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El dueño de Amazon, Jeff Bezos

El hombre más rico del mundo durante tres horas

El escritor reflexiona sobre el modelo emergente de la economía colaborativa y las grandes empresas que han eclosionado en el mundo digital

5 min

Se confirma la profecía que formulé el mes pasado (basándome en datos fiables) de que antes de acabar este año Jeff Bezos sería el hombre más rico del mundo, adelantando limpiamente a Bill Gates, amo de Microsoft.

Es verdad que esa supremacía ha durado pocas horas, lo que ha durado un subidón en bolsa, y después el emperador del software ha vuelto a ser el único y verdadero Master of the Universe; pero estoy convencido de que gracias al desarrollo multilateral de su servicio de venta y entrega rápida y segura, que multiplica sus beneficios de forma exponencial, Bezos pronto recuperará la “pole position”, y esta vez de forma definitiva; y entonces, desde lo alto de una montaña de billetes de banco que arrojará a lo alto y suavemente recaerán sobre él como una acariciante lluvia suave, podrá exclamar: “¡Mira mamá, estoy en la cima del mundo!”

Hay en el éxito deslumbrante de este inteligente señor del sur, muy bien educado en ingeniería financiera y en informática, dos aspectos, dos caras de la moneda, una luminosa y la otra algo más turbia.

Sistema económico en transición

Si creemos en el libre comercio y en la igualdad de oportunidades entonces han sido escandalosos los privilegios, los beneficios, las exenciones, el aprovechamiento de los huecos legales, los recursos a los paraísos fiscales de los que se han beneficiado durante todos estos años las multinacionales de nuevo cuño, los negocios ultrabstractos. Siempre pasan estos desajustes en las épocas de transición de un sistema político o económico a otro. Cuando Europa se ha despertado, Uber, Aribnb y etcétera llevaban ya años operando ventajosamente.

El éxito maravilloso de Bezos, y el de una docena de colegas del mundo de negocios electrónicos, se basa, no cabe duda, en el talento único del magnate; pero también se basa en ese privilegio típicamente americano que quiere que consideremos como un duelo singular de tú a tú –“¡que gane el mejor!”-- el enfrentamiento entre un Winnetou coronado con su penacho de plumas y armado con su arco y flechas contra un marine con casco de acero y armado con su Winchester de repetición.

Por otra parte, es fascinante el logro de haber llegado hasta donde Bezos ha llegado mediante el negocio, a priori ruinoso, de vender libros, en un mundo que no lee.

En mi caso, cuando deseo un libro descatalogado no suelo recurrir a Amazon, empresa que me cae profundamente antipática, sino a Iberlibro, pero a saber si Iberlibro no pertenece ya a Bezos. Y entiendo que su eficiente servicio de mensajería para llevarte a casa en un lapso de tiempo ridículamente breve el libro que deseas –y ahora ya otros artículos de mil clases -- es impagable, sobre todo si vives apartado de las conglomeraciones urbanas.

Visionarios

Hay que respetar al chico visionario (Bezos) que entendió en seguida el mundo digital y las posibilidades de negocio que ofrecía, y se propuso crear una “tienda de todo”, en donde el anónimo cliente pudiera comprar de todo por internet. Como de momento vender “todo” era imposible, empezó con libros… pero eso sí, con un millón de ejemplares.

En el pueblecito montañoso, apartado del mundanal ruido, donde vivo, la llegada de un dron con la caja de cartón ilustrada con el logotipo de la sonrisita es una fiesta.

Al lado de mi casa está “Xanadú 2.0”, la imponente mansión de Bill Gates (sí: en el estado de Washington). Quién será el pesado. Bill abre la puerta y ¿a quién ve? A Jeff Bezos, tocado con su gorra de béisbol, el rostro deformado por su triunfal sonrisa de idiota, sosteniendo en brazos la caja de libros, de pizzas o de pestañas de marsupial que Bill encargó, hace diez minutos.