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JRJ, en mitad del daño

JRJ, en mitad del daño

Juan Ramón Jiménez saca nuevos libros como si fuera un autor vivo: el último, titulado ‘Historias’, nos presenta a un autor sensible a la realidad y al dolor de los débiles

9 min

Juan Ramón Jiménez murió en el exilio, en San Juan de Puerto Rico, el 29 de mayo de 1958. Lo hizo al poco de fallecer su esposa, Zenobia Camprubí, a la que sobrevivió casi por cortesía, a puro dolor, apenas año y medio. Pero Juan Ramón Jiménez saca nuevos libros desde hace años como si estuviera vivo. Poemas, fragmentos de prosas, escritos misceláneos, epistolarios, entrevistas, cuentos... Textos inéditos que dejó dispersos o más o menos rematados en su archivo de más de 50.000 documentos y que salen a la luz puntualmente amplificando aún más el contorno de su escritura.

De ahí que Juan Ramón no se agote nunca. Ciclotímico, con lengua de hacha, extremado en odios y afectos, universal y monográfico. Volcarse en los poemas de un modo infatigable fue su “obligación”, su “necesidad”, su “tratamiento”. Y luego corregir todo lo escrito, dudarlo todo, como el escritor sometido a los rigores de mil demonios juntos. Pasó por la vida trabajando sólo en sí mismo: en su escritura, en sus obsesiones, en su condición de jefe de expedición de la poesía española, de faltón a tiempo completo, como viviendo en el centro del mundo desde una isla desierta.

“Para mí corregir es revivir; revivo momentos de mi vida cuando corrijo los poemas escritos en el pasado, y espero que otras personas, cuando los lean, sentirán impresiones análogas a las que yo ahora siento”, decía el poeta, que escribía sin pausa y articulaba libros de poemas que no llegaban al libro impreso. Sabía que otros, quizás, vendrían después a darle luz al laberinto. Se han armado así libros fundamentales, como Guerra en España (Point de Lunettes, 2009) y Días de mi vida, el primer tomo de la autobiografía Vida (Pre-Textos, 2014). Más recientemente, el epistolario con Zenobia, Monumento de amor (Residencia de Estudiantes, 2017), y el relato corto Zaratán (Niebla, 2017) lo han enclavijado como con un autor en permanente estado de novedad.

'Historias'

En esa cofradía de títulos se ha hecho ahora sitio Historias, la nueva artillería de versos de Juan Ramón Jiménez que ha pasado a limpio la profesora Rocío Fernández Berrocal para la colección Vandalia (Fundación José Manuel Lara). “El poeta se abre a la realidad de su entorno y el sentimiento aflora en textos de gran sensibilidad y hondura”, se destaca en el prólogo de un libro que contiene algo así como el primer morse vital de aquel hombre traspasado de refinamiento, audacia y algún derrape mental. “El escritor observa con hondura la realidad y se conmueve ante los desfavorecidos”, recalca.

Así, los poemas de Historias, escritos en Moguer (Huelva), su pueblo natal, entre 1909 y 1912, coinciden con los años de confección de Platero y yo, con alguna crisis en la relación con Zenobia y con la muerte –con sólo veintiséis meses, a causa de una meningitis- de una de sus sobrinas, María Pepa Hernández-Pinzón Jiménez: “Yo la tuve cogida de la mano, / mucho tiempo después de haberse muerto, / por si podía (yo) / ayudarla a pasar por el misterio”. Está el poeta, por tanto, en la denominada etapa sensitiva de su escritura, donde destacan las sonoridades musicales, una cierta melancolía, un esplendor decadente y la muerte que, como obsesión, va impregnando buena parte de su proyecto lírico.

Historias también podría ser considerado un libro sentimental porque va ligado a su universo moguereño, principio y fin de todo, y a los niños, en definitiva, a un espacio y a una edad de oro para él donde sus ideas y pensamientos son cada vez más sólidos”, destaca Fernández Berrocal. Son los años previos a un libro tan notable como fundacional: Diario de un poeta reciencasado (1916). Pero a la vez es en estos “borradores silvestres”, como él poeta los definía, donde está la molécula de aquella renovación total del verso español por la que empeñó su literatura y la vida.

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Escolares visitan a Juan Ramón JIménez en el hospital de Hato Tejas de Puerto Rico, con un Platero de alambre y paja (20 de mayo de 1958). Es la última fotografía que se le hizo en vida al poeta / FUNDACIÓN ZENOBIA-JRJ 

61 poemas

Aquí reúne Juan Ramón 61 poemas, repartidos en cuatro secciones: Historias para niños sin corazón, Otras marinas de ensueño, La niña muerta y El tren lejano, apartado que conecta en su tema del viaje --exterior e interior-- con el Diario de un poeta reciencasado. Los corrige en Madrid en 1921, según la nota manuscrita del poeta. Algunos de ellos aparecen en sucesivas antologías propias y en periódicos, pero otros tantos (exactamente 27) quedan dispersos e inéditos entre el archivo de la Sala Zenobia-JRJ de la Universidad de Puerto Rico, el Archivo Histórico Nacional y los fondos familiares. 

Por los borradores manuscritos el poeta tenía pensado incluir una sección más titulada Viñetas, pero en la ordenación final del libro no hay textos adscritos a ella. Por una nota final “A la edición” incluida en la Segunda antolojía poética (1922) parece que el motivo de la supresión del citado apartado es su exclusivo contenido de textos en prosa. “Aunque la idea de combinar prosa y verso estaba presente en sus publicaciones desde principios del siglo XX, sólo culminó en Diario de un poeta reciencasado”, recuerda, al respecto, Fernández Berrocal.

En estas Historias Juan Ramón dejó armado no sólo el orden de los poemas, sino cómo debían ser la portada, la portadilla y la dedicatoria principal. Aparece en muchos de ellos (sobre todo en los que conforman la sección de ‘Historias para niños sin corazón’) un poeta de pulso entrañable, pleno de emoción y ternura, como en los versos de La verdecilla, que podrían anticipar uno de los romances lorquianos más populares. Lo de Juan Ramón suena así: “Verde es la niña, tiene verdes los ojos, pelo verde”. Tan cercana sonoridad al “Verde que te quiero verde...” del Romance sonámbulo de Lorca.

“En definitiva, los textos de Historias nos muestran a un Juan Ramón observador de la realidad y sensible al sufrimiento de los demás. Encontramos al poeta de Platero y yo que canta el dolor que le rodea, esta vez en verso. La vida, la realidad se fueron imponiendo con más fuerza y lucidez a sus divagaciones melancólicas de los primeros años y sus escritos se tornan más humanos, comprometidos y conscientes de lo que atañe al hombre y, por tanto, al poeta”, recalca Rocío Fernández Berrocal. Son poemas detenidos en mitad del daño. Por una vez, Juan Ramón Jiménez iba zumbado de humanidad.