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La pequeña bañista (1858) de Ingres

Ingres y las salas vacías del Louvre

Al pintor francés no le hizo falta viajar para pintar sus cuadros. Había visto y adquirido algunos de los libros de viajes más importantes de las décadas anteriores

27.06.2019 00:00 h.
7 min

Los trabajadores del museo del Louvre han estado en huelga. Consideraron que la afluencia masiva de visitantes dificultaba la labor de seguridad y del personal de recepción. Así es. Tanto se ha invertido en incrementar el número de público que ahora merece la pena visitarlo solo para comprobar que la foto de los selfies de los visitantes con La Gioconda coincide con la realidad. Vivir una ficción, se podría titular. O, mejor, dar vida a una imagen. Hasta en la entrada por la rue Rivoli, que permitía el acceso rápido al museo, hay que guardar cola para acceder. La sala central de la primera planta es una feria; la de La Gioconda, intransitable; la sala de la pintura francesa de gran formato, un parque y la visión de La victoria de Samotracia, un horror.

Sin embargo, quedan salas silenciosas. Una de ellas sigue igual que siempre. Para llegar hay que perderse, como ocurre en los grandes museos, ver el Sena por las ventanas, admirarse y horrorizarse también de las colecciones de arte que puede llegar a atesorar un solo hombre y agradecer que un día lo privado se hiciera público, aunque hoy esté lleno de visitantes y ruido. Por allí, al fondo de una sala en la primera o segunda planta, hay un espacio con varios cuadros de pequeño formato. Pertenecen a Jean-Auguste-Dominique Ingres (1780-1867), el gran pintor francés, neoclásico y académico. A veces, El baño turco (1862) no está. Se ha prestado para alguna exposición. Así se puede contemplar el misterio del espacio en blanco de la huella del cuadro y, al lado, una cartela que informa a qué museo del mundo y nombre de la exposición ha viajado, lo que lo hace aún más misterioso.

Autoretrato de Jean Auguste Dominique Ingres
Autorretrato de Jean Auguste Dominique Ingres

Más allá, aún más al fondo, está el cuadro Interior del harén (1828). La misma espalda, la misma piel marmórea, la misma mujer y en la misma posición que la Gran bañista, también llamada Bañista de Valpinçon (1808), uno de los cuadros más conocido de Ingres, igualmente en el Louvre. Una imagen que se reproducirá e imitará repetidamente y que llega hasta el fotógrafo Man Ray e incluso a la cantante Madonna. Una espalda larga, serpenteante y de forma clásica y perfecta, de la que nadie sospechó durante mucho tiempo que tenía tres vértebras de más. Ingres no era tan clásico y académico como se creía. 

El pintor solía repetir las mismas figuras en sus cuadros. Lo que más amaba era el dibujo (en el Museo Ingres de Montauban, su ciudad natal, guardan más de cuatro mil). Al dibujarlas de nuevo, podía seguir practicando e intentar llegar a la perfección. Aunque en el Interior del harén y la Bañista de Valpinçon está pintada la misma mujer, los cuadros son diferentes. El primero incluye varias composiciones en el fondo. Una criada peina a una mujer cubierta con una fina tela. Otra, perfectamente vestida, toca el tambor y una tercera se baña en el agua. La famosa mujer de espaldas contempla las escenas, tapa con su cuerpo una parte y deja claro que, en ese interior íntimo y cotidiano, ella puede ver cosas que el espectador no alcanza a ver. 

El baño turco, Ingres
El baño turco

¿De dónde extrae las escenas? ¿Las imagina o las pinta del natural? Él, que prácticamente no viajó, a excepción de Italia o el norte de Francia y no pudo entrar en un baño público y femenino por ser hombre, ¿cómo pudo además dibujar esa mujer con turbante tocando el tambor? Ingres era “un pintor de despacho”. No le hizo falta viajar para dibujar sus temas más conocidos. Había visto y, posiblemente, adquirido algunos de los libros de viaje más importante de las décadas anteriores.

La pintura necesitaba de los viajes para sus temas. Un dibujo sin fecha de la colección del Museo Ingres de Montauban muestra la misma criada peinando a una mujer del fondo del cuadro del Interior del harén. Exactamente el mismo grabado que Charles Ferriol, embajador de Francia en Estambul, incluyó en 1714 en su libro Compilación de cien grabados representando las diferentes naciones de Levante (Recueil des cents Estampes représentant différentes Nations du Levant). Un libro que reproducía los grabados de hombres y mujeres con los trajes y ornamentos de sus profesiones y sus costumbres, tales como fumar en pipa de agua, lavarse los cabellos, jugar a la mancala, etc. Allí está también una bailarina que danza delante de su maestro al son de una mujer que toca el tambor. La misma imagen del fondo del Interior del harén

La bañista de Valpinçon, de Ingres.¿Por qué eligió Ingres esos grabados del libro de Ferriol y no otros? Porque antes había leído las cartas de la famosa viajera Lady Montagu (1689-1762), quien describió el interior de un baño y narró la forma en que las esclavas peinaban a las mujeres desnudas. A Ingres no le hizo falta viajar, pero sí ver y leer relatos de viaje. Lo mismo que le ocurrió a otros muchos pintores. La pintura era deudora de los viajes y la escritura se convertía en una fuente de los temas e imágenes de los cuadros, pues, como sabían bien los pintores, pintoresco no era solo lo que atraía por su tipismo o extravagancia, sino aquello que merecía ser pintado.

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