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Alain Delon, con gabardina, en 'El silencio de un hombre'

La gabardina de Sergi Pàmies

La gabardina hay que llevarla con despreocupación, que no sea ella la que te lleva a ti sino tú quien la llevas, que vaya un poco desplegada e indolentemente

9 min

Hay quien tiene un curioso talento no sólo para escribir sino también para titular sus propios libros. Pàmies, sin ir más lejos. La bicicleta estática no necesitaba adjetivos, lo decía todo sobre los esfuerzos estériles del varón contemporáneo por acoplarse a un ideal físico y a una paz emocional inalcanzable. Con sólo paladear esas palabras uno sentía toda la amargura de su propia condición humana, la condición de una tarea o una disciplina banal y desagradable que no se culminará nunca.

Ahora ha publicado El arte de llevar gabardina, título que en su mismo y desnudo enunciado es glacial y perfectamente explícito. Ya de entrada comprendemos que ni el autor ni el lector están en posesión de tal arte. Para nosotros, sobre todo para los barceloneses, que vivimos en un país de clima caluroso tirando a tropical, donde apenas llueve nunca, y ya son raras hasta las clásicas tormentas de verano, la gabardina es una idea de elegancia y desenvoltura, una idea romántica, un poco exótica. Quien la lleve se expone a desentonar un poco. Se ha equivocado de ciudad o de prenda. Es una prenda que remite a climas más húmedos, no solares, más melancólicos que exaltantes, propios de la Europa cultivada, fría, húmeda. Muchos barceloneses guardan una gabardina en el armario, como una idea, como un capricho. Otra cosa sería si en vez de barceloneses fuesen vascos.

Recuerdo como si fuera ayer la primera gabardina literaria que vi en mi vida, en el primer bolo que hice, en una expedición literaria a Bilbao en la que participaron varios narradores barceloneses. De Madrid llegaron también algunos, pero ninguno, ni barcelonés ni madrileño, llevaba gabardina, por lo menos que yo recuerde --hablo de hace mucho tiempo, de décadas atrás-- salvo Millás. La visión de Millás en Bilbao, con un rictus de seriedad y de prisa, y con las manos en los bolsillos de su espléndida gabardina de color tostado, me impresionó para siempre. Para colmo, todos los invitados a aquel congreso procuramos alargar la estancia en Bilbao, quedarnos un par de días, todos salvo precisamente Millás, que estaba pero estaba vagamente ausente y tenía prisa por volver a Madrid, donde le esperaba algún compromiso, y que después de pronunciar su conferencia consultó su reloj con un rictus displicente y se fue directo a la estación para tomar el primer tren de vuelta.

Era un escritor de éxito, no un aficionado, y estaba ocupado, alguien le esperaba, además de que la gabardina le sentaba estupendamente. Marcaba, me parecía a mí, una gran diferencia con todos los demás. En aquella época Millás tenía unos rizos eléctricos, que le daban un aire despistado que era muy pertinente para aquella gabardina que llevaba con elegante aplomo, y muy acorde con lo que era el chic bilbaíno, que es o tiene que ser un tanto desmadejado, despreocupado. Y ahora que recuerdo también en su charla habló desmadejada, despreocupa, lentamente, pero por cierto muy bien, pues Millás, al que desde entonces he tenido la ocasión de escuchar dos o tres veces, se expresa en público admirablemente, parece que improvisa, afluyen las ideas más redondas y las palabras más precisas a su boca sin esfuerzo aparente, la audiencia suele quedar encantada e impresionada. Es un conferenciante sensacional. Nada más acabar, los organizadores ya están pensando en contratarle otra vez para el año que viene. Su excelencia sólo es comparable, en mi opinión, a la del difunto Caro Baroja, pero don Julio Caro, que llevaba una gabardina muy formal y pulcra y como recién salida de la tintorería, era menos literato, menos poeta, y más erudito, más sabio. Millás, insisto, era --es-- más despreocupado, y ésa es la clave, creo yo, de la gabardina: llevarla con despreocupación, que no sea ella la que te lleva a ti sino tú quien la llevas, que vaya un poco desplegada e indolentemente.

Para refrescar estos recuerdos sobre la gabardina de Millás he llamado a Iñaki Ezkerra, que es quien organizó aquellas jornadas bilbaínas, y me ha confirmado lo que estoy diciendo punto por punto. Me ha dicho “tienes toda la razón, Ignacio, es tal como lo dices”. Luego se ha extendido en un discurso sobre la gabardina como prenda precisamente bilbaína. Lástima que no he tomado notas, pues tiene las ideas clarísimas sobre este asunto. Según él, la gabardina hay que saber llevarla sin contemplaciones, hay que llevarla un poco como si fuera un trapo, como una prenda de la que te puedes desprender corriendo, se moja y te la sacas. “Que vaya abierta, con vuelo, nada de llevarla con el cuello alzado, ni con cinturones, ni hebillas, ni bien abrochada, sino al revés, si quieres incluso arrugada, un poco como la llevaba el detective Colombo pero sin la chepa, pues el bilbaíno no tiene chepa sino una constitución más noble. Es una prenda para el sirimiri y por consiguiente se está quedando un poco huérfana, pues ya tampoco hay sirimiri en Bilbao, qué le vamos a hacer”.

En los cuentos de Pàmies lleva muy bien la gabardina Jorge Semprún, y así aparece efectivamente en la portada de Autobiografía de Federico Sánchez. Cree Pàmies que la llevaba muy bien Humphrey Bogart, pero ahí discrepo, pues Bogart era muy bajito y sólo le sentaba bien en los primeros planos, si te fijas en las últimas escenas de Casablanca verás que le venía demasiado larga. En la primera secuencia de La condesa descalza, que transcurre en el cementerio, donde asiste al entierro de Ava Gardner bajo la lluvia, parece que vista su propia mortaja, según escribió alguien que no recuerdo (¿Guarner? Suelo recordar la frase ingeniosa, no a quien la escribió).

Dice Ezkerra que la gabardina es interclasista y democrática, pero es que él piensa en su Bilbao natal, claro. Yo pienso que la gabardina le cuadra más bien a los hombres altos. Recuerdo a Valverde, que parecía con ella un ave distinguida caminando con el Ensanche, con la mirada baja, sumido en sus pensamientos. No se me olvida cierta foto de Benet intoxicado en una ciudad del norte, quizá Helsinki, o Praga, una noche de niebla, está con la cabeza apoyada en una farola, y el flequillo cano y la gabardina a lo largo del cuerpo tienen una caída elegantísima. Una imagen desoladora. Le sentaba estupendamente a Julien Gracq, caminando entre surcos encharcados por las afueras de Saint-Florent-le-Vieil. Con todo esto aún no he dicho ni palabra del libro de Pàmies, que es un lujo sobre el que comentaré mis impresiones, dios mediante, el próximo domingo.