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Concierto de Macromassa en el bar La Orquídea, el 15 de junio de 1978 / FLOWERS

Flowers en La Orquídea

Si alguien busca a Flowers, lo puede encontrar en el bar María, en la calle de Gracia del mismo nombre

02.09.2019 00:00 h.
5 min

No puedo presumir de haber visto actuar a los Beatles en Hamburgo, pero sí de haber asistido a los dos conciertos que Flowers, el fotógrafo alternativo más famoso de Barcelona, maestro del desenfoque creativo, ofreció en el difunto club La Orquídea en 1978. La Orquídea estaba en Gracia -concretamente en el número 40 de la calle Bruniquer- y era un tugurio infame, aunque con un gran ambiente: yo diría que es lo más parecido que hemos tenido en Barcelona al CBGB neoyorquino. Especializado en músicos oscuros, pero interesantes, La Orquídea acogió conciertos del gran Jaume Cuadreny o de Los Psicópatas del Norte, grupo liderado por mi viejo amigo de los escolapios Carlos Merseburger, muerto por sobredosis varios años después y al que volveremos próximamente en una de estas crónicas sobre cadáveres gloriosos y sitios que ya no existen.

La Orquídea era lo más underground del underground local -también pasaron por allí héroes del ruidismo post industrial como Macromassa o Los Peruchos- y su propietario, al que nunca conocí, tuvo un día la humorada de dejar actuar al Flowers, personaje al que uno todavía se cruza de vez en cuando por la ciudad y que sigue sin superar la disolución de The Jam (en su momento, despertó a las tantas de la mañana a mi amigo Ignacio Julià, por vía telefónica, para informarle del luctuoso acontecimiento). Flowers publicaba sus fotos en los dos templos periodísticos alternativos de la época, las revistas Star y Disco Exprés (a las que también volveré próximamente), así que el grueso del público de sus dos inolvidables conciertos en La Orquídea lo compusimos los colaboradores de ambas publicaciones (a la salida nos hicimos una foto de grupo impresionante, todos vitoreando al Flowers y bastante cocidos).

Decir que Flowers cantaba sería una exageración. El hombre berreaba consignas y proclamas revolucionarias mientras el grupo Palo –“que se merece un respeto”, como nos dijo- le seguía como buenamente podía. Destacó entre su repertorio Pamela, reina de la autopista, pieza fundamental donde las haya, que vino precedida de una escena cuanto menos curiosa: el hombre se hizo con un ramo de flores e intentó diseminarlas por la sala anunciando que quien pillara una accedería al mundo de la tal Pamela, con tan mala fortuna que se olvidó de retirar el cordelito que mantenía unidas las flores y el ramo le fue a dar en toda la cara a mi amigo Manel Valls, que no se mostró muy satisfecho de la experiencia: se había hecho el silencio y pudimos oír perfectamente a Manel clamando “¡Será hijo de puta!”. El concierto -o lo que fuera, yo creo que más bien se trataba de una performance- continuó entre los vítores del respetable, que se tronchaba de risa, pero con cierto respeto hacia un personaje que, en su delirio pop, se le antojaba entrañable.

Si alguien busca a Flowers -cosa que no me consta que haya sucedido hasta ahora-, lo puede encontrar en el bar María, en la calle de Gracia del mismo nombre, donde tiene instalado su cuartel general y trata de vender sus fotos y el calendario que edita disciplinadamente cada año. Cuando chaparon Disco Exprés y Star en 1980, se nos quedó un poco como el pintor de paredes al que se le retira la escalera y se queda agarrado a la brocha, pero el hombre ha resistido heroicamente hasta la actualidad gracias a su habilidad para la práctica de la economía sumergida.

No recuerdo si volví a La Orquídea después de aquellos dos conciertos seminales, pero me consta que el local acabó cerrando. Hasta el underground tenía unos límites que La Orquídea se saltaba tranquilamente a diario. Era tan alternativo -a la realidad y a lo alternativo- que aquello no podía durar. Descanse en paz, como Cuadreny y mi amigo Carlos.