pessoa' pintado por José de Almada Negreiros

Al parecer, los alumnos (aunque cercanos ya a la mayoría de edad legal) no debían ser escandalizados con semejantes términos, aunque fueran utilizados conscientemente --en la buena poesía no existe ninguna palabra casual-- por un escritor que podríamos considerar un verdadero autor nacional. El episodio revela hasta qué punto existe una idea falsa de la educación en nuestras sociedades y, al mismo tiempo, denota cómo el evangelio de lo políticamente correcto se ha convertido en una dictadura que, en lugar de liberar a los individuos, sirve para adocenar a las personas.

La actitud monjil de la editora, lejos de ser un acto loable, merece una crítica categórica. No sólo porque hurte a los alumnos las palabras exactas de un excelente poeta, sino porque, con la pretensión de salvaguardar a los menores de contenidos supuestamente indecorosos, lo que hace justamente es maleducarlos. El planteamiento, de pueril, deviene en absurdo. Primero: buena parte de los niños de 17 años saben perfectamente qué significan ambas palabras. Y segundo: censurarlas les esconde --en vano-- dos realidades, la prostitución y el sexo, que forman parte del mundo adulto al que antes o después tendrán que incorporarse. Lorca, otro poeta al que los exquisitos acusaron de obsceno, lo resumió en un verso soberbio en su oda (homosexual) a Walt Whitman: "La vida no es noble, ni buena, ni sagrada".

Dicho así estamos --sin duda-- ante un escándalo. ¿Cómo puede alguien escribir semejante basura en lugar de un canto optimista al mundo de la hermandad y fraternidad, puro y limpio, agradable y aséptico, que podemos crear nombrándolo o dejando de mencionar cualquier cosa que perturbe esta visión del universo? La respuesta es fácil: la literatura, igual que su material esencial --el lenguaje-- es el territorio de la absoluta libertad. Gracias a ellas nombramos el mundo. Y lo entendemos mejor. Pretender resguardar a los escolares de la realidad es una extraña forma de educación. Suponer que un adolescente va a quedar a salvo de la vida (y sus contaminaciones) por censurar un poema es el equivalente a pensar que alguien sobrevivir en el mar sin saber nadar. Un imposible.

Francisco rizi auto de fe

'Auto de fe de la Inquisición' pintado por Francisco Rizi

Y, sin embargo, éste es el dogma de nuestros días, sobre todo en las satisfechas sociedades occidentales: lo que no se nombra no existe y, además, no debiera existir. El grado de idiocia de quienes defienden esta mentalidad --y lo que es aún peor: intentan imponérnosla a todos-- muestra el mismo grado de hipocresía de los inquisidores antiguos, que elaboraban un índice de libros prohibidos, inconvenientes o pecaminosos tras haberlos leído, decidiendo así lo que los demás debían saber o era pertinente enseñar.

Si este silogismo --no podemos considerarlo pensamiento-- lo lleváramos a su máxima expresión deberíamos quemar todas las bibliotecas, las librerías y, por supuesto, a esa mala ralea de gente que son los poetas, dispuestos a contaminar con sus necedades la inmaculada mentalidad de nuestros tiernísimos infantes de la patria. Una educación que oculta la verdad en lugar de describirla para que los alumnos se hagan sus propias preguntas y, mediante el sentido crítico, formulen sus juicios individuales. Una educación que (además de inútil, porque la vida termina imponiéndose siempre) fabrica androides, no personas.

Toda la historia de la literatura está contaminada con obscenidades. De hecho, puede explicarse --como propuso Jauss-- mediante la provocación o con la metáfora de la ley de la gravedad. Reza así: lo que en determinadas épocas la moral dominante ha considerado perverso, inadecuado o censurable es precisamente lo que hace avanzar al arte. Básicamente porque la idea de belleza de los clásicos tiende a la idealización, que es el mecanismo de construcción del canon histórico, pero la realidad cotidiana es absolutamente vulgar. Son los prosaísmos, entendidos como las manifestaciones literarias que ponen en cuestión esta mirada idílica sobre el mundo, los que de formas múltiples, incluso contradictorias, han hecho hecho confluir a la poesía con la prosa, abriéndolas a realidades tan escandalosas como la verdad en crudo.

Francois Rabelais

Retrato de Francois Rabelais

Los antecedentes antiguos de esta literatura, que es básicamente la moderna (pues la estirpe del prosaísmo comienza con el Romanticismo y se extiende a lo largo y ancho de lo que Octavio Paz llama "la tradición de la ruptura") incluyen la sátira, algunas comedias, la literatura carnavalesca de Rabelais, la poesía (negrísima) de Villon, géneros como el ensayo y la novela --anomalías en comparación con la anterior prosa doctrinal y a la narración épica--, invenciones como el poema en prosa o el verso libre, el realismo mismo o las vanguardias, hasta llegar a la pornografía del naturalismo extremo.

Todas estas manifestaciones literarias son, en lo formal o en lo temático --o en ambos registros--, expresiones de la verdad humana. Y, por tanto, materia de escándalo permanente para quienes han hecho de la mentira su profesión, confunden la creación con la ideología y la propaganda y tratan de imponer una moral inquisitorial a todos. Describir el mundo, que es lo que hace Pessoa en su Oda Triunfal, no significa necesariamente darlo por bueno. Consiste en contarlo. Porque el espanto, el abuso y los quebrantos humanos existen desde el origen de los tiempos. Y no va a dejar de hacerlo porque alguien esconda su presencia en un verso con la cortina de unos ridículos puntos suspensivos.

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