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Fuego y destino de Lola Flores

Fuego y destino de Lola Flores

El actor Manuel Veiga rinde homenaje a la artista jerezana poniendo en escena el asesinato de la ‘zarzamora’, calificativo de los travestis que se dedicaban a imitarla

9 min

“Es el Cristo de Velázquez cabreado”, vino a decir de ella César González-Ruano una vez que fue al teatro para verla bailar arrastrado por Francisco Umbral, quien colaría su nombre años después en el Diccionario de Literatura española que le encargó Planeta: “A uno Lola Flores​ le parece la escritora que más viene influyendo en el corazón sentimental y las entrañas en llamas de las españolas desde los tiempos de Zambra, su espectáculo con Manolo Caracol, felices cuarenta”. Sólo ella lograba “clavar el corazón femenino en una veleta macho”, opinaba Umbral, autor de una biografía “hecha y cobrada deprisa” a comienzos de los años setenta: Lola Flores. Sociología de la petenera.

Han pasado muchos años, pero ahí queda calambre. “Yo no he visto a nadie igual sobre un escenario. Era otro mundo”, confiesa Manuel Veiga (Barcelona, 1964), quien retiene nítidamente la primera vez que vio actuar a Lola Flores. “Tendría unos diecinueve años y me quedé en shock. Ella tenía función de tarde y noche en el parque de atracciones de Montjuïc, y me quedé clavado en la silla a ver las dos”, dice con esa voz suya que parece frotada con cristales de tapia. Al actor y dramaturgo todos esos recuerdos le asoman ahora por las costuras en la obra Siempre a la verita tuya, que cuelga todavía cartel por unos días más (hasta el 1 de abril) en La Seca Espai Brossa.

El texto de Siempre a la verita tuya disparata, en principio, por Lola Flores, pero acumula toda su dinamita en el asesinato de una zarzamora. “Así se llamaba a los travestis que la imitaban en la Transición. Es pura ficción, un ejercicio de denuncia de la intransigencia, pero al escribirla tuve muy presente el asesinato a patadas de Sonia Rescalvo en el parque de la Ciudadela de Barcelona en 1991”. El monólogo sale de la boca del padre, Curro, un palmero habitual en los tablaos de la ciudad que nunca aceptó a su hijo. “Reventado de dolor, alcoholizado, se encuentra una noche tirado en la calle con Lola, pero él no sabe si realmente es la artista o si se trata de su pequeño”, explica Veiga. 

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El actor y dramaturgo Manuel Veiga, con abanico, en ‘Siempre a la verita tuya’.

Símbolo para homosexuales y travestis

Porque Flores, zarzamora de genio sin destino, fue un símbolo en la Transición para homosexuales y travestis. De ella, que encarnaba una forma insólita de ser artista entre el flamenco​, el trueno verbal y el faralá gigante, se conservan unas cuantas fotografías abrazada a señores vestidos y maquillados al modo de la bailaora, racial, extrema, puesta casi al borde mismo de la carne. “Ahí encontré la clave para poder llevarla de nuevo a los escenarios. Alguien que se borra su cara, se pinta la de su ídolo y toma su voz era el vehículo perfecto para darle vida”, comenta el actor y dramaturgo, quien ya transitó por esta misma senda con Paco Candel y Carmen Amaya.  

“Juan Gallo, por ejemplo, se hacía llamar La Otra Lola y, según ella, era quien mejor la imitaba”, explica Manuel Veiga, quien ha espigado amistades, entrevistas y biografías para tejer el texto con esas frases de Lola Flores que contienen la oscura y consagrada serpiente del flamenco. “Son sentencias de una poética brutal. ‘Cuando muera, mis primos los gitanos colgarán crespones negros en el balcón abierto de su corazón’, llegó a profetizar, por ejemplo, sobre el día su muerte”, señala el actor, quien mantiene la pasión en alto por el teatro de texto, ése que cala por dentro dejando por todo patrimonio una conspiración de ideas con las que se puede dar candela al presente.

“Lola fue una mujer potente, muy fuerte. Tiene una canción que se titula El amo, por ejemplo, que es casi una proclama feminista: ‘El que nazca pa’ sultán que se vaya a vivir al moro’. Sin ella saberlo, casi sin pretenderlo, era una mujer muy avanzada para su época”, evoca Manuel Veiga, quien se desliza por el campo minado de las ideologías. “Se ha dicho de ella que fue un símbolo de los años de la dictadura, pero nada más lejos. Claro que actuó para Franco en el Pardo, pero también lo hicieron Antonio Gades y Paco Rabal, que no eran sospechosos de nada. A ver quién era el guapo que se oponía”, destaca.    

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Arte y verdad

En opinión de Veiga, Lola Flores escogió estar del otro lado del balneario habitual en que tantas veces se arruga la cultura. Mejor en la orilla intempestiva del que busca a solas. Y encuentra. Y habla en dirección contraria. Y vive a su manera el arte​, su verdad y su herida. Coincide en este punto con Terenci Moix, quien valoró en ella un fuerte contrapunto respecto a las “tonadilleras con rango de señorío”, pues su mito surgía “del descaro y la insolencia popular”. “¿Qué habría ocurrido con figuras como Lola si el cine español hubiera tenido su etapa neorrealista, como la tuvo el italiano? ¿Qué habría conseguido sacarle un director como Visconti?”, anotó en Suspiros de España.   

Hacia esa dirección apunta también el ensayo Lola Flores. Cultura popular, memoria sentimental e historia del espectáculo (Fundación José Manuel Lara, 2016) de Alberto Romero Ferrer. El estudio, galardonado con el premio Manuel Alvar, viene a situar a la jerezana como “un catalizador de extraordinaria proyección popular contra aquel olvido impuesto, un molesto recordatorio --por eso había que domesticarla-- de una memoria latente que no debía perderse y que se traslucía en cada una de sus interpretaciones: recordaba el trauma de la guerra durante la dictadura, pero también después de la dictadura durante los años de la Transición, de ahí su incomodidad”.   

En Siempre a la verita tuya, Lola Flores tiene algo de tiniebla buena, de mujer con una suave ráfaga barroca que se mueve en una geografía que ya no existe. “Hablo de El Charco de la Pava de la calle Escudellers, el tablao donde empezó El Pescaílla con su padre metiendo por rumba esas canciones sudamericanas... Pero también de Sevilla o Madrid, porque allí tenía Lola su tablao flamenco, el Caripén, donde actuaban las Grecas cuando las fichó CBS”, asegura Manuel Veiga, quien concibe el teatro como un espacio en el que decir de otro modo las cosas que tienen que ser dichas. “Y yo sólo quería un monólogo que sonara a flamenco, a gitanería”, remata.