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Juan Benet, el aliento

El escritor madrileño, un grande del Medio Siglo, autor de culto, no ganó ningún premio oficial pero construyó una obra innovadora donde se combinan la narración, el teatro y el ensayo

27.07.2018 00:00 h.
14 min

¿Qué hay detrás del arte ofuscado por su propio brillo? Se lo preguntó a menudo Juan Benet, un grande del Medio Siglo, que fue capaz de jugar con el enigma en cotas elevadas. Se interrogó desde el principio hasta el fin de su obra: desde el ensayo, La inspiración y el estilo (autoeditado, bajo el sello de Vicente Giner), hasta su última entrega, en clave de novela austrohúngara, El caballo de Sajonia. A aquel ingeniero devenido autor de culto le fallaron las matemáticas y su propia imagen de histrión inagotable. Pero nunca le falló el sustantivo. Su Región --más Colama que Yoknapatawpha-- marcó demasiado un ideario nunca pretendido. Se casó dos veces, con Nuria Jordana y Blanca Andreu, y compartió desvelos poéticos y viajes con Rosa Regás –la exdirectora de la Biblioteca Nacional lo cuenta en Azul, su autobiografía novelada–, que acabó editando casi toda la obra del escritor madrileño. Benet evitó la memoria siendo el gran memoralista de un tiempo encantado; engañó al recuerdo como Julieta despistó a Romeo, tomando por alondra lo que era un ruiseñor.

Todo empieza en el 36, en los Marianistas de Aldapeta, en San Sebastián, donde Juan Benet conoce a Alberto Machimbarrena y a Javier Pradera.

El artificio de Benet alcanzó su meta con la “invención de la memoria a partir del olvido”, en palabras de Eduardo Chamorro, quien mejor conoció y desentrañó el trayecto benetiano, a través de un ensayo-divagación (un término utilizado por Vila-Matas a propósito de la biografía de Maupassant de Savinio) y titulado El aliento del espíritu sobre las aguas (Muchnik Editores; 2001). Benet publicó su primer relato, Max, escrito para la escena, en la Revista Española en 1953. Sus siguientes entregas fueron obras de teatro: Anasts o la Constitución, Agonía Confutans y Un caso de Conciencia. Después, gotearon las obras que le dieron a conocer como narrador, Nunca llegarás a nada, Volver a Región y Una meditación; entre ellas se forjó En el estado, un trabajo devorado por la crítica, olvidado antes de tiempo, pero más tarde recuperado por sus mejores lectores, como casi todo lo de Benet.

Regresa a Madrid, donde prosigue el bachillerato en el colegio de Nuestra Señora del Pilar, con su grupo de amigos de entonces, Eduardo Aleixandre, Carlos Ma Bru, Félix Costales y Joaquín Portas. Le marcan de inmediato las lectura de Edgar Allan Poe, de Stendhal, Stevenson o Baroja. 

El mito de Región no podía nacer en aquel momento, y no nació hasta muchos después, cuando el ingeniero Juan Benet levantaba la presa de Porma, en la provincia de León. Benet lo contó en algún momento de su vida entre la curiosidad y el entusiasmo, justo cuando empezaba a sentir el afecto de una de sus mejores troupes. Lo hizo con estas palabras: “Nadie se enteró de que yo había publicado eso (Volverás a Región) más que cuatro jóvenes, dos de Madrid y dos de Barcelona, Pere Gimferrer, Félix de Azúa, Vicente Molina y Javier Marías, a los que les gustó el libro, les llamó la atención y, sencillamente, buscaron cómo encontrarme; llamaron a la puerta de mi casa y uno tras otro vinieron a verme”.

Empezaba a funcionar su nido, en la madrileña colonia de El Viso, una casa edificada durante la República al estilo de la Bauhaus. Benet mantuvo su antiguo domicilio en Zarzalejo, muy cerca de El Escorial, y combinó durante un tiempo ambas viviendas para recibir a sus contertulios a los que sorprendía mostrándoles el fruto de su enorme afición por la pintura y el dibujo. Aprendió a tocar el violín y acabó domando su muñeca; se puso entre ceja y ceja hablar un buen inglés y empezó a estudiar él solo en el ejército. Pasaría poco tiempo hasta que leyó su primer libro vernáculo: Reflections in a Golden Eye, de Carson McCullers, en 1955.

Durante la dura posguerra se convierte en ingeniero de caminos, un mundo tecnológico que comparte con las lecturas atentas de Franz Kafka, Thomas Mann y también de Nietzsche. Aparece en su ideario William Faulkner, mientras frecuenta la tertulia de Pío Baroja, donde conoce, entre otros, a su sobrino, el gran antropólogo Julio Caro Baroja.

"Buenas tardes, soy Juan Benet". Así se presentó el escritor en un programa de televisión de 1986, recogido por El País en 2008. "Soy natural de Madrid y tengo 56 años. Vivo en esta casa desde hace 14 y muy probablemente de aquí me sacarán. Soy ingeniero de profesión, y, cuando me autorizan a ello, me dedico a hacer obras públicas: alguna presa o algún que otro túnel. Allí, en el piso de arriba, y sin que nadie me autorice o me tenga que autorizar, por las tardes, me dedico a escribir lo que se me ocurre, algunas novelas o algún ensayo". Fue en la calle Pisuerga y allí murió en 1993. 

Saltó al ruedo en Calanda (Teruel) con la cuadrilla de Rafel Ortega. No pudo contener su afición a vestirse de luces, sin dar jamás un pase.

Sobre una casa llena de historias, dolorosas y felices (la de la colonia de El Viso), se han contado abundantes anécdotas. Son historias cargadas de literatura: Juan García Hortelano, Antonio Martínez Carrión, Eduardo Chamorro, Javier Marías, Vicente Molina Foix o Álvaro Pombo, entre otros, fueron algunos de los habituales. Cultivó el buen gusto por la ingeniería, la pintura, las letras, la música o los toros. Sí, hizo el paseíllo y confesó: “Jamás llegué a dar un pase". Fue en Calanda (Teruel), en 1952. Significó su primera y última salida al ruedo integrado en la cuadrilla de Rafael Ortega.  

En las lentas horas del Café Gambrinus y el Gijón, aparecieron en su vida Martín Santos, Sánchez Ferlosio, Carmen Martín Gaite, Ignacio Aldecoa y Domingo Dominguín. De entonces data su primera lectura de Marcel Proust: estalla su obsesión del tiempo capturado por el lenguaje.

Entre su viaje a París para ver a su hermano exiliado, como miembro de la fuga de Cuelgamuros, y su detención por motivos políticos transcurrió un lustro que acabaría decidiendo su destino de escritor constante pero despiadadamente intermitente. Benet fue un buen hombre asaltado por el sarcasmo y, muy a menudo, mal entendido. En aquel periodo conoció a Alberto Oliart (otro ingeniero humanista) en Helsinki y, como se connota en algunas notas biográficas, Benet abordó entonces la lectura iniciática de Os Sertoes (Los Páramos) de Euclides da Cunha. Antes de atravesar el túnel de los que escriben y publican, conoció a Dionisio Ridruejo.

La España de cambio sociológico se hizo realidad, cuando las llamadas capas medias urbanas rompieron el consenso del franquismo. Benet, el Benet de Pisuerga, era una expresión clarísima de esta ruptura que sin embargo no acababa de atravesar los silencios de algunas mentes afiladas como la de Vicente Aleixandre en Los cuadernos de Velintonia (publicados por José Luis Cano en los 80 para resumir una memoria de 30 años) en referencia a las vivencias del maestro en su domicilio del número 3 de la calle Velintonia y a su prolongación en el café Lyon de la calle de Alcalá frente a Correos, donde, cada jueves, Aleixandre mantuvo una tertulia a la que asistían Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Muñoz Rojas, Bousoño y Carlos Rodríguez Spiteri. Las élites intelectuales del país, críticas con el Régimen, se dividieron entre dormidos y atentos. Benet supo jugar en los dos bandos, pero nunca en el de los cómplices. Supo salir del claustro de los inconfomes y lo demostró cuando Jaime Salinas le encargó la traducción de A este lado del Paraíso, de F. Scott Fitzgerald.

1969 Obtiene el premio Biblioteca Breve con su segunda novela, Una meditación. En Barcelona, conoce a Carlos Barral, patrocinador del premio, y a Rosa Regás. Una años mas tarde entra en su vida Eduardo Chamorro.

Su cruce con Carlos Barral fue a través del Premio Biblioteca Breve. Benet atraviesa su periplo catalano-aragonés levantando como ingeniero el salto pirenaico de Moralets sobre la cuenca alta de la Noguera Ribagorçana. En los primeros 80 y después de ser finalista en el Planeta, Benet regresa a Madrid, refuerza su obra pictórica y su faceta de dramaturgo animado ya por el ambiente cultural de la capital, que salta hacia el futuro. Para entonces, el escritor está tratando de avanzar en su gran proyecto, Herrumbrosas lanzas, pero la Guerra Civil y la muerte de su padre en el 36 (su monografía Qué fue la Guerra civil lo demuestra) van demasiado pegadas a la memoria del que quiso ser desmemoriado vocacional. Benet estudiaba; leía con el diablo en el cuerpo y de ahí que nunca pudo ganar su batalla particular frente al recuerdo, como muestra también su ensayo de aquellos años, La moviola de Eurípides. Por fin sale en Nueva York, Return to Region. Y muy pronto ya, la editorial alemana Suhrkamp traducirá Rostige Lanzen. 

Aparece la primera traducción francesa:  El aire de un crimen, L'Air d'un crime. Mientras el ingeniero acaba la presa de Santa Eugenia, muere el pintor y amigo íntimo José Manuel Caneja. Salen dos de sus mejores entregas, Londres victoriano y La construcción de la torre de Babel.

Está muy avanzada la madurez de Benet como narrador, traducido a los idiomas de la gran literatura (inglés, francés, alemán). Sus mejores momentos ya solo planean como un destino sobre las estancias de El Viso. Javier Marías recuerda que le conoció en el pub Santa Bárbara, abrevadero de la inteligencia izquierdosa de los 70 y 80. Con el tiempo, el Santa Bárbara dejó de ser una alternativa para los tumultos caseros de Benet. Felix de Azúa, en un artículo publicado al día siguiente de la muerte del inventor de Región, recordó al escritor haciendo el papel de revisor con gorra de Renfe en la sala llena de gente con copas en la mano, con un fondo musical punteado por la voz de un discurso de Hitler.

Más que una provocación, la risa grotesca fue para Benet una forma de poner a prueba a sus contertulios. Su contagio gavitó favorablemente sobre las narraciones de autores jóvenes de su tiempo, como lo hicieron sobre el mismo Faulkner o Conrad. Unos meses antes de su muerte, en el entierro de García Hortelano en la Almudena –“el hombre más grato que ha dado España en este siglo”, dijo Benet– todo resultó premonitoriamente fatal. La pluma del ingeniero había dejado de garabatear letras, sombras y estilosos arquitrabes arquitectónicos. En el recuerdo de los lectores de un hombre original, que no ganó ningún premio oficial y que fue visto siempre con envidia por parte de los mandarines, florece lo mejor. Lo más simple y evocador: Otoño en Madrid, escrito en los 50, como una ópera prima sin ambiciones editoriales.