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Periodismo: Last reason y los héroes de la literatura 'turf'

Héroes de la literatura 'turf'

Las crónicas hípicas, un género practicado por Last Reason, Bukowski o Savater, nos han dejado piezas literarias que retratan el mundo a través de los hipódromos

18.09.2018 00:00 h.
10 min

Empezaremos con un arranque épico: “Si la humanidad entera fuese aficionada a las carreras, cesarían de inmediato las luchas de clases, de razas y de partidos. ¡Que nos vengan a nosotros con fascismo, irredentismo o bolcheviquismo! ¿Para qué los queremos? No, no joroben. Que nos den un programa con numerosas inscripciones, un día de sol, un buen largador y un juez de raya que no haga macanas, y con eso y un poco de suerte el mundo es una papa”. Son las palabras de un genio: Máximo Sáenz, alias Last Reason, periodista burrero que en los años veinte del pasado siglo publicaba en el diario Crítica de Buenos Aires extraordinarias crónicas hípicas y componía hasta un “Elogio del hombre que juega a las carreras” como manifiesto sobre la belleza efímera de este deporte donde el atleta es, sobre todo, un animal. 

En Irlanda las carreras equinas son una antigua tradición popular; en Inglaterra los hipódromos forman parte de los paisajes seculares de las élites nobiliarias. En América son un excelente pretexto para el negocio de las apuestas​. Además de todas estas aplicaciones, los torneos hípicos han producido una literatura característica, conocida como turf, cuyo nombre encierra una sinécdoque: el adjetivo procede de la palabra césped en inglés. Un género con sus propios héroes y practicado por tipos tan dispares como Fernando Savater, Charles Bukowski o Last Reason, que para nosotros es el maestro indiscutible de este periodismo deportivo, prácticamente desaparecido de los periódicos españoles, pero demandadísimo entre los lectores de la prensa americana de principios del siglo pasado. Para sus autores los hipódromos pueden ser indistintamente como catedrales o parroquias de barrio. Enclaves extraños donde unos escritores fabulan y otros encuentran los abruptos signos del realismo máximo. 

Entre los primeros está el filósofo Fernando Savater, probablemente el intelectual que más ha hecho –en sus novelas y artículos– por divulgar esta afición que nos ha dejado una literatura desconocida capaz de abarcar todos los registros, desde el idealista al prosaico. Savater se aficionó a los caballos en el hipódromo de Lasarte, donde de niño veía las carreras con su padre desde un seto. Su fascinación fue inmediata y duradera. Sus textos, propios de un erudito en la materia, están poblados de personajes a la inglesa, equinos mitológicos y criaturas que parecen salidas de una película de John Boulting. Un mundo que tiene algo de epopeya insegura, porque en estos trances del turf hasta los campeones están expuestos a los inesperados quebrantos de la fortuna. 

Savater turf

Libros de Fernando Savater dedicados a la hípica

Bukowski, en cambio, retrata las carreras de caballos en sus libros, poemas y artículos –las famosas Notes of a Dirty Old Man– como un territorio metafórico. El escritor norteamericano pisó por primera vez un hipódromo gracias a Jane Cooney Baker, la mujer con la que convivió –en un infierno compartido– en los suburbios de Los Ángeles. Ella lo llevó por primera vez a las carreras, que en Norteamérica carecen del elitismo británico: los caballos son un pretexto para las apuestas, que es lo único que cuenta. Bukowski se convirtió desde ese día en un cofrade recurrente del hipódromo de Santa Anita. ¿Motivación? Ganar dinero sin trabajar y conocer el ambiente. “En los combates del boxeo y en los hipódromos es donde aprendí el valor de la rebeldía”, escribió. 

El hipódromo para él es el recinto de un glorioso espectáculo donde los grandes vicios humanos –la ambición, la avaricia, la vanidad– y sus consecuencias –la decepción, el desaliento y el fracaso– se representan varias veces al día. En sesión continua. Un lugar donde los sueños de los hombres caen derrumbados por los caprichos de la fortuna. “Veo las caras de avaricia, las caras de hamburguesas; las caras con sueños frescos y las caras después, cuando vuelve la misma pesadilla. Es la mecánica de la vida. Las carreras son como beber: te arrancan del concepto ordinario de las cosas”. El hipódromo igual que un circo romano: “La gente entra a la arena y apuesta dinero, su sangre”. 

Charles Bukowski y Linda King

Bukowski con su segunda esposa, Linda, en el hipódromo de Santa Anita de Los Ángeles.

Last Reason, sin duda, es el gran maestro del género. Sus artículos, que son un derroche de expresividad y humor, están reunidos en su librito –A rienda suelta (1925), reeditado hace diez años por Colihue– que contiene sus columnas más deslumbrantes, llenas de palabras en lunfardo y pobladas de términos marginales, tan comprensibles por sus contemporáneos como misteriosos para nosotros. El periodista uruguayo no era uno, sino varios. Su nombre más famoso de guerra se debe a que sus columnas salían en la última página de La Razón, diario argentino fundado en 1905. Esta personalidad retórica se combinaba con otros heterónimos: Rienda Suelta (La Nación), Bala Perdida (El Suplemento) y Half Time, nombre que utilizaba para las crónicas de fútbol. Se multiplicaba igual que Pessoa, pero sin su tormento, con una instintiva alegría de observación que no obviaba el hedonismo inteligente.

Su periodismo hípico es un soberbio retrato social de las clases populares argentinas, entre las que se hizo célebre hasta que la vida decidió darle la boleta –murió en 1960 con 73 años– después de pasar por las revistas Leoplán y Caras y Caretas y escribir en diarios como Clarín o Noticias Gráficas. Su público son sus propios personajes: toda esa humanidad palpitante que iba en tropel a los hipódromos en busca de la fortuna que le negaba la vida, adoradores del dios-caballo. Gente que hablaba así: “¡Cha que son farabutas las féminas cuando se les emberretina la viaraza! Pero por suerte me cacha sin perros porque tengo una jafi que no pierde ni que largue cara vuelta”.

N o se dejen engrupir. Last Reason

Página con la columna de Last Reason en el diario Crítica.

Gracias a esta fauna infame, arrabalera, Last Reason logró tener un público fiel, con el que se comunicaba directamente. Escribía para el hombre común y lo leían tipos vulgares, machotes entusiasmados con las narraciones hípicas de los sábados del diario Crítica, y mujeres y extranjeros, principales devotos de su columna de los martes, bautizada con el título de  El consultorio patológico de Last Reason. Jorge Luis Borges elogió su prosa como muestra del idioma marginal– en “Invectiva contra el arrabalero”, burlándose de quienes consideraban este código coloquial como una muestra de degradación literaria, sin entender que su utilización es un recurso irónico para construir caricaturas sobre la sociedad de su tiempo. Basta leer el título de algunas de sus crónicas: “Historia de un cronómetro de carreras” o “Memorias de un caballo de handicap” para notar el humor que mueve su pluma.

La literatura turf de Last Reason habla de los reos que merodean por los hipódromos de Palermo o de La Plata. Tipos inquietantes, pasionales y sentimentales que iban a los caballos como –antes– se iba a los toros y, ahora, al fútbol, y que lo detenían por la calle y le preguntaban:

–“¿Eres tú Last Reason, el tipo reo de la metrópoli?”

Ego sum" – dije en latín, para que viera que reo y todo, no se la iba a llevar de arriba.

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