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Genette, el astronauta de la retórica

Ejemplar de la revista Poètique, fundada por Genette, Todorov y Cixous, dedicado a Roland Barthes /SEUIL

El pensador francés, amante del free-jazz y uno de los nombres más influyentes de los estudios culturales, devolvió a la retórica su valor como método de análisis literario

15.05.2018 00:00 h.
8 min

Los filósofos de la literatura son unos tipos extraños. Hablan en jerga, inventan taxonomías y consumen los escasos sesos disponibles (suyos y ajenos) en intentar definir (siempre por aproximación) ese arcano que los antiguos llamaban poesía y nosotros conocemos con el vulgar nombre de literatura. Además, no se puede decir que tengan éxito: cada nuevo libro que se publica sobre poética, disciplina conocida académicamente como teoría de la literatura, comienza indefectiblemente asumiendo la imposibilidad de la misión que se proponen. Visto lo cual, quienes eligen dedicarse a esta cuestión o están locos o son sencillamente unos desequilibrados. 

Gérard Genette, el pensador francés que la pasada semana puso el punto final a la gran novela de su vida con 87 años, no era lo primero ni tampoco lo segundo. Podríamos definirlo más bien como un sabio extraño que consumió el tiempo del que dispuso en la Tierra tratando de encontrar respuestas al misterio de lo literario. Una labor cuestionable desde el punto de vista práctico –es innecesario saber en qué consiste la literatura para apreciarla– pero que, como todos los saberes inútiles, nos enseña a pensar sin muletas intelectuales. Y nos hace mejores.

Gérard Genette

Gèrard Genette / AFP

Discípulo de Roland Barthes y de Levi-Strauss, profesor de la Sorbona desde finales de los sesenta, ensayista brillante e irónico, Genette amaba el free-jazz y la pintura holandesa de los siglos XVI y XVIII. Ambas aficiones desvelan una personalidad compleja, amante del detallismo y, al mismo tiempo, abierta a los juegos de ingenio basados en las variaciones múltiples. Curiosa combinación. No existen muchos críticos literarios que dediquen el epílogo de un libro doctrinal –el célebre Palimpsestos (Taurus)– a Thelonious Monk con esta rendida confesión: “A Thelonious, que sabía mucho más de todo esto”.

Genette pensaba que toda la literatura occidental no es más que una gran suma de variaciones. Una mayúscula derivación de los mismos asuntos básicos. Un mecanismo cósmico mediante el cual unos textos crean otros en una gigantesca rueda infinita. Para una disciplina con cierta tendencia hermética, cuyo objeto consiste en ayudarnos a leer mejor, no se puede explicar mejor: “La cantidad de fábulas y de metáforas de las que es capaz la imaginación de los hombres es limitada, pero este pequeño número de invenciones puede ser todo para todos”. 

Copia manuscrita de la Ilíada de Homero.

Copia manuscrita de la Ilíada de Homero

De esta visión de la literatura como un árbol que se multiplica a partir de sus raíces nace la noción de intertextualidad, que resume la genética de lo literario aunque también haya servido a escritores sin imaginación para defender el plagio. Genette fue durante décadas una de las referencias obligadas de los programas universitarios. Era una de las columnas del sagrado templo de la filología, aunque su prestigio académico no ha sido suficiente para que los grandes periódicos españoles le hayan dedicado el más humilde de sus espacios.

​Sus obituarios han aparecido en diarios franceses y en periódicos argentinos como La Nación. No sería por falta de méritos: además de escribir decenas de libros claves para entender las múltiples formas del discurso literario, dirigió desde la década de los 70 la colección de estudios sobre literatura de la editorial Seuil, inventó el nombre de narratología para denominar sus teorías acerca de las técnicas de la ficción en prosa, descubrió la retórica de internet antes de internet (el famoso hipertexto) y dedicó años a desentrañar la obra de Proust con la constancia de un matemático. En lugar de números, trabajaba con palabras. 

Su trabajo era leer y escribir sobre lo que leía. Lo hizo brillantemente en la Escuela de Altos Estudios de París, en la Sorbona y en las revistas donde publicaba sus ensayos (reunidos en la serie Figuras, que suman cinco tomos), entre ellas la famosa Poétique, fundada junto a Todorov y a Cixous. Su trayectoria intelectual comenzó en el Estructuralismo pero se fue abriendo a otras influencias, como la Estilística. Sus lecciones básicas: la esfera de lo literario no puede entenderse sin la sabia combinación de la idea de poesía de los clásicos –basada en la ficción mimética– y las aportaciones de los modernos, que sitúan en el uso diferencial del lenguaje la naturaleza de la creación verbal. Lo explica magníficamente en un brevísimo ensayoFicción y dicción– que en España publicó Lumen. 

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Portada de la dición española de Palimpsestos / TAURUS

La libertad de pensamiento se percibe desde la primera página en sus ensayos críticos. En ellos no sólo hay ideas, sino palabras con una firme voluntad de estilo y una extraordinaria capacidad de argumentación. Su obra postula la necesidad de abordar el análisis de los grandes libros de creación con los instrumentos infalibles de la retórica, la hermana siamesa de la poética. Esta perspectiva relega la simplista lectura historicista de lo literario, obligando al investigador a enfrentarse directamente con la estructura íntima de los textos. Desde entonces hay dos grandes estirpes de estudiosos de la literatura: los que se limitan a contar la biografía de un autor o de un libro y aquellos (unos pocos y benditos sabios) que son capaces de desvelar cómo funciona cada uno de estos artefactos literarios. “Éstos últimos son imprescindibles”, como diría Bertolt Brecht.

Todos los conceptos del formalismo literario contemporáneo fueron adelantados, con otros nombres e incierta fortuna, por los primitivos retóricos. La única diferencia entre la retórica clásica –sistematizada brillantemente por Lausberg– y la nueva es que los antiguos basaban sus conclusiones en obras canónicas ya escritas, mientras que Genette proyecta sus enseñanzas sobre la capacidad de expresión, derivación y reinvención del lenguaje, que no es más que una sucesión de códigos capaces de emocionarnos. Se entiende pues su predilección por Borges, que profesaba su misma religión: la literatura se nutre, básicamente, de literatura. Igual que el espacio es una constelación de estrellas fugaces.

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