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Ignacio de Loyola en femenino

Ignacio de Loyola en femenino

09.06.2017 00:00 h.
6 min

Desde que Ignacio de Loyola fundase en 1540 la Compañía de Jesús, los soldados de Cristo se convirtieron en un pilar fundamental para la Reforma Católica ante el imparable avance del protestantismo que se inició en 1517, hace ahora quinientos años.

La supervivencia y el éxito contrarreformista de Roma se debió en buena medida a la ferviente militancia papista de los jesuitas, a su programa educativo en sus exclusivos colegios, al proyecto misionero, sin olvidar el control de los confesionarios, sobre todo de nobles, príncipes y reyes. Crecieron a una velocidad tan vertiginosa y fueron tan poderosos, que ya en el siglo XVII se les consideraba un cáncer del Estado, hasta que en 1767 fueron expulsados.

El hecho de que el papa Francisco sea el primer jesuita que ocupa la silla de Pedro ha revitalizado aún más el interés por las caras del jesuitismo, sea la leyenda blanca que de sí elaboraron como la negra que difundieron sus numerosos enemigos. Un nuevo libro de Antonio Gil Ambrona publicado en la editorial Cátedra (Ignacio de Loyola y las mujeres. Benefactoras, jesuitas y fundadoras) ha reavivado la polémica sobre el papel de las mujeres en los orígenes de la Compañía, con Cataluña por medio.

El papel decisivo de las mujeres

Muchas de las miles de páginas biográficas sobre Ignacio de Loyola han sido escritas por jesuitas. La mayoría se ocupan del “santo”, muy pocas del “hombre”, y menos aún de las mujeres que desempeñaron en su vida un papel decisivo --que luego repercutiría en la futura fundación de la Compañía de Jesús-- o de las que ayudaron a la consolidación de esta a través del patrocinio y la fundación de colegios jesuíticos.

De la correspondencia que Ignacio mantuvo con algunas de aquellas mujeres se deduce la intensidad de las relaciones que establecieron, basadas a menudo en la amistad y en el apoyo mutuo, pero también en una afectividad que la sociedad de la época miró con reticencia. No faltó la búsqueda de orientación espiritual ni la entrega de elevadas cantidades de dinero por parte de ellas, mientras Ignacio seguía derroteros inciertos en su práctica de una religiosidad centrada en la búsqueda interior, más allá de la gestualidad que presidía la religiosidad católica en la época, e iniciaba el camino de la fundación de la Compañía.

Inés Puyol e Isabel Roser

Dos de aquellas mujeres, la manresana Inés Puyol y la barcelonesa Isabel Roser, fueron quizá quienes mejor llegaron a conocer a Ignacio de Loyola. Inés Puyol, probablemente de origen judeoconverso, fue de las primeras personas que recibió lo que luego se conocería como Ejercicios espirituales, ayudó a Ignacio a huir de Manresa cuando sus prácticas religiosas poco ortodoxas despertaron sospechas y lo instaló en su casa de Barcelona, donde residiría junto a ella y el hijo de esta durante dos años. Inés Puyol también se encargó de recoger buena parte del dinero que ayudaría a Ignacio a terminar sus estudios de teología en París y fue la receptora de las primeras cartas conocidas del futuro santo.

Isabel Roser, después de prestar un apoyo incondicional a Ignacio en Barcelona y contribuir económicamente a su subsistencia durante años, viajó a Roma y se convirtió en una de las tres jesuitas que formarían parte de la Compañía de Jesús durante nueve meses hasta que todas fueron expulsadas por el propio Ignacio. Este quiso hacer tabla rasa de una parte de su pasado en pro de una estrategia nueva como prepósito de la congregación, que lo distanció definitivamente de algunas de sus antes imprescindibles mecenas y amigas.

Con este magnífico estudio Gil Ambrona recupera la memoria de las mujeres que adquirieron un especial protagonismo en la vida de Ignacio de Loyola y que contribuyeron a impulsar la incipiente Compañía de Jesús. Mujeres que aspiraron a desarrollar sus propios proyectos educativos, caritativos o asistenciales bajo el paraguas jesuítico y con la mirada puesta fuera del claustro. En definitiva, una Compañía de Jesús en femenino que no pudo ser, una cuenta aún pendiente para Roma --como tantas otras que mantiene con las mujeres--, y que el Papa Negro bien podría saldar.