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Homenot 'Jorge Herralde' / FARRUQO

Jorge Herralde: los anaqueles de la fiebre amarilla

El editor de Anagrama, cuyo archivo ha sido objeto de disputa entre bibliotecas, es parte de la historia de Europa, pero su vocación secreta son los espacios abiertos

21.09.2018 00:00 h.
10 min

Cuando Anagrama debutó en la Feria de Frankfurt, su timonel, Jorge Herralde, antes de ser un artista invitado y premiado, mostraba sus libros en un sobre-tablón, soportado en caballetes y situado en la entrada del evento. Su éxito no se hizo esperar. Desde los duros comienzos, Herralde saludaba a François Gallimard y era amigo de los grandes directores de colecciones  de la Random Hausse, mucho antes de que llegara a sus playas, Claudio López de Lamadrid. Casi desde el principio, Anagrama se hizo merecedora de la costumbre pegada a la piel de muchos lectores, dispuestos a leer libros de la casa sin saber quién era el autor. Y el editor verbalizó así este atributo: “la  construcción de la fiabilidad”, tal como se lo resumió a Javier Rodríguez de Marcos.

Su penúltimo esfuerzo ha sido la recopilación jerárquica de su fondo, la Biblioteca Herralde, que deja tras de sí  50 años de pugnas, alegrías y llanto por donde circula la amplia escudería de los mejores novelistas y ensayistas del siglo XX. La cesión decidida por Herralde y su esposa, Lali Gubern, ha desatado una disputa entre la Biblioteca Nacional y la Biblioteca de Catalunya, perdedora esta segunda de otras donaciones anteriores, como las de la agente Carmen Balcells o la editora Beatriz de Moura, conductoras también del gran momento de Barcelona como capital cultural en lengua castellana. En el destino final del fondo mediará Carlo Feltrinelli, accionista de Anagrama desde 2010 y partidario de una futurible instancia provincial, financiada por el Ayuntamiento de Barcelona y el Ministerio de Cultura. Pero, ay, ay, cuidado con Colau y Pisarello en el papel de protectores de lo que es nostre; sea como sea, la encrucijada de la sobresaliente donación  enmarca un tiempo de escarpias y chuzos de punta en el que las instituciones prefieren  financiar castellers  y se muestran muy refractarias al papel impreso en castellano. 

Silvia Sesé (Anagrama) confesó que, para pasar el verano agazapado, Jorge Herralde se había llevado a su escondite Le lambeau, la novela que Philippe Lançon escribió tras sobrevivir a la matanza en la redacción de Charlie Hebdo. Anagrama ha cumplió el medio siglo defendiendo al débil y difundiendo cultura; y de repente, uno recuerda aquel país tembloroso de los primeros ochentas con el boom latinoamericano todavía inmanente, cuando  emergieron los herederos, Roberto Bolaño o Ricardo Piglia.

Ocurrió en plena ráfaga anglosajona de Ian McEwan y Martin Amis, y en un momento en que  Nueva York era la isla de Manhattam, mientras que el Brooklyn de Paul Auster solo empezaba a despuntar, camino de su  plenitud. Berlín y Londres trataban de recuperar la centralidad cultural de otros tiempos, cuando resurgió el París redivivo de los boulevares y los bistrós, con Patrick Modiano por bandera. Herralde defendió con uñas y dientes la posición estética del autor francés convertido en un fenómeno lento, hasta llegar a su eclosión tardía gracias a la concesión del Nobel en 2014. Todo ello enmarcado en otro enclave herraldiano: al final de camino, la cosecha. 

La obsesión anglosajona manda, pero siempre nos olvidamos de que los anglosajones no traducen y de ahí la recuperación atenta de los narradores francos, como Michel Houellebecq, Jean Echenoz y Yasmina Reza, traducidos cientos de veces. Herralde es parte de la historia de Europa. Pero su vocación casi secreta son los espacios abiertos de Jack Kerouac (On the Road), aquel miembro inolvidable de la Beat Generation, anterior en descaro a la “literatura forajida” Tom Wolfe, o Bukowski, autores de la casa incluidos en la colección Contraseñas (tapa negra). Quizá por su toque como difusor en la república de las letras, el editor se resistió al principio ante el periodismo Gonzo de Hunter S. Thomson, pero lo cierto es que el autor de Miedo y asco en Las Vegas  acabó siendo fijo en su catálogo.

En el campo de la escritura, el entronque entre Europa y Norteamérica no precisa ningún género de democracia deudora del fundacional Alexis de Tocqueville.  El carácter polisémico de la ideología, entendida como cultura, les confiere un papel equivalente al ensayista y a su público lector, porque en la sociedad del conocimiento el ciudadano es alguien que puede modificar sus opiniones, “no es incapaz de verdad, pero tampoco su propietario”, ha escrito Daniel Innerarity.

Para hallar el cruce de caminos entre el sentido del gusto y la libertad infinita de la letra, nada mejor que leer las Opiniones mohicanas  (Aldus y edición ampliada, en Acantilado) firmadas por el editor. El latido sentimental del Jorge Herralde escritor es una mezcla de discreción y encuentro casual en el parisino Saint Germain, en la Florencia stendaliana o en la puerta del Museo de Arte Moderno de NY. Detrás de cada anécdota – especialmente  la descripción centelleante y gélida de Bernard-Henri Lévy (BHL), con la camisa abierta y visible hasta cintura, pero con americana y abrigo de angora– en estas Opiniones  se adivina una pieza de colección, trabajo atento más allá de lo que podría considerarse la peripecia vital de un editor.

“Llevo 50 años on the road, y era poco previsible que las cosas fueran así”, dijo el editor en la Universidad Pompeu Fabra en un homenaje que le tributó el Màster Edició Barcelona como acto final del pasado curso académico. “He luchado durante años por encima de mi peso”, metáfora pugilista de la meritocracia. Pero visto con los ojos del rigor, un libro es un libro si se aguanta sin muletas. Y este es el caso de la obra de Kerouac, porque visto con la perspectiva de los años, se convirtió en uno de los long-sellers de Anagrama, junto a La conjura de los necios de John Kennedy Toole y la Lolita de Nabokov.

A la hora del recuento, en la parrilla de salida, Herralde reconoce paciente que quiso editar la obra completa de Jean Paul Sartre y Camus, dos consagrados en manos de Gallimard, que jamás le vendería los derechos. Aquella idea sin futuro coincidió con el fin de su cargo en la Compañía Anónima de Refinerías e Industrias Metalúrgicas (CARIM). Herralde había terminado ingeniería para satisfacer a su padre el dueño de la empresa, pero un día, cruzada la tangente de los setentas, se plantó: “hasta aquí he llegado, papa”.

Se inició como editor del pensamiento crítico con Hans Magnus Ezensberger y Pierre Broué; y nadie olvidará que llegó lejos cuando, muchos después, le dio una oportunidad a Toni Negri, el profesor nacido en Padua, experto en Spinoza y vinculado a las Brigadas Rojas. Al final de nuestra larga Dictadura, la hegemonía del ensayo acabó destruyéndose a sí misma en el cruce entre post-revolución y  posmodernidad.

El análisis fue sustituido por la novela, y significó la plenitud de la ficción celebrada en Anagrama con el éxito rutilante de Patricia Highsmith, en Panorama de Narrativas. Pero no dejaba de ser una colección universal, el espacio de los grandes traductores que trasvasan la sensibilidad más íntima de culturas a menudo opuestas. Faltaba el golpe de timón nacional y llegó con la inserción de Álvaro Pombo, Enrique Vila-Matas, Javier Marías, Soledad Puértolas o Ignacio Martínez de Pisón, y otros entre los mejores, en Narrativas Hispánicas. Fue la explosión de la fiebre amarilla, el color clásico de las portadas de Anagrama.