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¿Es imprescindible leer el Quijote?

¿Es imprescindible leer 'El Quijote'?

Vale la pena leer la obra maestra de Cervantes en su versión original, pese a la incomodidad de tener que habituarse al castellano antiguo

22.04.2018 00:00 h.
7 min

¿Pero de verdad es imprescindible leer El Quijote? ¿Y quién no lo haya leído es un burro? ¿Se pierde la sal de la vida? Pues no.

Vengo a estos párrafos a traer un gran alivio a los lectores que se sienten en falta, acomplejados: no, no es obligado leer la obra maestra de Cervantes, ni mucho menos. Se puede ser razonablemente culto y tan feliz como cualquiera sin haber seguido las aventuras del caballero de la Triste Figura. De todas formas, las enseñanzas de Cervantes han calado tan profunda y tan fecundamente en la literatura universal que las podemos encontrar en muchos otros autores.

La literatura es tan vasta y tan varia que creo que uno podría pasarse la vida sin conocer, pongamos por caso, a Kafka, o a Valle-Inclán, a Rimbaud y Borges, por citar autores que venero.

Placer sofisticado

Ahora bien, admitido que no es obligatorio, desde luego que vale la pena leer El Quijote; no necesariamente como vía de conocimiento, salvo para los que estén interesados específicamente en el estudio de las posibilidades de la forma novelesca, pero sí para pasar unas largas horas de placer sofisticado y para escuchar de cerca una voz impar, una voz muy humana y humanista, muy cercana y bien timbrada. Esa voz, la voz de Cervantes, se formaliza y destila en el texto de El Quijote con transparencia y nitidez absolutas.

El prodigio de la literatura (y de otras artes y técnicas más modernas) es éste: que nos permite oír, sonando muy cerca, confidencialmente, las voces lejanas, las voces preciosas de hombres sabios que llevan siglos muertos y que acuden para prestarnos la mejor compañía, tal como lo expresa el famoso soneto de Quevedo: "Retirado en la paz de estos desiertos / con pocos, pero doctos libros juntos, / vivo en conversación con los difuntos / y escucho con los ojos a los muertos".

El Quijote se ofrece como una posibilidad de diversión y como una espléndida compañía. También, dicen algunos, como una invitación a la mesura, a la bondad, a la empatía y al cultivo de los buenos sentimientos; aunque, a decir verdad, yo dudo de la efectividad de la literatura en la mejora del lector, pues ya he conocido a demasiados y finos lectores con el alma podrida de egoísmo y soberbia.

Problemas de legibilidad

Pero a juzgar por las estadísticas, y a pesar de las ventas millonarias de las ediciones de El Quijote, resulta que esta novela, de lectura tan llana y amena, se le resiste a muchos de los que la abordan, les parece más difícil de transitar que el Finnegans Wake. ¿Por qué?

El otro día, después de la charla sobre "El Quijote en Barcelona" del ciclo organizado por el CLAC en la sede del Archivo de la Corona de Aragón --Anna Maria Iglesia ha publicado en Crónica Global crónicas muy exactas y precisas sobre las conferencias de Trapiello, Cercas y un servidor--, se me acercaron algunos señores del público para comentar un tema del que se habló en las tres sesiones: el tema, o el problema, de la legibilidad actual del Quijote.

Trapiello explicó que el idioma español ha evolucionado mucho desde el siglo XVI, que eso plantea al lector de hoy algunas dificultades de lectura, y ése es el motivo de que él haya publicado, como es notorio, una edición actualizada al lenguaje castellano que hablamos hoy día.

Operación perfectamente legítima, igual que es legítima la edición “popular y escolar”, aligerada de tramas laterales y relatos interpuestos, de Pérez Reverte. En el mundo anglosajón se han tomado con Shakespeare ésas y muchas otras libertades, de forma que las variaciones sobre la obra del cisne de Avon ocupan varios metros de baldas en las librerías exhaustivas.

Cercas también señaló que la lengua de El Quijote “presenta algunas dificultades, pero en cuanto uno consigue habituarse a ella, todo fluye”.

Dos consejos

Es verdad. ¿Y cómo habituarse a ella, cómo habituarse a ese castellano antiguo? Dos consejos, acaso perogrullescos:

El primero es deshacerse de todas las ediciones pomposas, de gran tamaño y peso, con cubiertas de piel, de papel satinado y decorado con cenefas, virutas e ilustraciones de Gustavo Doré, esa clase de Quijote aparatoso que suelen regalarte cuando niño, con el inconsciente objetivo sádico de que lo aborrezcas; y conviene ignorar también las ediciones de bolsillo, supuestamente “prácticas”, de letra apretada, menuda y cegadora, y las que llevan un aparato de notas excesivo que distraen innecesariamente la lectura.

Lo mejor es obtener la edición de Martín de Riquer en dos manejables volúmenes para RBA, con las notas al pie justas e imprescindibles, que facilita una experiencia de la lectura cómoda e inteligible.

El segundo consejo es no empezar la lectura hasta disponer de varios días por delante con varias horas diarias que se le puedan reservar, para así entrar a fondo en la música y la lógica del idioma, y en la ensoñación del relato, sin salir de él en seguida y continuamente, como sucede en las lecturas demasiado fragmentadas o interrumpidas. De hecho, ésta es la manera correcta de leer cualquier novela larga.

El que lo haga así no tendrá que resignarse a las versiones expurgadas o actualizadas. Ya he dicho que son dignas y útiles pero lo mejor será siempre que se pueda ir a las fuentes, al origen, a lo más auténtico.

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