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Leonardo da Vinci / FARRUQO

Leonardo en la Toscana

Vinci, ciudad natal de Leonardo, vibra con Florencia, Venecia y Milán en la celebración de los 500 años de la muerte del gran artista del Renacimiento

10.05.2019 00:00 h.
10 min

El turismo de masas ha democratizado la exploración del mundo desde mediados del siglo XIX, cuando Thomas Cook lo descubrió por casualidad. Pero, afortunadamente, no ha liquidado la pausa, la paciencia de los caminantes y la curiosidad desbordada que hacen falta para seguir el itinerario de Goethe en su Viaje a Italia. Es necesaria la quietud para mirar de frente a olivos o cipreses, vertidos al lienzo con la técnica del sfumato, y permanecer callado ante la desfachatez desnuda de las piedras antiguas.

En la vera de los caminos se ven las Ornithogalum umbellatum, la hierba sanadora a la que Da Vinci, como naturalista, dedicó dibujos detallados. En Una habitación con vistas, Forster habló de su protagonista femenina como una mujer que, en Toscana, dejó de “aprender cosas” y empezó a “sentirse feliz”. Otros nos han narrado la presencia del pasado o la vida reconocible como propia en lugares antes desconocidos. Es el socorrido dejà vu, una magia inconsciente que ha alcanzado su plenitud en el escritor bosnio-croata Predrag Matvejevic, padre reconocido de la geopoética mediterránea.

Para dar plenitud a la confusión del Mare Nostrum, a sus dos orillas tan desiguales, a sus exterminios y a sus aguas, catafalco actual de muchos miles de inmigrantes náufragos, Matvejevic escribió que el “problema de nuestro mar no son las culturas, civilizaciones o naciones, sino su conversión en ideologías”. Así, sin apenas considerarlo, el sabio de Sarajevo nos ofrece una de las claves de las nefastas versiones redentoristas, que dominan ambas riberas, a través de la nobleza simoniaca de nuestro tiempo. Son palabras que podría haber suscrito el mismo Leonardo da Vinci, origen de todo: pintor, ingeniero, filósofo, médico, experto en ciencias naturales, arquitecto, músico, intérprete y diseñador de decenas de instrumentos de cuerda y viento. En eso se convirtió Leonardo, que nació en Vinci y murió el 2 de mayo de 1519 en Amboise, un Chateau del Loire dispuesto por el rey Francisco I de Francia, su último mecenas.

Nos dejó un legado de 6.000 páginas de manuscritos en las más diversas disciplinas de la ciencia y del arte. Hace cinco siglos se utilizaban ramillas de la mimbrera blanca para armar atados en los viñedos a los pies de los remontes de Montalvano, camino de la laguna Padule di Fucecchio, desde donde se divisa con suerte el litoral borroso y hasta la silueta de Siena, sede del Palio. Y hoy, en Vinci se dice sin empacho que esos nudos de mimbrera inspiraron a Da Vinci al pintar algunos detalles en el vestido de la Mona Lisa. 

Fuera como fuera, el joven Leonardo despuntó muy pronto y cuando finalizó su dibujo a pluma conocido como Paisaje del valle del Arno, lo fechó mediante escritura especular, una de sus muchas habilidades: El día de Nuestra Señora de las Nieves, 5 de agosto de 1473. Nunca se arrepintió; tampoco lo hizo de haber conocido a los Médici --“Los Médici me han creado, los Médici me han destruido” escribió en su viaje a Francia de no retorno--. El genial artista quedó eternamente etiquetado en el núcleo de Lorenzo el Magnífico y de los pontífices León X, Clemente VII, y León XI. 

La conmemoración de Da Vinci durará un año entero y será Italia entera la que rememore la muerte del autor de La Gioconda (Louvre) y La última cena (en el convento de Santa Maria delle Grazie). Gracias a su curiosidad infinita y su imaginación desbordante, alimentó sus talentos hasta convertirse en el máximo ideal del Renacimiento. Estos días de mayo, todo suena a Leonardo. Para la ocasión se han sacado incluso piezas intocables de los Uffizi de Florencia. Y el mismo Eike Schmidt, su director, muestra especial predilección por enseñar a los más curiosos la sala reservada al gran artista del Cinquecento. La presencia simbólica del maestro en la capital de la Toscana es recurrente para cualquier redescubridor. Al fin y al cabo, todo empezó realmente en Florencia, cuando Leonardo, hijo de una campesina y un notario, se trasladó a la ciudad e ingresó como aprendiz al taller de Andrea Verrocchio

Pero no todo queda en el localismo de la tierra. Milán, donde Leonardo vivió casi 20 años, ha impulsado el programa Leonardo 500, que contará con exposiciones en la Pinacoteca Ambrosiana, en el Museo de la Ciencia y de la Técnica y en el Castillo Sforza. Precisamente, la fortaleza sforcesca, ha reabierto ahora una sala cuyas paredes, decoradas con vegetación, fueron pintadas por el maestro. En 1482, Lorenzo de Médici envió a Leonardo da Vinci a Milán como emisario florentino. En la carta de presentación, que se conserva en el Códice Atlántico, Lorenzacio describió las diferentes habilidades de su enviado, entre las que destacaba la ingeniería.

Así pasó a formar parte de los ingenieros ducales de los Sforza durante dos décadas. Al otro lado de la llanura del Po, en la Venecia de mirada bizantina se expone, en las Galerías de la Academia, una muestra sobre la representación que hizo Da Vinci de la proporcionalidad humana mediante 25 páginas, entre las que figura el célebre dibujo Hombre de Vitruvio. La Serenísima nunca ha olvidado al maestro, entre otras cosas, porque, durante su estancia en la ciudad, Leonardo trabajó en un sistema de defensa contra las invasiones otomanas.

Leonardo inventó. Creó una realidad completa y autónoma; refundó el arte, diseñó máquinas y juicios de valor que fueron trasuntos de las realidades simbólicas y teológicas aprisionadas por su tiempo. Sus exégetas han sentado que su viaje sin retorno al sur de Francia tuvo origen en Roma, al conocer el encargo de la Capilla Sixtina a Miguel Ángel. Un tiempo después, en el castillo Amboise, presintiendo su cercano fin, confesó haber perdido su batalla contra el tiempo. Cuando la vida se le escurría por entre los dedos, podría haberse acercado a esta evocación, suspendida en las nubes, del doctor Axel Munthe, en La historia de Saint Michele: “mi casa estará abierta al sol, al viento y a las voces del mar, como un templo, y luz, luz por todas partes”. 

Hay tanto que contar que, haber comenzado hablando de Matvejevic, autor del descollante Breviario mediterráneo, facilita una vía algo insólita al tratarse del recuerdo de Da Vinci: la de los románticos que crearon el Gran Tour. En la era de los adoradores del sol, todo empezaba en la ribera oeste del mismo mar que baña las playas toscanas; desde Bayron hasta Durrell, pasando por la habitación de la alegría vital narrada por Foster. La fiesta recorría las bahías de Capri y Nápoles, recalaba en Taormina y Siracusa y hacía escala en el puerto de Alejandría, para alcanzar después la exploración marina, que conduce a las islas del Egeo.

El autor de Memorias de los últimos días de Byron y Shelley (Clásica), E. J. Trelawny, revela su vida junto a los dos bardos en sus últimas estaciones; él fue un tapado de excepción entre los exploradores de la reina Victoria, los James Brooke en Sarawak, Shirley Baker en Tonga, Burton en La Meca o en el Nilo, el jesuita Palgrave, lady Jane Digby, el matrimonio Blunt, Livingstone, Speke o Gordon Pacha, entre otros. Fue pirata, escritor y aventurero; y a la sombra del Renacimiento italiano y del admirado Leonardo, Trelawny compuso este relato insólito en busca de la épica, como estación crepuscular de los dos poetas más grandes del romanticismo.

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