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Rafael Sánchez Ferlosio, durante la presentación de sus 'Ensayos completos' / EP.

La gran novela de Ferlosio

La obra del Premio Cervantes combate la manipulación que se ejerce contra el individuo a través de la historia, la política, el deporte o la publicidad

09.04.2019 00:00 h.
15 min

“Tal vez me alegraría si me enterase de que quería a su criado y lo trataba con dulzura, pero, con todo, me conformo con ver hasta qué punto la incorruptible lealtad de sus pinceles no supo negarse a emanciparlo de toda servidumbre imaginable, reconociendo y fijando para siempre, en esa levitante inteligencia y seriedad de la mirada, el aura de la más alta condición humana”. Frente al retrato que Velázquez hizo de su esclavo Juan de Pareja, Rafael Sánchez Ferlosio acertó a resumir con esta reflexión –es uno de sus pecios– el combate que siempre libró contra toda forma de obsecuencia y de manipulación, impugnando el control que sobre la existencia se ejerce a través de la historia, la política, el deporte o la publicidad.

“El argumento se quedó parado y sobrevino la felicidad”, como dijo al final de “Carácter y destino”, su discurso de aceptación del Premio Cervantes, encarándose con Hegel y aliándose con Benjamin para denunciar esa imposición de sentido que siempre intenta ahogar la experiencia de cualquier vida feliz y escribiendo de paso el mejor ensayo sobre Don Quijote de las últimas décadas. Don Quijote, a su juicio, es un personaje de carácter (“el que tiene una experiencia que siempre vuelve”, según Benjamin) que quisiera ser un personaje de destino, una tensión en la que se cifra toda la grandeza de la novela. Algo parecido le ocurre, por cierto, a Hamlet, que está destinado a algo de lo que constantemente se escapa, arruinando el argumento de su tragedia y el mandato del espectro paterno con esos blancos que son sus monólogos, manantiales en los que se manifiesta su carácter irreductible.

Ferlosio ha muerto habiendo tenido la satisfacción de ver toda su obra ensayística –la que más le importaba– rigurosamente compilada y editada por Debate en cuatro volúmenes, gracias al exquisito cuidado de Ignacio Echevarría y a los auspicios de Claudio López y Miguel Aguilar. Ferlosio consideraba a Echevarría, muy justamente, su mejor crítico, y por ello le confió la edición de sus ensayos completos.

Desde que en el 2011, Echevarría (en colaboración con Carlos Feliu) hiciera una primera antología de sus artículos para Chile, titulada Carácter y destino y publicada por la Universidad Diego Portales, se inició una fructífera relación que culminó con esos cuatro volúmenes y también con Páginas escogidas (Barcelona, Literatura Random House, 2017), una antología pensada para celebrar los 90 años del autor y que contiene tanto artículos y ensayos como cuentos y fragmentos de sus novelas, poniendo así en entredicho la tradicional línea divisoria que se ha querido trazar entre su ficción y sus ensayos y ofreciendo una panorámica muy completa de un escritor que voló siempre a la misma altura en todos los géneros. Hay que agradecer por tanto a Ignacio Echevarría que haya llevado a cabo esta ingente labor, con excelencia tanto artesanal como interpretativa, dejando a Ferlosio perfectamente ordenado para el lector del siglo XXI. Y quién sabe lo que aún puede ver la luz en los próximos años.

El crítico literario Ignacio Echevarría

El crítico literario Ignacio Echevarría.

De entre los mejores escritores de la llamada generación del 50, Ferlosio es el que hemos podido sentir más cercano y contemporáneo. La mayoría de sus coetáneos llegaron a la democracia cansados y con su obra ya concluida. Juan Benet cerró su ciclo novelístico con Saúl ante Samuel (1980) y su actitud a partir de entonces fue más bien acomodaticia. Gil de Biedma hacía tiempo que había enmudecido. Carlos Barral nos dio aún sus memorias. Juan Marsé siguió publicando algunas novelas notables, pero su talento había alcanzado su punto de ignición en Si te dicen que caí (1973). Ferlosio, en cambio, tras desaparecer de la escena después del éxito espurio de El Jarama (1956), espantado ante lo que él mismo llamó “el grotesco papelón del literato” y recluido en los “altos estudios eclesiásticos” de la gramática, reapareció en 1974 con Las semanas del jardín, un ensayo sobre cuestiones lingüísticas y narratológicas que era en puridad la crónica de su largo encierro y la prueba de que su inteligencia y su estilo estaban más vivos que nunca, a punto para el asalto. 

Gastos, disgustos y tiempo perdido, FerlosioCon el advenimiento de la democracia, Ferlosio se situó en una posición de acecho, indisociable de la esfera pública española recién nacida en los periódicos, de los que se convirtió en un lector compulsivo y en un crítico implacable. (Sólo Agustín García Calvo, entre los escritores de su generación, mantuvo una parecida actitud beligerante en medio de la alegría de aquellos años). Si uno repasa el índice de Gastos, disgustos y tiempo perdido, el segundo volumen de sus ensayos completos, dedicado a asuntos nacionales, verá que todos los problemas que hoy en día nos asedian fueron ya advertidos y diseccionados por Ferlosio en la década de 1980. Nada tan contundente contra el nacionalismo se ha escrito aún, por ejemplo, como el “Discurso de Gerona”, donde está ya expuesta toda la imbecilidad que nos ha llevado al proceso independentista. Y así, tirando del hilo de aquellos artículos, se puede llegar al ovillo de nuestra actualidad, donde ya es imposible distinguir las hebras de la estupidez.

Para Ferlosio, escribir en los periódicos era una forma de superponerse al cúmulo diario de mentiras, distorsiones, disimulos, vejaciones y propagandas. El aliento de sus observaciones y su uso mismo de la lengua desafiaban la información y la opinión rutinarias, eso que él mismo llamó las “cajas vacías”, hechas más para producir que para contener y en última instancia para esclerotizar y dominar. De la misma manera que Walter Benjamin eligió para sí mismo el título de crítico literario, infiriendo con ello que la crítica era, en la sociedad de su tiempo, la única disciplina en la que aún podía cobrar vida su por otra parte inclasificable forma de estudio y exégesis, Ferlosio aprovechó el periodismo para dar aire a sus múltiples saberes y elucubraciones, restituyendo al mismo tiempo la dignidad del lenguaje que veía degradarse día a día. 

Cuando se habla de Ferlosio se suele citar siempre la hipotaxis –la frase larga, llena de subordinadas– como uno de los elementos de su estilo, creando una distancia intimidante entre su obra y el lector común. Y si bien es verdad que algunos textos suyos son difíciles –sobre todo las notas a su traducción del informe sobre el niño salvaje de Jean Itard, probablemente lo mejor que escribió–, no lo es menos que una mayoría de sus artículos están escritos con una sintaxis respirable y asumible. Hay además otra característica de Ferlosio que debería admitirse más a menudo y es su extraordinario y a menudo inesperado sentido del humor.

Antes de que tuviéramos las ediciones de Echevarría, sus lectores teníamos que conformarnos con dos volúmenes antológicos de sus ensayos publicados por Destino en 1992 y pronto difíciles de encontrar. A mí me los descubrió Javier Pastor (un novelista que, por cierto, ha sabido acusar de un modo inteligente, sutil e incomparable el influjo estilístico de Ferlosio), con quien, durante muchos años, solíamos leer en voz alta y entre carcajadas, también con otros amigos, artículos enteros, como aquel titulado “Situación límite: ¡ultraje a la paella!”, sobre un diputado valenciano que en 1983 pedía que se retirara una campaña institucional contra los incendios porque uno de sus eslóganes (“hay paellas que matan”) atentaba a su juicio contra el patrimonio gastronómico de Valencia. Empezaba Ferlosio diciendo:

“Con esta peste catastrófica de las autonomías, las identidades, las peculiaridades distintivas, las conciencias históricas y los patrimonios culturales, la inteligencia de los españoles va degradándose a ojos vista y se la ve ya acercarse peligrosamente a los mismos umbrales de la oligofrenia. Reciente está todavía, en estas páginas, la oleada de cartas catalanas sobre el inefable pleito de la eñe, con las que ese tremendo vanidoso de Juan Benet ha debido de disfrutar como un enano, aunque a costa de merecer, por lo demás, la tacha de pescador de aguas fáciles, pues es sabido que los catalanes siempre pican; que con ellos es como con las tencas: no hay más que echar el anzuelo y recoger. Sobre el modelo siempre delirante del agravio al abstracto (agravio al pueblo, agravio a la patria, agravio a la bandera y ahora también agravio a la ñ o a la ny), el furor autonómico propende arrebatadamente a elevar a la categoría abstractiva y a la capacidad simbólica cuantas cosas se muestren mínimamente combustibles a la fallera llama del narcisismo y la autoafirmación, multiplicando pavorosamente el número de cosas susceptibles al agravio. Así hemos venido a llegar en estos últimos días a la situación límite de que hoy puede verse agraviada hasta la propia paella valenciana. No digo esta o aquella paella singular, en la medida en que de éstas sí puede decirse, con algún fundamento de razón y sin agravio de mayor cuantía, que una es peor que otra –aunque por ofendido suele darse más bien el cocinero, sin que el guiso dé muestra de sonrojo o de cólera ostensible–, sino la paella misma, el universal paella, la paella ontológica, la paella sub specie aeternitatis o, en fin, en una palabra, la paella como idea pensada por el mismísimo Platón”.

El testimonio de Yarfoz, FerlosioAunque el objeto de su ataque fuera algo tan idiota como el orgullo autonómico por la paella (¿sobreviviría hoy, por cierto, su indignación al juicio sumarísimo de las redes?), la prosa de Ferlosio conservaba la misma complexión que también admirábamos, de nuevo en alta voz, en cualquier pasaje de su novela El testimonio de Yarfoz (1986) –lo único que hasta ahora se ha publicado del ciclo épico titulado Historia de las guerras barcialeas–, por ejemplo en la descripción de la muerte de Espel en el puente:

“porque las azagayas le sobresalían tanto por la espalda que se la mantenían despegada del suelo, como apuntalada, de manera que la nuca no quedaba supina, sino inclinada hacia atrás, y las largas canas de seda de su cabellera se esparcían, como puestas a teñir, en el charco de sangre”.

En el trasvase de la imaginación a la teoría, “envidia de los dioses”, según sus propias palabras, Ferlosio sigue siendo el mismo escritor. Ocurre tan sólo que su brusca dedicación al ensayo oculta un gesto anacrónico –uno de los muchos que jalonan el ingreso rezagado de la literatura española en la modernidad– con el que Ferlosio pretende volver a pensarlo todo desde el principio, sin articularse con ninguna tradición, apenas acompañado por unos cuantos pensadores –Benjamin, Adorno, Max Weber, Karl Bühler–, rechazando cualquier taxonomía y componiendo con su obra ensayística y narrativa una gran novela que se alza contra toda forma de argumento y de destino para dejar fluir, a despecho del mundo, manantiales de carácter.

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