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Una turista en un aeropuerto. Democratización / C.G.

La democratización del itinerario

El turismo existe desde el siglo XIX, pero es ahora, tras su conversión en una industria de masas y la gentrificación de las ciudades, cuando se cuestiona su significado cultural

19.09.2019 00:00 h.
10 min

En los últimos años el viaje y el turismo se solapan. Sus límites y contornos se confunden. Esto es debido a fenómenos contemporáneos como la mercantilización del ocio y la cultura, el incremento de la movilidad del primer mundo a partir de 1975 o la mundialización, elementos que han derivado en la llamada democratización del itinerario. Si bien es cierto que el turismo existe desde hace más de un siglo y medio (coincidiría con la realización del primer viaje organizado por Thomas Cook, en 1841), ha sido la generalización del turismo de masas (la turistización) y la gentrificación de las ciudades lo que ha provocado su cuestionamiento y un debate público también sobre la ínfima línea que los separa.

Probablemente si no estuviéramos sufriendo las consecuencias de dicho desarrollo en casa, el debate sería otro. Turistas somos todos. Sin embargo, la conciencia moderna se divide contra sí misma: a los turistas no les gustan los turistas y, además, quienes sufren la turistización viajan siguiendo las modas y tendencias del turismo de masas, incluidas sus versiones cada día más alternativas. No hay que olvidarlo: desplazarse por placer es un privilegio de unos pocos, una minoría entre los más de 7000 millones de habitantes del mundo. 

Ser viajero o turista es también una actitud y una elección. Veamos algunas características de cada categoría, con frecuencia compartidas entre ambas. 

1. El turismo evita el encuentro con la alteridad, pues no se ajusta a lo diferente.

2. El viaje busca la aventura. El turismo la rechaza, no desea la dificultad.

3. El turismo busca encontrar los estereotipos e imágenes preconcebidas previas al itinerario. Si no, surge la desilusión. El reconocimiento es una de las prácticas turísticas. 

4. El viaje está ligado a un objeto o razón; el negocio (nec-otium, sin ocio), la escritura o el conocimiento. El turismo, al ocio

5. El turista sigue las rutas e itinerarios preconcebidos. Sabe adónde va. El viajero los evita. 

6. El turismo se hace en grupo; el viaje, en solitario. 

7. El viajero busca y, sobre todo, encuentra y se abre al encuentro. El turista solo busca. 

8. El turista consume itinerarios, el viajero los vive. 

9. El turista se conduce como si hubiera visto los destinos y objetos que ha visitado. 

10. El turista se implica en el destino, también de manera política, no permanece neutro ante él y opina. 

11. El turista adquiere souvenirs o simulacros, objetos artificiales que considera representantivos de las culturas locales.

12. Etcétera, etcétera y etcétera.  

Una sala de un museo atestada de turistas / E.E.
Una sala de museo atestada de turistas :E.E.

Dean MacCannell, Jean-Didier Urban, Mariano de Santa Ana, Duccio Canestrini, James Clifford e Iván Murray son algunos de los autores que han investigado sobre el turismo. El turista es la primera representación del hombre moderno y la modernidad. El escenario turístico es el que mejor recoge las contradicciones de las sociedades tardomodernas, sobre todo, las tensiones entre lo local y global. Las formas de organización social ya no se encuentran en las fábricas ni en las oficinas, sino en el turismo. 

Desde el año 2001, el turismo es, en términos de empleo y productividad, la primera industria mundial y supone un gran recurso económico para organizar actividades en los destinos. Sin embargo, las aproximaciones a su estudio son básicamente económicas y su alcance cultural, estético y antropológico resulta mucho menos conocido. Según las encuestas, en la actualidad la actividad turística representa una de las mayores preocupaciones de los habitantes de las grandes ciudades. Los responsables de su gobernanza ven su potencialidad. El turismo es un hecho social y debe estar integrado en la comunidad. Obliga a plantearse muchas otras cosas y requiere una planificación minuciosa y a largo plazo.

Las ciudades y territorios hacen bien en cuestionarlo. No se trata solo de decidir qué turismo se quiere, sino qué sociedad se persigue. La reflexión hasta ahora se ha limitado solo a la fuente de ingresos, pero sin incidir en su significado cultural. ¿Qué se pretende del turismo a medio y largo plazo? ¿Qué sectores deben alimentarlo? ¿Debe estar en armonía con el territorio? ¿Por qué se prefiere el turismo como forma de viajar? El turismo es un problema global. 

En España ha funcionado como un laboratorio de experimentación financiera. En los años 30 era elitista. La clase social más alta y formada era la que únicamente lo consumía. La más baja, no viajaba: veraneaba o iba al pueblo del que había emigrado. Entre 1969 y 1973 se produce una gran transformación hotelera en las zonas turísticas y los pequeños propietarios pasan a crear cadenas de residencias y alojamientos. Tras la crisis del 2008, comienza otra nueva etapa. El turismo repunta pero no alcanza las cuotas anteriores a la crisis. Se han tomado medidas, pero éstas se han centrado en la utilización intensiva de los destinos.

El turismo se reparte de manera desigual. Los planes turísticos buscan aumentar el número de turistas para repartirse en un territorio mayor durante todo el año. Así, las economías se vuelven más dependientes aún de él. Y las estructuras sociales abandonan otras actividades. Es un sector que genera grandes beneficios pero permite una escasa redistribución, además de fomentar las desigualdades sociales, incrementar la explotación y tolerar la precarización laboral. Estas circunstancias aumentan las expectativas del mercado inmobiliario. Habría que crear políticas urbanas para desmercantilizarlo y potenciar la vida vecinal en la ciudad. No puede destruirse socialmente el ecosistema de los barrios y tejidos sociales generados a lo largo de años. Los últimos estudios afirman que la turistización constituye asimismo un problema de salud. Incrementa la precarización vital y la expulsión de la ciudad e incide en el bienestar físico y mental.  

Se aventura, aseguran, una crisis del turismo, y se dice que su caída sería parecida a la sufrida por la industria del ladrillo de hace unos años. La reducción de costes laborales y las ganancias de grandes márgenes no pueden seguir manteniéndose. El crecimiento turístico tiene que ver con el abaratamiento de los precios y con los destinos de los vuelos low cost (que son, en definitiva, los que deciden qué destino se ponen de moda). Si el petróleo sube, y se toman las medidas que hay que tomar contra la crisis climática, el turismo descenderá. Y, como siempre, las economías más turistizadas serán las más vulnerables.

En este contexto, se empiezan a proponer medidas. La principal es fomentar el decrecimiento turístico, de forma que no se oriente únicamente a la mercantilización ni se vincule a las multinacionales. También se debería evitar su monocultivo y diversificar la economía vinculada a su presencia. No se trata de luchar contra los turistas y defender la turismofobia, sino hacerlo contra las formas industriales que se enriquecen sin responsabilidad social. Deberían incrementarse las experiencias colectivas que vinculan la producción turística a los barrios y centros de las ciudades. 

Sin duda, entre el viajero y el turista, el que ha experimentado un cambio mayor ha sido el turista. Las características del viaje parecen perpetuarse desde la Antigüedad, aunque compartan con el turismo algunos elementos. Unas veces somos viajeros y otras turistas. Por ello, merece la pena continuar reflexionando entre ambas categorías, incluyendo sus implicaciones éticas y políticas dentro del estudio, y sin olvidar ni la curiosidad (el motor del itinerario desde siempre) ni la alteridad. De esta forma, como escribió MacCannell, el turismo, y por lo tanto el viaje, podrá convertirse en una “utopía de la diferencia”.