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Soldados de Salamina, Cercas

Javier Cercas, héroe de TBO

Reservoir Books publica la versión en cómic de 'Soldados de Salamina', la novela de Javier Cercas, ilustrada por José Pablo García

01.05.2019 00:00 h.
12 min

Fue en la primavera de 2001, hace ahora más de diecinueve años, cuando oímos hablar por primera vez de la novela Soldados de Salamina (Tusquets). Tres cosas estaban por ocurrirle a la literatura española por aquel entonces: la primera es la irrupción de Javier Cercas como escritor de primera fila; la segunda es que ese libro estaba a punto de convertirse en uno de los últimos best-sellers de culto; la tercera es que a nadie en el mundillo editorial se le había ocurrido que podían suceder ninguna de las cosas anteriores. En las mesas del bar de la facultad de Humanidades de la Pompeu Fabra, entre redacciones de fanzines efímeros, petas adulterados, corazones rotos como cascos de voll-dams y tráfico clandestino de apuntes, se construía un  currículum oculto y complementario a la licenciatura de letras. En las aulas leíamos a Narcís Comadira, Miguel de Cervantes y Virginia Woolf. En las barras a Sánchez Ferlosio, Jesús Lizano –”¿catalanes?, yo veo mamíferos”–  o Roberto Bolaño. 

La buena nueva del evangelio según Cercas nos la trajo Patrick. Acababa de colocarse como crítico literario en un periódico y había quedado fascinado ante la primera obra que le tocaba reseñar. La verdad es que al principio no le hicimos mucho caso. Nos dijo que el autor era un profesor de la Universitat de Girona semidesconocido, que antes había escrito un libro de relatos y una novela de campus. La novela, entre muchas otras cosas, trataba sobre las relaciones entre los escritores fascistas y los rojos. Reflexionaba sobre el significado de ser un héroe. Algunos, campaneando, medio beodos, lo miramos con la media sonrisa sardónica del prejuicio juvenil. "Ah, entonces", –dijo alguien, mucho antes que Isaac Rosa– "esta es otra puta novela sobre la Guerra Civil escrita por un profesorcillo de provincias". 

Perdónanos, lector, porque no sabíamos lo que hacíamos. Andábamos muy perdidos perpetrando nuestros primeros informes como lectores profesionales –lo de profesionales atañía solo al adjetivo, ya que las perrillas que nos soltaban por informe de lectura apenas subvencionaban nuestras humildes copas–, o robando dedicatorias de Vila-Matas de algunos de los libros de la biblioteca y cualquier nuevo autor que no descubríamos nosotros nos parecía directamente un impostor. 

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Además, por aquel entonces, a los jóvenes letraheridos, pobres estúpidos, la Guerra Civil nos la traía al pairo. Creíamos que no podía ser guay algo que a nuestros padres les interesara; creíamos que si dirigías una película en blanco y negro y enfocabas a un niño famélico mientras roía un cuscurro de pan duro te nominaban al Goya –bueno, tal vez eso fuera cierto–. No sabíamos que hacía solo algunos años Andrés Trapiello había tenido el arrojo y la visión de escribir Las armas y las letras (Destino). Que contenía aquella máxima de que los escritores del bando franquista habían vencido la guerra pero habían perdido la historia de la literatura. No habíamos tampoco escuchado nunca la expresión de la Tercera España. Desconocíamos el poder de Chaves Nogales, de Jardiel Poncela, de Eugeni Xammar, Julio Camba o Julián Ayesta. 

Además, a inicios de siglo XXI, en según qué ambientes estéticos, estaba considerado de mal gusto hablar de la Guerra Civil. Los grupos indies que nos molaban no lo hacían –la verdad es que casi no pillábamos nada de lo que decían en su guachiguachi angloparlante–. Los escritores a los que admirábamos tampoco escribían del asunto a riesgo de ser considerados unos pelmazos, que según nuestro querido filósofo de referencia Michi Panero –aunque él decía “coñazo” en la cita original–, era lo único que en esta vida no se podía ser. La verdad es que toda la biografía de la que disponíamos en nuestro background lector por aquel entonces eran aquellos versos de la sextina política de Gil de Biedma: “De todas las historias de la Historia/ la más triste sin duda es la de España/ porque termina mal”.

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Cercas consiguió sacarnos de tamaño error. Al leer su novela descubrimos que aquellos versos también salían en ella. Así como Roberto Bolaño, Sánchez Ferlosio o el mismo Cercas, en una suerte de autoficción paródica que marida de lujo con lo serio de la materia de la que se ocupa. Si la novela de Cercas consiguió que nos interesáramos por nuestro pasado más cercano y trascendente, si consiguió que consideráramos que las historias guerracivilistas podían ser igual de válidas que las de la Segunda Guerra Mundial, tal vez la adaptación que acaba de publicar José Pablo García para Reservoir Books consiga que la muchachada millenial también se interese en ellas. De hecho, algo de eso ya está sucediendo, las adaptaciones del mismo García –que además es filopalindromista: ¡Arriba la birra!– sobre los ensayos históricos de Paul Preston La guerra civil española (Debate) y La muerte de Guernica (Debate), están siendo un éxito editorial y académico. 

La adaptaciones de grandes obras de la literatura al género cómic empieza a ser algo habitual. En la última novela de Rachel Cusk, Prestigio (Libros del Asteroide), hay un editor que le explica a su escritora que la mayoría de lectores actuales quieren la pátina de grandeza que da la literatura en mayúsculas, pero no están dispuestos a realizar el esfuerzo que a veces esta conlleva, es decir, queremos curarnos en el sanatorio de Hans Castorp sin tener que escalar los cientos de páginas de La montaña mágica, queremos sumergirnos en el ampuloso ambiente de los Salones de la parte de Guermantes sin tragarnos los párrafos brillantemente plomizos del bueno de Proust. En fin, que pareciera que esta iniciativa comiquera le daría la razón al editor de la novela. Incluso Cercas declaraba hace poco en una entrevista del periodista cultural Víctor Fernández en La Razón que a él, cuando lee tebeos, se le hacen cortos, le saben a poco. García le respondía que eso con las grandes obras del cómic, como Watchmen, no ocurría nunca.

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Pues resulta que en esta ocasión tampoco ocurre. La adaptación de García no es menos exigente, ni hermosa, que la original. Permite el mismo disfrute y semejante hondura. La materia seleccionada es sensacional, la trama y estructura respetan fielmente los juegos metaficcionales y especulares de la novela y, por si fuera poco, García dibuja con una narratividad asombrosa cosas que no están en la novela: los mapas, las portadas originales de los libros, la cara de Bolaño, Cercas y Sánchez Mazas.

Así, podemos extasiarnos ante los techos abovedados de la Biblioteca Nacional de Cataluña o con la fidelidad de las calles del centro de Girona, el brillo nostálgico de un camping de los 80 con un vigilante que será leyenda. Su talento natural se ha entrenado en las cuarteles de las adaptaciones de Preston y se nota. Así, sus viñetas sobre la guerra civil española tienen otro tono, otro grafismo que con las que dibuja la trama en el presunto presente, no hay salto temporal que chirríe, todo fluye. Cercas, jocoso, solo se queja de que en esta versión no le han sacado tan sexy como es él en realidad, pero debemos recordar que en la adaptación cinematográfica de David Trueba su papel lo tomaba la hermosa Ariadna Gil.  

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En estos días en los que la palabra facha acude a la boca de cualquiera, sin preguntar por credenciales o filiación, no está mal acudir a leer de nuevo aquellas historias, a saber del autodenominado primer falangista de España, Rafael Sánchez Mazas, poeta menor, cronista estupendo y pater de Ferlosio, autor de parte de la letra del hitazo Cara al Sol, número uno durante 40 años, y de su reverso Miralles, el verdadero héroe de la historia.

El pasado es una dimensión del presente, explica Cercas en la novela. Bien lo sabemos los lectores de los grandes escritores-muerte. Las obras póstumas de Ricardo Piglia o Roberto Bolaño siguen apareciendo en las mesas de novedades con precisión casi mágica. Algo parecido pasa aquí con la labor editorial de Claudio López. Jaume Bonfill, editor de Reservoir Books, cuenta que la adaptación de Soldados de Salamina fue una idea del fallecido editor. Que ya están en marcha las versiones de La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa y Mañana en la batalla piensa en mí de Javier Marías.

“Si lo piensas bien, con nuestro fondo, el listado de obras sale casi solo”, sigue, “la idea de la colección es mantener la máxima calidad en el texto de partida en la elaboración gráfica. Por eso damos libertad y tiempo para la realización, no queremos que sea solo un encargo”. A fe que en esta ocasión lo han conseguido. Ante tal declaración uno no puede hacer más que salivar y alimentar nuestras fantasías literario-comiqueras imaginando las adaptaciones futuras. Sabemos que el estado más habitual de un libro es su inexistencia, nos alegramos mucho de que este exista. Y soñamos con los que vendrán.

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