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Galdós, la llama que quema

El escritor Benito Pérez Galdós / SOROLLA

Casi un siglo después de su muerte, la obra literaria del gran novelista canario conserva las claves que explican la eterna crisis de España como proyecto colectivo

10.01.2019 00:00 h.
14 min

Fue un “bachiller aplicadito”, según sus propias confesiones crepusculares, publicadas por la revista La Esfera bajo el irónico título de Memorias de un desmemoriado, que dictó, siendo ya completamente ciego y, por supuesto, absolutamente pobre, como corresponde a cualquier intelectual español. En ellas no cuenta ningún detalle personal, haciendo honor a la sabia costumbre de situar entre su intimidad y la atención de los demás una muralla, a ser posible china. “Las confianzas con el público me revientan. No me puedo convencer de que le importe a nadie que yo prefiera la sopa de arroz a la de fideos…”, le escribió en su día a Leopoldo Alas, el Clarín de nuestras letras.

Benito María de los Dolores, cuyo nombre completo parece una fábula mágica, tan divertida como su extraña condición de isleño mareante --que es lo contrario a un perfecto marino, alguien que se marea nada más dejar de pisar tierra firme--, sentía una mística devoción por las señoritas y por el trasiego de las calles. Se cuenta que su familia, aprovechando los posibles de la rama de ultramar de la estirpe, lo mandó a Madrid a estudiar Derecho para alejarlo de Sisita, su hermosa prima cubana, cuyo verdadero nombre era María Josefa Washington de Galdós, que fue entregada en un repugnante matrimonio de conveniencia a un insigne prohombre en Trinidad, la perla colonial de la mayor de las Antillas.

 Retrato de Benito Perez Galdos Material gráfico Colección del Ateneo de Madrid 1

Retrato del joven Galdós / BNE

Instalado tras semejante pérdida en una pensión (pirata) de la calle Huertas 3, tras haber cruzado Despeñaperros en diligencia, y con dos atormentados trayectos de tren previos en el cuerpo, que culminaron en la desaparecida estación del Mediterráneo un viaje que empezó en barco, Galdós, décimo hijo de un coronel del ejército y de la hija de un antiguo inquisidor, soñaba con ser un dramaturgo de éxito --el teatro fue el gran género social de su siglo, más que la novela-- pero su ambición hasta entonces, el día exacto de 1862 que pisó por primera vez la capital del Reino --España era entonces el solar de la monarquía isabelina--, no pasaba de algunos artículos y poesías ingenuas publicados en la prensa de provincias. Poca cosa. Apenas nada.

Sus inquietudes artísticas comprendían la música --toda su vida fue un gran aficionado a la ópera-- y el dibujo, con el que adornaría las galeradas de los libros que entonces aún no había escrito. Nada en su carácter haría pensar en una personalidad disciplinada. Acudía a tertulias, cafés, ateneos y teatros tratando de encontrar la apasionada vida de experiencias que su imaginación asociaba a la metrópolis madrileña, en realidad un simple poblachón manchego, muy lejos del cosmopolitismo de París y a años luz del Londres victoriano.

Había venido a Madrid a triunfar, pero se encontró un infierno bajo la extraña forma de una revuelta estudiantil en apoyo al rector de la Complutense, destituido por el general Narváez, el famoso Espadón de Loja, por negarse a cesar a Emilio Castelar, un catedrático que había osado criticar a la reina en dos artículos publicados por el diario La Democracia. Por supuesto, un título utópico en aquella España donde todo se resolvía a garrotazos o a cañonazos, dependiendo de la munición disponible.

Galdós ca. 1863Los devaneos periodísticos le permitieron hacer de gacetillero meritorio en algunos diarios --El Contemporáneo, Las Cortes, La Nación y El Debate--y plantarse en la Exposición Universal de París. Una distracción bastante más interesante que las clases de Derecho, donde le habían anulado la matrícula --por falta de asistencia reiterada-- en 1868. Galdós no se convertiría en dramaturgo, sino en espectador de otro teatro: el político, una de las dos grandes obsesiones públicas --la otra eran los toros-- de los españoles del XIX. El oficio de cronista de lo que entonces se llamaba la vida española, que en realidad terminaría siendo el desastre español, era tan peculiar que consistía en escribir de forma anónima y gratis. Requería por tanto o una fuente de ingresos alternativa o una desprendida y generosa ayuda familiar. Fue su caso: su primera novela --La Fontana de Oro-- la publicó gracias a un préstamo de su cuñada. La segunda la vendió por entregas a la Revista de España.

Galdós por Vázquez DíazLa milicia de las letras que siempre es el periodismo terminó imponiéndose a la primitiva ambición teatral, recuperada en su senectud. Y la fascinación callejera le ganó la mano a los códigos legales. De la suma de ambas cosas --la contemplación de la existencia cotidiana y la política-- nace su gran proyecto literario: novelar la vida de los españoles desde principios del XIX. Desde Trafalgar a la Restauración borbónica. Los Episodios Nacionales. Sólo por este extraordinario ciclo novelístico ya merecería un lugar destacado en el Parnaso de las letras hispánicas, aunque su éxito como literato de actualidad tuviera que compartirlo con su fama de mujeriego discreto.

Galdós fue un monógamo sucesivo que permaneció toda la vida soltero, pero que, al decir de Marañón, que fue su médico, y según demuestran sus cartas personales --editadas por Cátedra hace unos años--, la mitad de ellas dirigidas a sus amantes, mantuvo relaciones sentimentales con un sinfín de mujeres, entre ellas Emilia Pardo Bazán, Lorenza Cobián --madre de su única hija--, Concha Morell, Teodosia Gandarias o Concha Catalá. Todas mantenidas a su cargo, como mandaban los cánones sociales de aquel tiempo, pero jamás recompensadas con el rito sagrado del matrimonio. Esta promiscuidad de hombre de orden se percibe en su literatura, donde los retratos femeninos son antológicos.

Benito perez galdos y perro las palmas 1890

Galdós en Las Palmas (1890)

En los Episodios Nacionales está todo. Son España al completo. La de entonces y también la de ahora. Porque las claves que arroja el relato galdosiano --desde la Guerra de la Independencia a las eternas batallas entre liberales y absolutistas, pasando por las guerras carlistas, la revolución de 1848 o la Restauración-- explican buena parte de la turbulenta historia de este predio, que algunos todavía llaman patria, marcado por la incultura, dominado por el dogmatismo, refractario a la modernidad, sangriento, vitalista y deslumbrante. La fotografía de Galdós es la de un periodista de largo aliento: realismo a toneladas, objetividad militante. La vida en unos folios, escrita en cuartillas amarillentas, a lápiz, captada como apuntes del natural. Según Mainer, las novelas históricas le suministraron un público fiel que leían retratos de sí mismos. Su idea del país se basaba en la vida de las personas concretas, no en los grandes decorados patrióticos.

Galdós, que siempre fue un hombre de su tiempo, tenía una visión muy crítica de España, a la que retrata como una sociedad con tendencia al fanatismo y a la intolerancia, sin educar en exceso y que, al colapsar el experimento político del turnismo, degenera en la famosa crisis del 98, donde una burguesía que gasta el dinero, pero no sabe cómo ganarlo, arruina a un país cerril cuyos políticos disimulan su falta de formación con ambición, oratoria de segunda y pocos escrúpulos. ¿Existen acaso diferencias con nuestros próceres? La literatura galdosiana, criticada por autores como Valle-Inclán, Juan Benet o Umbral, ha sobrevivido a todos ellos. No es poca cosa. El estilo literario no depende de la adjetivacion, sino del talento para mirar el mundo de una determinada manera.

Manuscrito de Trafalgar (1873) :BNE

Manuscrito de Trafalgar / BNE

El lema de Galdós --ars, natura, veritas-- resume toda su poética: la creación literaria debe ser fiel a la vida, que es la suprema forma de verdad. Todo lo demás, es secundario. Obsesivo fumador de puros, lo contrario a un dandy, se convirtió en un autor tan profesional que era capaz de dar a la imprenta cada tres meses una novela. Mientras los modernos de su tiempo lo denostaban, él no dejaba de escribir y leer, mirar y pensar, oír y anotar. Ni siquiera se abstuvo de participar en política, actividad que resumió con una frase memorable: “El acta y la farsa”. Fue diputado liberal por Puerto Rico sin haber pisado nunca la isla americana y, más tarde, electo por la coalición republicana-socialista.

PÉREZ GALDÓS Fortunata y JacintaSu éxito editorial --que le permitió gozar de una quinta en Santander, además de su domicilio en Madrid, pero también le obligó a pleitear con su primer editor y convertirse durante un tiempo en empresario de sí mismo-- le trajo envidias y un sinfín de enemigos poderosos, entre ellos ilustres reaccionarios y hombres de Iglesia, que conspiraron no sólo para que nunca le dieran el Nobel, sino para que no entrara en la Academia de la Lengua, donde fue nombrado numerario a la segunda por la insistencia de Menéndez Pelayo.

Sus novelas son un prodigio de observación y hondura, de lenguaje, claridad y simbolismo. Y también la mejor muestra de su sensibilidad ante el sufrimiento humano. Su estilo estaba guiado por una naturalidad que evitaba el engolamiento, el ripio y el retruécano, tan caro para sus críticos. Su obra se sitúa en la misma estirpe de Cervantes. Esto es: filiación clásica, impostura mínima. Todo en su literatura es de verdad. La oralidad --que algunos consideran reprobable-- le acercaron al público masivo. Un indudable mérito en país mayormente analfabeto.

Entierro Galdós Campúa

Entierro de Galdós / BNE

Fue el padre espiritual de la Generación del 98 y hasta los modernos del 29 lo leían a escondidas, aunque en público lo denostaran. Su prosa, teniendo muchos más años, ha sobrevivido al paso del tiempo mejor que la retórica de Ortega y Gasset. Está, sin duda, a la altura de Víctor Hugo, Dickens, Balzac, Flaubert o Tolstoi. Su desventaja era que era español.

Su literatura es universal porque cuenta el trasunto de la vida del hombre en un mundo hostil. Fue tan discreto que murió en la más absoluta indigencia. En parte por cuestiones de amor, en parte por recurrir al falso remedio de los usureros, a los que no podía pagar con los derechos de autor de sus obras, que nunca se vendieron en Europa. O por ser demasiado generoso a la hora de dar limosna, como cuenta Pérez de Ayala. Su entierro fue multitudinario pero el sepelio lo pagó el Estado. Los teatros se cerraron ese día de 1920 en señal de duelo y los periódicos publicaron ediciones especiales. España lloraba a un escritor menesteroso que en La Corte de Carlos IV dejó dicho: “La experiencia es una llama, pero sólo alumbra cuando quema”.

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