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Bohemian Rhapsody

Instrucciones para 'rockear' en familia

Una parte esencial de la educación infantil consiste en enseñar a nuestros hijos a diferenciar la buena música de la mala, a los Beatles del reggaetón

11.12.2018 00:00 h.
9 min

Parece demostrado que el embrión empieza a escuchar a las veinte semanas de embarazo. Desde ese mismo momento los progenitores melómanos solemos trazar un meticuloso plan: consiste en acercar el altavoz a la barriga gestante --con dulce afán pedagógico-- para que el renacuajo empiece a deleitarse con nuestros temazos favoritos. En esos momentos, todavía no hay polémica en la selección. Los fetos, que sepamos, no rechistan. Lo mismo sacuden la pequeña pelvis con una sinfonía de Mozart que se dejan mecer al maullar melancólico de Nina Simone. Los más integristas incluso competimos en el ránking de conciertos intrauterinos de los  que  disfrutan nuestros futuros hijos: “El primero de la nuestra fue uno de Maria Arnal y Marcel Bagés”. “Pues el mío se movía mucho en el de Radiohead del Primavera Sound”. 

Una vez paridos el deleite es mayor si cabe. Empezamos pronto el lavado de cerebrito, la notas musicales parecen entrar mejor por las tiernas fontanelas de sus pequeños cráneos: los tratamos de dormir al arrullo de las nanas de Calamaro o Albert Pla; utilizamos el disco los Stones versión marimba sinfónica para la hora del baño; los vestimos con bodies serigrafiados con el lema de los Ramones: “Hey Ho, Let’s Go”. Presumimos de que el bebé que solo se relaja si lo llevamos a la entrada del local de ensayo donde puede escuchar cómo su madre ejecuta los trallazos eléctricos que el pequeño tan bien conoce de su etapa prenatal, mientras succiona sincopadamente de su chupete adornado con el logo warholiano de la Velvet Underground. 

Un poco más tarde, cuando ya peinamos un flequillito a lo Lennon, empezamos a hacer engordar su primera lista de Spotify. Lo hacemos con el mismo mimo y delicadeza con la que grabábamos las cintas de cassette a nuestras noviecitas allá por el siglo XX, con el ánimo de que nos quieran: queremos hacerles partícipes del ritmillo juguetón del leaozinho de Caetano Veloso, de la perfecta arquitectura de las miniaturas pop de Antònia Font o Adriana Calcanhoto, de la alegría que contienen las rumbitas de Kiko Veneno: “a mi Currito yo le canto el ta, ta, ta”. Todavía recuerdo la mañana de julio madrileño en la que mi hija conoció a Elvis. Emitían en TV1 una de sus películas hawaianas y la cara de embeleso de la pequeña ante el “love me tender” y el magnífico tupé del de Memphis le duraron toda la mañana. 

Beat Bugs

Una imagen de la serie Beat Bugs

El problema viene después, cuando los churumbeles abandonan el nido primigenio y se acercan al  libre albedrío musical, influenciados, cómo no, por la tele, los amigos, el colegio o, peor todavía, --lectores sensibles, tápense los ojos--: los youtubers de moda. No hay más que atender a la colección de horrores que configuran el top de hits en cualquier fiesta escolar para darse cuenta del tamaño de mi desesperanza: una antología de regetones y traps faltosos, algunos chumba-chumbas vacuos, marcianadas virales como el Pen Apple, Apple Pen o la incombustible Macarena. ¡Ay!

He visto a las mentes más brillantes de mi generación destruidas por las canciones preferidas de sus vástagos. Quienes han pasado horas y horas conduciendo al son infernal y repetitivo de Cantajuegos; escuchando una y otra vez Gangman Style; o las horribles parodias de los temas más populares adaptadas a circunstancias de juegos online.

Se habla mucho últimamente de  la importancia de conciliar el mundo laboral con el familiar. Parece que el gobierno se dispone a legislar sobre el asunto. Lo que no se atreve a legislar el ejecutivo, ni siquiera a nombrar, es sobre la conciliación entre los gustos estéticos infantiles y los paternales. Mucho lirili y poco lerele.

Chupete ACDCMe imagino a esos pobres padres y madres volviendo cabizbajos a casa temprano, secretamente añorando los tiempos del horario partido, aquellos tiempos donde era políticamente correcto asegurar --mentirse-- que lo importante del tiempo dedicado a los chavales era más la calidad que la cantidad. Echando de menos el tiempo de las conversaciones adultas en el trabajo, o las comidas generosamente regadas en el vino tinto de los negocios, o la pausa del cigarrillo hablando de fútbol y música para mayores de doce años.

Por eso, desde este humilde rincón, no podemos más que dar la bienvenida a propuestas como la serie Beat Bugs (Netflix), que pone aventuras de cinco insectillos cuquis y animados que viven en el jardín y entonan las mejores canciones de los Beatles. No se imaginen chorraditas melódicas, el productor se ha dado el gustazo de contratar a algunos de sus intérpretes favoritos.

Así, durante la serie, podemos disfrutar de Yusuf Islam (antes Cat Stevens) cantando Here comes the sun, o a Rod Stewart rasgando con su voz de esparto Sgt.Peppers Loney Heart’s Club Band, o al líder de Pearl Jam, Eddie Vedder dándole al Magical Mistery Tour. La fiebre beatlemaniaca ha seguido en casa con el delicioso capítulo de Pool Karaoke donde Paul McCartney recorre el centro de su ciudad junto a James Corden y el visionado de las pelis de los Beatles en Filmin. Así da gusto.

Tampoco es desdeñable el influjo que Bohemian Rapsody (Brian Singer, 2018) está teniendo en el gusto musical infantil. La película, protagonizada por Rami Malek, narra el ascenso, caída y posterior redención de Queen y Freddie Mercury y ya es un fenómeno global en todos los patios del mundo. Fuimos a verla el otro día junto a mi hija y la disfrutamos mucho. La película en sí es una patraña en cuanto a arte cinematográfico, pero funciona como un cañón a nivel emocional. El guion sigue punto por punto el manual de la sensiblería más cruda, sin desviarse un ápice de lo maniqueo, sin escatimar un giro sensiblero. Haciendo las vicisitudes de una de las almas más atormentadas de la música rock sea apta para casi todos los públicos. 

Y a pesar de ello, o tal vez debido a ello, no he podido reprimir un nudo en la garganta, una gran emoción nos ha embargado durante los últimos veinte minutos que rememoran la actuación de Queen en el Live Aid de 1985.  Ya de vuelta a casa, salimos del cine con las canciones prendidas en la retina. La lengua se activa a la mínima: Mamma mía, mamma mía, mamma mía let me go... 

Todas las cartas de amor son ridículas, escribía Fernando Pessoa, ese contable triste, por la boca de su títere Álvaro de Campos, en uno de sus poemas más citados. Lo recuerdo una vez ya en casa, donde nos hemos dedicado a repasar una por una todas las canciones que salen en la banda sonora de la película. Pessoa añadía que precisamente el cometido de las cartas de amor era ser ridículas. Que si lo pensamos bien, los verdaderamente ridículos son aquellos que nunca han escrito una carta de amor. Algo análogo pasa con las películas malas que compartimos con nuestros hijos. Lo ridículo sería no permitirnos el placer inmenso de disfrutarlas al máximo.

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