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Javier Krahe

Javier Krahe: Borges y bailable

Cuatro años después de su muerte, las canciones del cantautor madrileño, símbolo de la izquierda crítica, siguen con vigor y mantienen su preclara clarividencia

04.04.2019 00:00 h.
11 min

Al cumplir los 30, cuando otros deciden abrir un plan de pensiones o encadenarse a una hipoteca perpetua, Javier Krahe (Madrid, 1940–Zahara de los Atunes, 2015) resolvió que quería ser cantautor. Su compañera Anick le preguntó que cuánto tardaría en conseguirlo. Javier, cauto, echó cuentas, acababa de adquirir una guitarra y nunca se había subido a un escenario: calculó unos diez años. Lo del escenario llegó antes, lo de la guitarra, confesaba en tono jocoso que al fa mayor lo llamaba “el acorde difícil”, nunca llegaría. Ni falta que le hizo. 

La pareja acababa de volver de un dulce y frío Montreal mítico, por donde todavía paseaba un joven Cohen –después budista zen, viejo verde a tope– y uno podía empaparse de cultura y música francesa y anglo sin moverse demasiado. A Krahe, dicen, le habían echado de una librería por ser demasiado buen librero –“una vez entró una señora preguntándome por un libro sobre China, yo le respondí: '¿A favor o en contra?' Y se llevó cinco libros”; “hacía mi trabajo muy rápido, en un par de horas y el resto me escondía por ahí a leer, eso no le gustaba a mis jefes"– y se acercaba al peligroso abismo de la edad media en un varón ibérico sin saber qué hacer con su vida. 

De la mano de su hermano Jorge y el entorno del mítico Chicho Sánchez Ferlosio subió por primera vez a un pequeño escenario y ya no se bajaría hasta su muerte. Sus letras, eruditas e irónicas, unidas a su imagen de caballero de la triste figura, crearon un coctel hilarante y adictivo, que causaba las carcajadas a la par que excitaba el magín del respetable.

sabina krahe

Joaquín Sabina y Javier Krahe.

En un sótano de Malasaña, junto a Joaquín Sabina y Alberto Pérez, tramaron aquel guateque canalla de la Transi llamado La Mandrágora. Llegaron a vender más de cien mil copias. Pérez se retira del mundanal ruido a su Sigüenza natal, pero Sabina y Krahe ganan popularidad catódica. Krahe pasa por ser el primer español en decir “gilipollas” en la televisión pública, incluida en su versión Brassens de “Marieta”, y por sufrir la primera censura de la democracia, por atreverse a criticar al macho alfa Felipe González en la hilarante Cuervo Ingenuo: "Tú decir que si te votan / Tú sacarnos de la O.T.A.N., / Tú convencer mucha gente, / Tú ganar gran elección, / Ahora tú mandar nación, / Ahora tú ser presidente. / Hoy decir que esa alianza/ Ser de toda confianza / Incluso muy conveniente, / Lo que antes ser muy mal / Permanecer todo igual / Y hoy resultar excelente. / Hombre blanco hablar con lengua de serpiente".

De aquellas libertades le nacieron otras. El ostracismo al que los ayuntamientos socialistas le relegaron por aquella canción –de los del PP ya ni hablamos– hizo que aquel verano no tuviera ninguna contratación a la vista. Desde entonces, a pesar de éxitos posteriores, decidió que nunca más trabajaría en verano, que siempre realizaría las salvíficas vacaciones infantiles, ocupándose del mar y las buganvillas durante dos meses largos, en las playas de Zahara de los Atunes.

Un poco antes de lo previsto, tiene éxito. Ese éxito suyo que tanto admiraba Joaquín Sabina: hacer siempre lo que le viene a uno en gana. Y se convierte en un cantautor sui generis, claro, lejos del gorgorito y lo relamido, en fuerte oposición a la diabetes. A medio camino entre el arte del stand up comedian, ese monologuista melódico: en su caso son tan buenas las introducciones habladas a sus canciones como las propias canciones. 

Pronto nos enseñó que ser culto podría ser lo contrario a ser aburrido. Que, pese a lo que afirman sus canciones, uno puede ser Borges –por la calidad de sus prosas– y bailable –por el ritmillo de sus tonadas–, popular y de culto, capaz de hacer canciones como romances, de octosílabos exactos, o dedicar una a Piero della Francesca, geómetra y pintor renacentista que, harto de placeres sensuales y medio muerto de amor y platonismo, confesó que el dodecaedro le conmovía hasta la ternura. 

Cábalas y cicatrices, Javier Krahe

Portada de Cábalas y cicatrices, de Javier Krahe.

Tal vez porque Krahe siempre pareció viejo, o viejoven por decirlo en jerga muchachada, tuvo una vejez muy juvenil. Sin renunciar al don de la embriaguez y la lucidez, en plena conciencia libertaria, disparando a diestro y siniestro a todo lo que le venía en gana. Krahe es lo que España, con otra Transición, podría haber sido. Leída, divertida, sardónica. Con un pie en lo hippie y la ecología cuando no estaba de moda –Nos ocupamos del mar– y otro en la ironía –pero nunca en el sarcasmo, sus canciones siempre dejan una puerta abierta al acuerdo– como en Ay, Democracia. Feminista y mordaz. 

Krahe era –es– un cruce bastardo entre el Algarrobo y George Brassens, mitad trovador, mitad juglar, hijo putativo de Quevedo por sus requiebros y barroquismos, por su concepción lúdica del lenguaje, próxima a los escritores franceses del Oulipo: escuchen si no Antípodas, maravilla esdrújula que sirve tanto para reflexionar sobre los tópicos que nos asolan como para repasar las normas de acentuación ortográfica: En las antípodas todo es idéntico, / tienen teléfonos, tienen semáforos / con automóviles con sancristóbales, / muchos estómagos están a régimen. / Tienes políticos más bien estúpidos / pero son súbditos muy pusilánimes. / En las antípodas / todo es idéntico, idéntico a lo autóctono”.

En otras de sus canciones, Como Ulises, va explicando que tarda en llegar a casa y su Penélope, harta de tejer y destejer, se ha casado ya con otro y Telémaco tiene un padre adoptivo. Su never ending tour era diferente al de Zimmerman. Él iba a los mismos locales durante 20 años. Hasta en aquellos pequeños conciertos había alguna peripecia. En los últimos tiempos, a la entrada, los fieles y renovados espectadores –siempre acudían nuevos oyentes hipnotizados por sus canciones– eran recriminados como blasfemos por grupos de católicos radicales después de que se difundiera un vídeo privado, sin el permiso de Krahe, donde aplicaba sus conocimientos culinarios en cocinar en crucifijo al horno con lecho de patatas y cebolla. No me digan que no es pintón. Eso no pasa ni en la entrada de los conciertos del diabólico de pacotilla de Marilyn Manson. 

En Todo es vanidad, otra de sus mejores canciones –no se pierdan la versión de Rosendo Mercado–, desgrana las maneras de no pasar a la posteridad. En ella argumenta que no verá su figura elevada a un pedestal debido a su acracia, ateísmo y a su vena antisocial. No sé si tendrá garantizado el porvenir, pero no lo necesita: las letras de sus cancioncillas resisten más que el mármol puro. Para demostrarlo nada mejor que escuchar el homenaje que le acaban de perpetrar algunos de sus mejores colegas, viudos y huérfanos, La sonrisa de Krahe, una reunión gozosa, nunca de lamento, que se publica, tal vez porque la puntualidad tampoco era uno de sus fuertes, más de tres años después de su muerte.

Hace poco escribía el crítico de música Fernando Neira en un estado en Facebook: “En un país razonablemente serio, Javier Krahe habría alcanzado categoría de tesoro nacional, de especie rara y merecedora de especial protección. España es un país del que sentir orgullo, pero que suele pecar de desapego hacia sus hijos ilustres, y no digamos ya si a la ilustración le incorporamos la heterodoxia, la diletancia, la disidencia frente a casi todo lo que no sea el compromiso con uno mismo”. Quince discos y cientos de canciones después, no todo va a ser follar, tal vez el propio Krahe nos daría la réplica por exagerados y nos respondería diciendo algo así como que no sabe nuestras escalas, por lo tanto somos muy dueños de ir por ahí diciendo que la tiene –la fama– muy pequeña.  

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