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Franz Werfel y 'La escalera del hotel'

Franz Werfel en la escalera del hotel

El prólogo justifica el libro; es una celebración del imperio como espacio físico y mental, pues para el autor los nacionalismos eran algo "demoníaco"

7 min

He comprado La escalera del hotel por el título, porque pocas cosas me parecen más alusivas a la condición humana que los hoteles, y, en los hoteles, las escaleras, cuya posible solemnidad no oculta, no se toma ni siquiera la molestia de simular que oculta, la naturaleza transitoria, fugaz, del lugar, y de los inquilinos, o huéspedes, que tienen todos el derecho a decir esa frase que por puro esnobismo me suena mejor en inglés:

“Don't get up gentlemen, i'm only passing through.”

Ahí donde se reúnen los modales, la cortesía, el respeto y la formalidad que hacen la vida no sé si digna de ser vivida pero por lo menos soportable.

Pero también me compré ese libro porque el autor es Franz Werfel, checo de la generación de Kafka y Musil, Werfel, denostado por Canetti en su justamente famosa autobiografía. Y Canetti es venerable, uno lee todo lo que sale sobre él o de él, pero era un mal bicho por más que se esforzase tanto en parecer, precisamente, bueno. Lo que hizo con Iris Murdoch en Fiesta bajo las bombas no tiene perdón. Por lo menos en mi tribunal de justicia. Que es inapelable.

También Kokoschka en sus memorias habla de ella sangrando por la herida de su amor desdeñado. Pero es que OK aunque fuese un gran pintor expresionista era un hombre muy intenso, y a las mujeres los hombres tan intensos les entretienen un rato pero luego les resultan pesados, unos pelmas. Y tienen toda la razón.

De Werfel habíamos leído dos emotivas despedidas del imperio austrohúngaro, que eran Una letra femenina azul pálido y La muerte del pequeño burgués, sobre las que podría ahora extenderme, pero ¿para qué? ¿Ibas a entender algo? Seguramente no. Yo hablo en una lengua muerta. Paso de la écfrasis. Y paso también de explicar otra vez lo que es la écfrasis. Míralo en la Wikipedia.

El descrédito de Werfel y la inquina de Canetti y de otros viene de tres cosas; una, que se casó con Alma Mahler, viuda del compositor, mujer detestada porque en las cosas del amor y del sexo se comportaba como un hombre y porque era, de boquilla, antisemita, aunque se casó con Mahler y con Werfel, que eran ambos judíos, y con éste además emprendió la fuga desde la Alemania nazi a los Estados Unidos pasando por la Costa Azul.

El segundo motivo era que Werfel podía ser un poco cursi de vez en cuando. Pero también lo era Zweig y a él eso no le ha pasado factura.

El tercero es que Werfel siendo judío era antisionista, y además cuando escapaba de los nazis fue a Lourdes, rezó a la virgencita y le prometió que si él y Alma llegaban sanos y salvos a América escribiría un libro dedicado a sus glorias. Bien, llegaron ilesos, escribió el libro, La canción de Bernadette, y para colmo tuvo un éxito internacional enorme. Imperdonable.

Lástima que murió prematuramente (a los 55 años) en 1945, y no tuvo ocasión de celebrar la derrota de Hitler.

Ahora, sobre La escalera del hotel: es un cuento de cinco páginas que no valen el papel en que están escritas, es otra metafórica despedida del imperio Habsburgo. Pero el librito lleva un largo prólogo, obra del mismo Werfel, titulado Ensayo sobre el imperio austriaco, que es estupendo como introducción o resumen de ensayos históricos muy queridos como Réquiem por un imperio difunto de François Fejtö, de las novelas de Joseph Roth o de las memorias de Zweig.

Ese prólogo, de unas 30 páginas, justifica el libro; es una sensata celebración del imperio como espacio físico, geográfico, y también como espacio mental. Aquí lo “austriaco” vale como sinécdoque de imperio, de Europa y de bien, pues para Werfel lo nacional, y no digamos ya los nacionalismos, es sencilla y literalmente “demoníaco”, en cuanto combate las pulsiones hacia la unidad, hacia lo que enlaza y junta, hacia lo que engloba en un espacio unificado, diverso, rico. Los catalanes no podemos estar más de acuerdo, viendo lo que dicen y hacen los más tontos y corruptos de nosotros.

Werfel valoraba que el gran imperio englobaba a 24 países distintos, y en ellos a las “estirpes” germana, latina y eslava, además de una numerosa población judía hacia la cual la casa de Habsburgo se comportaba con tolerancia, lo cual explica que los judíos cosmopolitas como Roth o el mismo Werfel fuesen beligerantemente austricistas. O imperialistas.

En este ensayo hay también algunas páginas sobre el carácter y la personalidad del emperador Francisco José muy interesantes, y que confirman mis intuiciones: un monarca burócrata, sacrificado, que no podía permitirse el lujo de tener un carácter o unos gustos propios, pues renunciaba a todo en beneficio de su función: “No era asunto del César ser personal”. Valverde esto no lo entendía. Le consideraba un pelele. Me hubiera gustado verle en su lugar. Pero qué se le va a hacer si la tragedia está –gracias a Dios— al alcance de muy pocos.