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Nota vaga y dispersa sobre lo último de Pla

Nota vaga y dispersa sobre lo último de Pla

El genial escritor se sorprendía de los esfuerzos de algunos autores para, a veces, no decir nada

26.11.2017 00:00 h.
9 min

En la página 225 del nuevo libro de Josep Pla, armado por Francesc Montero con restos de serie y fondos de cajón para que nos hagamos la cándida ilusión de que, como el Cid Campeador, Pla sigue ganando batallas después de morir, y publicado bajo el título Fer-se totes les il·lusions possibles, hay una entrada en la que Pla cuenta lo siguiente (traduzco): "Mi amigo Jaume Pla, el grabador, me trae un libro de Josep Carner que él y otros amigos han editado. Se titula Bestiari. Es un libro tipográficamente muy bien hecho, admirable (Jaume Pla tiene muy buen gusto), aunque estos libros, personalmente, me interesan poco. Los libros me gustan para leer. Por otra parte, por ahora no he podido invertir en nada. Así que he leído el Bestiari y me he quedado sorprendido de los esfuerzos que ha hecho a veces Josep Carner para no decir nada. Lo que no quiere decir que no esté muy bien escrito".

En esto tiene razón Pla, con esa taimada práctica suya de simultanear el elogio y la execración. Carner, príncipe de la poesía catalana, es en muchos aspectos admirable pero también puede resultar cargante, sobre todo en sus momentos de mayor éxtasis noucentista ante la perfección del mundo y sus frutos sabrosos. En cuanto al Bestiari, que es una composición de centenar y medio de poemas que describen y definen a otros tantos animales, pasa con este libro menor lo mismo que con las Histoires naturelles de Jules Renard: que según cómo esté uno de humor pueden parecerle graciosas, ingeniosas, y según cómo pueden ser contraproducentes para la estabilidad del sistema nervioso. Pongamos, como muestra, un botón:

El cargol 

Tinc banyes que no fereixen,  
menjo tant de verd com puc  
i, com una joia viva,  
porto un estoig al damunt. 

Temo sabates distretes  
i peus feixucs o ferrats  
que sabrien esclafar-me  
damunt la pols o l'herbam. 

I quan sento criatures  
que a la voreta o de lluny  
canten un: Cargol, treu banya!  
mig em moro de poruc.  

Vaya. Como decía aquel maestro del lenguaje que fue Johan Cruyff: "No hase falta desir más".

Pero volviendo al nuevo libro de Pla, a su maliciosa observación sobre la sorpresa que le causan los esfuerzos que a veces hizo Carner para no decir nada, ésta es, como él diría, exacta, y de aplicación oportuna para muchos otros casos, empezando precisamente por el suyo, el de Pla, que escribió tan excesivamente que hasta muerto sigue sacando libros como churros. El fenómeno de escribir para no decir nada, desde luego, está muy extendido, tanto en la prensa como en el escenario de la literatura editorial. Creo recordar que fue en las memorias de Lorenzo Gomis Una temporada en la Tierra donde leí una declaración bastante irónica que decía esto: "Hay que ver lo estupendo que es este país, que me ha permitido ganarme decorosamente la vida escribiendo en La Vanguardia durante cincuenta años sobre los plátanos de Barcelona". No tengo el libro a mano y cito de memoria pero el sentido es exacto.

El sistema --el orden al que nos sometemos para no matarnos los unos a los otros a la vuelta de la siguiente esquina, de momento-- está organizado de tal forma que ejerce una fortísima presión sobre las almas de los plumíferos para que produzcan una cantidad ingente de papeles. Luego viene Mendoza, dice de pasada que la mayor parte de los libros que se publican son “una birria”, y nadie puede decir que esté en un error. Al contrario, es una verdad como un templo. Aira, en una entrada de su libro Continuación de ideas diversas, dice lo mismo, pero con el matiz de que además de birriosos considera que la mayoría de los libros son dañinos. Por eso, explica, jamás contribuirá a ninguna bienintencionada campaña pública para fomentar el hábito de la lectura: el que sepa encontrar los libros valiosos no necesita esas campañas, que, por otra parte, fatalmente inducirán al lector desinformado a leer cosas perjudiciales.

Parece claro que habría que ir moderando la consideración en que tenemos a la literatura, especialmente los que hemos profesado en esa religión y tomado en ella las órdenes mayores o menores. Eso haríamos si fuésemos sensatos

Tendrán razón, será verdad, pero con los libros y las revistas hemos levantado una industria tan formidable, un negocio tan suculento, que a partir de las ganancias que genera ha dado pie incluso a levantar imperios inmobiliarios, lo cual --¡poca broma!-- es la demostración inapelable de que la palabra crea cosas, y de que las ideas, por tontas que sean, y por necio que sea también quien las pone por escrito, generan fenómenos físicos reales, construyen incluso casas en las que pueden morar familias enteras. ¡Casas pagadas, construidas con un fabuloso torrente de palabras! Y hasta rascacielos se levantan a base de libros y diarios.

El papel y la tinta se transforman en hormigón y cristal. Claro está que estos procesos alquímicos asombrosos dejan inevitablemente a su paso grandes cantidades de residuos, de ganga, estercoleros de desechos cuya altura supera ampliamente la del macizo montañoso de Montserrat. Por eso tiene esa calidad melancólica la visita casual y paternalista a las librerías de viejo que aún quedan, manosear los libros amarilleantes y leer la contraportada que nos asegura que tal novela (hoy completamente ignorada) y tal autor de cuyo nombre no se acuerda ni Funes el Memorioso son la octava maravilla.

Parece claro que habría que ir moderando la consideración en que tenemos a la literatura, especialmente los que hemos profesado en esa religión y tomado en ella las órdenes mayores o menores. Eso haríamos si fuésemos sensatos. Y tres cuartos de lo mismo deberían hacer los editores: en las contraportadas de los libros que publican, en vez de sostener vanamente que la novela en cuestión “es una obra maestra incomparable, saludada por la crítica internacional como una revelación” y demás ditirambos que al cabo de unos años nos apena releer, tal vez deberían empezar a ser más prudentes, más modestos y decir, por ejemplo: “Este libro no está mal, en fin, para pasar el rato vale” o “confiamos esta novelucha a la indulgencia del lector, en el caso, naturalmente, de que éste exista”. Y cosas así, más sinceras.

Pero al mismo tiempo la industria en torno a la palabra, aunque renqueante, sigue funcionando a toda potencia. De manera que es de importancia capital seguir escribiendo y editando y publicando, aunque, como en el caso de Carner que Pla comenta, y en el mismo caso de Pla, y en otros, sea para no decir nada. Y en realidad, pensándolo bien, según y cómo acaso así sea mejor, mejor si no se dice nada, mejor cuando no se dice nada.