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Imagen de la exposición 'Ángeles nuevos', de Jorge Ribalta / AYUNTAMIENTO DE BARCELONA

Jorge Ribalta, ángeles nuevos

El fotógrafo barcelonés documenta en una exposición la transformación de la plaza de la Garduña a partir de las tesis de Walter Benjamin sobre el concepto de la historia

24.09.2019 00:00 h.
13 min

“La subalternidad del documento es justamente su grandeza”. Con esta frase, extraída de su excelente libro El espacio público de la fotografía (Barcelona, Arcadia, 2018), Jorge Ribalta bien podría sintetizar su pensamiento en torno al arte al que se ha dedicado, como autor y como comisario, durante toda su vida. Ribalta defiende que la fotografía todavía puede y debe intervenir en los debates públicos, resistiéndose a la hegemonía digital y sirviendo aún como expresión política. Se trata sin duda de un reto titánico, sobre todo si tenemos en cuenta el extraño fenómeno que estamos viviendo hoy en día. Una constante marea de imágenes nos rodea y nos interpela, con una virulencia que nunca habíamos conocido, pero al mismo tiempo nunca el mundo había sido tan ciego. 

La metástasis de la imagen ha traído consigo una sintomática y progresiva incapacidad para mirar y ahondar en el instante, que es precisamente uno de los atributos de la fotografía. Como recuerda Ribalta, ya Baudelaire definió la fotografía como la “sirvienta de las artes y de las ciencias”, sin darse cuenta de que él mismo la había introducido en la poesía. Al fijarse en un pintor menor como Constantin Guys –en detrimento de Manet–, Baudelaire estaba reclamando para la pintura una nueva expresión, derivada de la vida en la ciudad, que se desarrollaría en la fotografía y aun en el cine. ¿Y qué es A une passante sino una instantánea? De la misma manera, cuando Baudelaire, en el poema Le cygne, consigna las transformaciones que está sufriendo París por las reformas de Haussmann, no sólo está sacudiendo los barrotes del alejandrino francés y de la tradición clásica con una brutalidad periodística, sino que al mismo tiempo realiza una serie de fotos mentales sobre el pasado y el presente de la ciudad que acusan una transformación de la mirada. El hombre ya no podía ser, según la imagen de Ovidio que tanto gustaba a Baudelaire, esa criatura a la que los dioses habían dado un rostro para que pudiera levantarlo y contemplar las estrellas. El cielo de París, como observó Walter Benjamin, estaba ya vacío y en él se abría ahora el abismo secularizado de los saberes y los significados. La mirada del hombre estaba de pronto a la altura de la fotografía. 

Quizá el actual bombardeo de las imágenes no sea otra cosa que una forma de iconoclastia a la que sólo se puede contestar con formas radicales de iconodulia. De la misma manera que la poesía conserva una forma de lenguaje que ha sido olvidada por la urgencia de la comunicación, quizá las artes visuales que escapan del tráfago de la publicidad sean las únicas que aún custodian algo de lo que fue la capacidad de observación. Un pintor figurativo no puede ser ya ingenuo y Anselm Kiefer sabe muy bien qué está representando en sus óleos. Todo esto viene a cuento de Ángeles nuevos. Escenas de la reforma de la plaza de la Garduña (2005-2018), la impactante exposición fotográfica que Jorge Ribalta inauguró en Barcelona, en el palacio de la Virreina, en julio y que durará hasta el 20 de octubre, comisariada por Valentín Roma.

RibImagen de la exposición 'Ángeles nuevos', de Jorge Ribalta / Ayuntamiento de Barcelona.alta 3

Inspirada en la novena de las Tesis sobre el concepto de historia de Benjamin, la exposición de Ribalta se presenta como una cronología a la inversa sobre el proceso de transformación urbanística que supuso la remodelación de la plaza de la Garduña, justo detrás del mercado de la Boquería, desde el año 2018 al 2005. Vemos así al principio la vida que empieza a moverse en la nueva plaza pensada y construida por Carme Pinós, con el inicio del curso de la nueva Escuela Massana de arte y diseño o la llegada de los primeros vecinos a los pisos de protección oficial. Luego, poco a poco, el espectador se sumerge en la metamorfosis de la plaza, con sus distintos estratos arquitectónicos, sociales, históricos y arqueológicos. 

El relato de Ribalta, hecho con una serie de fotografías analógicas en blanco y negro, funciona como disección de la cirugía urbana característica de la política municipal de Barcelona desde la década de 1980, pero sin imposición ideológica. El visitante se pasea por las distintas fases de la muestra con el juicio interpelado pero no coaccionado. Y es que una de las virtudes de la exposición estriba en su capacidad para ensanchar la conciencia del que mira, que pasa de consideraciones políticas o urbanísticas actuales a otras intemporales, sin apenas solución de continuidad. En torno a la remodelación de la plaza se van abriendo ventanas a la historia de los edificios que la rodean, como el antiguo convento gótico de Santa María de Jerusalén, cuyo claustro ocupaba el espacio de la Garduña –de ahí los árboles que Pinós ha plantado, como recuerdo–, la Academia de la Medicina, el Hospital de la Santa Creu y los jardines del Doctor Fleming, en cuyo pasado surgen lecciones de anatomía, depósitos de cadáveres y hasta un cementerio de pobres del que sólo queda una borrosa lápida en latín. 

Cuando uno ya se ha acostumbrado al ritmo impuesto por las sucesivas etapas, aparecen de pronto los restos arqueológicos que se encontraron durante las obras del nuevo párking subterráneo de la plaza. El enterramiento de una joven con un ajuar, datado hace más de seis mil años, hace estallar de pronto la cronología para asomarnos al vértigo de los asentamientos prehistóricos en el llano de Barcelona. Cuesta un poco, luego, volver a ajustar la perspectiva y regresar a la historia de la plaza. Al llegar a las primeras fotos del año 2005, cuando en la Garduña aún había coches aparcados y puestos abandonados de la Boquería que servían de techo a unos indigentes, la sensación de densidad es muy intensa. Y ello se debe sobre todo a la demora con que Ribalta ha ido construyendo su reportaje, una atención que dignifica tanto a los trabajadores como a los estudiantes, los turistas, los arqueólogos o los mendigos, sin privilegiar o denostar a nadie, impulsados todos por el mismo viento. 

Imagen de la exposición 'Ángeles nuevos', de Jorge Ribalta / Ayuntamiento de Barcelona.

Si uno repasa el texto de Benjamin que da título a la exposición, quizá pueda disfrutar aún más de la experiencia:

“Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus y en el que se representa a un ángel que parece a punto de alejarse de algo en lo que fija la mirada. Tiene los ojos desorbitados, la boca muy abierta y las alas desplegadas. El ángel de la historia ha de tener la misma apariencia. Con el rostro vuelto hacia el pasado, allí donde a nosotros se nos muestra una cadena de acontecimientos, él ve una única catástrofe que incesantemente acumula ruina tras ruina para arrojarlas a sus pies. Bien quisiera él demorarse, despertar a los muertos y recomponer los pedazos, pero una tempestad arrecia desde el paraíso y se le enreda en las alas con tal fuerza que ya no puede cerrarlas. La tempestad le impulsa inexorablemente hacia el futuro, al que él no deja de darle la espalda mientras el montón de escombros crece hasta el cielo. A esa tempestad nosotros la llamamos Progreso”.

Benjamin escribió las Tesis sobre el concepto de historia en el último año de su vida, mientras deambulaba desesperanzado por Francia, antes de suicidarse en Port Bou. Si uno tiene en cuenta esa desesperación, todavía impresiona más la generosidad de la operación que llevo a cabo en esos escritos últimos, una síntesis poética de teología y materialismo dialéctico, de interpretación inagotable. Entre otras cosas, Benjamin quería demostrar que el nazismo no era un fenómeno extemporáneo y excepcional en Occidente, como pretendían muchos intelectuales de izquierda, sino que su germen estaba en la generalizada concepción de la historia como progreso que inevitablemente pisoteaba a los débiles, las florecillas al borde del camino de Hegel. 

Imagen de la exposición 'Ángeles nuevos', de Jorge Ribalta / Ayuntamiento de Barcelona.

A esa falacia, Benjamin, acorralado y desahuciado, le opuso toda la fuerza de su lucidez, recordando que los acontecimientos históricos son catástrofes que acumulan ruinas y sepultan a muertos anónimos. Si Benjamin se niega a descartar la teología en su análisis materialista de la historia es porque sabe que sin la huella del espíritu no se puede hablar con propiedad del hombre. Su operación terminal es mesiánica por cuanto lleva a cabo una salvación que sólo existe en el pensamiento, en el ámbito de la conciencia humana, ahí donde la felicidad interrumpida de los muertos estará por fin a salvo del “enemigo que nunca ha dejado de vencer”. Con un golpe maestro, Benjamin destruyó así el tinglado histórico que aún pretende hacernos creer que el sufrimiento sirve para algo

La alusión al texto de Benjamin por parte de Jorge Ribalta no es banal ni oportunista sino plenamente responsable. Su actitud como fotógrafo es la misma del historiador capaz de despertar la chispa de esperanza en el pasado. Y sus fotografías son  citas visuales que una y otra vez impugnan el relato épico de la destrucción y el olvido. No deja de llamar la atención, por último, que un arte que se postula como documental y subalterno pueda llenar, aunque sea momentáneamente, el vacío que viene dejando lo que desde el romanticismo llamamos Arte.