Menú Buscar

Una 'nouvelle' austrohúngara

El escritor Franz Werfel

La editorial Mar de Mármara recupera, con una traducción pulcra, precisa y elegante, la obra de Franz Werfel, representante de la bendida cultura de la Europa de entreguerras

03.08.2018 00:00 h.
7 min

Del llorado -a veces, con sanas lágrimas de risa– Luis García Berlanga, recordamos, junto con la rica cornucopia de su colección de literatura y objetos eróticos, y su paso sin vanagloria ni complejos por la División Azul, para descolocación de adversos y partidarios, el don impagable de su cinematografía, la dilatada sala de proyecciones que cada cual guarda, íntima, en la memoria de tantos momentos felices, brillantes, sin igual. En aquellas películas saltaba siempre una liebre, una manía venial del director: la palabra austrohúngaro. Viniera o no viniera a cuento, él se ocupaba de engastarla en la gran corona de joyas que era cada una de sus películas. En Bienvenido Mister Marshall, por ejemplo, se dice: “Es un mapa tan antiguo que todavía existe el imperio austrohúngaro”.

La literatura del Imperio austrohúngaro ha tenido un apogeo póstumo gracias a unos cuantos nombres que descuellan: Robert Musil, Joseph Roth y sobre todo Stefan Zweig, que tuvo ciertamente éxito hace décadas pero que no fue hasta el sabio patrocinio del editor Jaume Vallcorba cuando adquirió una difusión enorme, desde sus obras más conocidas a las menores. Uno de aquellos austrohúngaros ilustres fue también Franz Werfel (Praga, 1890-Beverly Hills, 1945). Su lengua fue el alemán, como casi la de todos ellos, que, a pesar del marbete austrohúngaro, tenían más de germánicos que de magiares. Judío, en el orbe católico Werfel adquirió cierto relieve por ser autor de La canción de Bernadette, fruto de su paso por el santuario de Lourdes camino de su exilio estadounidense, huyendo del nazismo.

Escribió narrativa, teatro y poesía, y tuvo relación con Franz Kafka y Max Brod, entre muchos otros; pero en punto a relaciones, todas palidecen cuando se recuerda que fue esposo de Alma Mahler, musa (perdón por la palabra, hoy tan condenable) del compositor que le dio su apellido, y también del arquitecto Gropius (su segundo marido), del pintor Kokoschka. Pero Werfel no comparece ahora de la mano de Acantilado, sino de una más pequeña, pero no menos exquisita: Mármara.

Lo hace con La escalera del hotel, nouvelle cumplidamente traducida por Olga García, quien firma la introducción y también traslada Ensayo sobre el Imperio austriaco, texto que sitúa este y otros relatos en el ámbito social, geográfico, histórico de aquel mundo que evoca cafés y valses, barbas abiertas en dos hemistiquios y un gusto muy acendrado por las condecoraciones y la opereta, con el protagonismo de Francisco José y ese instante  que lo cambió todo: el atentado de Sarajevo. El conjunto suma poco más de cien páginas en un pequeño y cuidado volumen.

Edición de 'La escalera del hotel' de Mar de Mármara

Edición en español de La escalera del hotel / MAR DE MÁRMARA.

Werfel fue escribiendo en su correspondencia a Zweig que se hallaba componiendo este relato sobre un hotel. Nos informa Olga García que aquel mismo año 1927 Zweig terminó El ocaso de un corazón, narración también ambientada en un hotel (la hostelería, aun en la forma de los sanatorios, tuvo buen predicamento en este ámbito y esta época, recuérdese La montaña mágica, de Thomas Mann, de 1924).

Esta colección, Balsa de Piedra, está toda integrada por traducciones. Hay en ella nombres más conocidos como Balzac o Strindberg, y otros de los que solo tendrá noticia los iniciados: Wassermann, Glaser o Hašek. Es loable que una editorial minifundista, cultivada con el mimo con se atiende un huerto, ponga al alcance del lector español tanta buena literatura en otros idiomas. Pena es, con todo, que el público no corresponda casi nunca a tan amplia oferta como tiene antes sus manos y sus ojos. Cualquiera diría que ante la vasta producción de las prensas españolas el nuestro es el país donde más se lee del mundo y donde más viva está la cultura, cuando lo cierto es que novedades como esta, que pasado el estreno nutre el pozo sin fondo que es el fondo de librería, suelen pasar injustamente desapercibidas. 

Mar de Mármara suena a tartamudeo o trabalenguas. Pero no hay tal cosa en la traducción de este libro que nos conduce con mano segura por este episodio trascendental de la protagonista, Francine, que vive entre dos aguas, dos amores, y se enfrenta a un momento decisivo del que no podemos dar cuenta sin estropear el efecto. Sin saber alemán, la traducción nos parece pulcra, precisa, elegante. Sin embargo, hay un momento en que se da gato por liebre (indicativo por subjuntivo, en la página 82, primer párrafo) y hay una falta de concordancia en la página 86: “Había aprendido que todas las ensoñaciones, la oleada de emociones imprecisas era pecado”. La escalera del hotel sabe a poco: es más cuento que nouvelle. Algunos más habrían dado una más fiel imagen del autor, un austrohúngaro que a diferencia de Zweig sí vivió lo justo para ver el final del nazismo.

¿Quiere hacer un comentario?
Esta web utiliza 'cookies' propias y de terceros para ofrecerte una mejor experiencia y servicio. Más información