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La lección de los Sad (Rabid) Puppies

La lección de los Sad (Rabid) Puppies

Laura Fernández relata el intento de los 'haters' de copar los Premios Hugo de WorldCon

5 min

Hace dos semanas se celebró en Helsinki la famosa WorldCon. Además de otras muchas cosas, la WorldCon acoge cada año la entrega de los Premios Hugo, algo así como los Oscar de la ciencia ficción y la fantasía. Fue Premio Hugo El hombre en el castillo, de Philip K. Dick (en 1963), y La mano izquierda de la oscuridad, de Ursula K. Le Guin (en 1970); Neuromante, de William Gibson (en 1985), y La ciudad y la ciudad, de China Miéville y La chica mecánica, de Paolo Bacigalupi, en ex-aequo (en 2010). Novelas que se convirtieron en clásicos instantáneos, porque la comunidad (mundial) del género fantástico así lo quiso, en una época en la que el respeto primaba por encima de todas las cosas, y en la que los haters no podían organizarse para patalear o tratar de boicotear hasta el más sagrado (y el más longevo) de los premios otorgado a los autores de un género que ya de por sí se ha sentido discriminado y que, sin embargo, ha mirado hacia otro lado siempre que se les ha acusado de discriminación. Porque he aquí lo que ocurrió el año 2013, cuando un grupo de haters se unió para devolver al género lo que era del género, y evitar que los premios fuesen a parar a manos de aquellos que lo utilizan para reflexionar sobre el racismo, el ecologismo, o el sexismo, y acabasen en las estanterías de alguien que escribiese la típica historia protagonizada por un matamarcianos blanco perdonavidas.

El líder de tan peculiar tea party era un pésimo escritor llamado Larry Correia. La campaña que puso en marcha Larry tenía como objetivo que una de sus novelas acabase nominada, y lo consiguió. La novela era horrible, pero a sus seguidores no les importaba. Lo que sus seguidores, a los que se les llamó Sad Puppies --y luego, un año más tarde, porque la cosa continuó, Rabid Puppies--, querían era dar un ridículo golpe en la mesa, presumir, como decíamos, de extremismo hater, hundir, como un rabioso acosador cualquiera, aquello que jamás podrán tener. ¿Y qué fue lo que ocurrió? Que consiguieron lo que querían, pero no les sirvió de nada. Sí, colaron sus novelas en la lista de nominados, pero de ninguna manera ninguna de ellas iba a ganar un premio, porque la gente, la gran mayoría, aún silenciosa, no tardó en darse cuenta de qué iba aquello. Y, como apuntaba hacía no demasiado la ganadora de este año --por The Obelisk Gate, novela que publicará Nova en español en 2018--, la afroamericana N.K. Jemisin, que también --y esto es histórico-- ganó el año pasado, esa suerte de tea party “acabó siendo neutralizado”.

Efecto Trump

Para Jemisin, gran triunfadora de la edición de este año, en la que las mujeres se han llevado 15 de los 17 Hugo otorgados, todo un hito, el mundo del fantástico puede darle una lección al mundo real. “En los Hugo”, dijo, “los Puppies consiguieron colar a sus candidatos en la lista de nominados y eran horrorosos. Pero la gente no tardó en darse cuenta de que no era sólo que sus novelas fuesen malas, sino que ellos eran conservadores, racistas y derechistas. Y reaccionó a tiempo”. De hecho, su victoria del año pasado --con La quinta estación-- se vio como una victoria contra ese pataleante colectivo de hombres blancos frustrados.

Para Jemisin, lo que ocurre a escala global, con Donald Trump y sus acólitos al frente, guarda cierto parecido con lo que ocurre en, dice, en “el microcosmos, la incubadora, el laboratorio” que constituye el mundo del fantástico, y por eso, dice, “espero que pase lo mismo que con los Puppies: que vean lo que verdaderamente defienden y reaccionen porque eso no es lo que quieren”. Por Charlottesville y por todo lo demás, lo esperamos todos, Nora.