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Un grabado de 1900 con distintos modelos femeninos de moda para mujeres

'Flâneuses', las mujeres de la calle

Anna Maria Iglesia recupera en un ensayo publicado por WunderKammer la historia oculta de las 'flâneuses', las primeras mujeres que conquistaron los espacios públicos

28.05.2019 00:00 h.
8 min

Relacionar a la mujeres con la calle ha supuesto, y supone aún, mal que nos pese, cuestionar su reputación. O darla por maltrecha. No en vano como mujeres de la calle se definía sin matices a las prostitutas, mujeres que se habían ganado un hueco en lo público a fuer de perder todo lo demás: honor, reputación, dignidad. La periodista e investigadora Anna Maria Iglesia parte de ese hecho indiscutible para rescatar, en un libro tan breve como sustancial, a las flâneuses, la acepción femenina del movimiento de los flâneur, aquellos vanguardistas del siglo XIX que quisieron tomar las calles, contarlas desde la literatura y otras artes. Son los padres de la cultura contemporánea, aquellos que al cambiar de perspectiva cambiaron el paradigma del universo artístico, que pusieron sus ojos y sus plumas en las ciudades emergentes después de la revolución industrial y al calor de los nuevos poderes, de las nuevas aristocracias. Pero esa mirada de la que los escritores franceses fueron pioneros (de ahí el nombre, tan parisino por otro lado) nos ha llegado tuerta, como si las mujeres ni habitaran las calles ni aún menos las contaran.

Iglesia hizo precisamente su tesis doctoral sobre algo tan jugoso como el París del siglo XIX y la flâneurie, el movimiento que apeó de los salones a la cultura y lo puso a deambular, pasear, ocupar las calles de ciudades que eran el escenario privilegiado de esa nueva manera de poder que trajo la burguesía, y que rompió los paisajes y paisanajes del Ancien Régime. Por eso, desde el profundo conocimiento de quienes protagonizaron una nueva manera de narrar y, por tanto, de ordenar la realidad, la periodista cultural investiga dónde estaban las mujeres en esas urbes que escritores y artistas consagraron. No es casualidad que el libro, que se lee de un tirón (y que cuando acaba deja al lector con hambre de saber, indagar, buscar) combine obras literarias de referencia con cuadros que también forman parte de nuestra memoria emocional de aquel siglo que tanto nos ha legado.

Anna Maria Iglesia

La periodista cultural Anna Maria Iglesia.

A partir del retrato de Gustave Caillebotte de su hermano René asomado a una ventana en el Paris de 1875, la autora se pregunta desde una de las más significativas pinturas del impresionismo dónde aparecen las mujeres en esa calle que el pintor y el retratado contemplan. En esta pintura solamente se ve a una mujer, una figura casi emboscada, amparada por ropajes amplios y oscuros, y de espaldas. Posiblemente sea una prostituta, recuerda Iglesia, porque solo las mujeres sin fama se atrevían a ocupar un espacio que le estaba vedado a las decentes. Y a las ricas.

No en vano, en su vasto recorrido por novelas y pinturas, la autora recuerda cómo en la obra de Baudelaire, Zola o Proust las únicas mujeres que están en la calle son las públicas, las que no pertenecen a nadie ni tienen nada que las proteja. También en la pintura son escasas las mujeres que ocupan espacios públicos, como la ópera o los salones de baile. Y cuando lo hacen es con reparos, resguardadas por la familia y con el único y casto propósito de exhibirse para buscar un buen marido. Desde las protagonistas de Mujercitas, especialmente las conservadoras Amy y Meg, a Flora Tristán queriendo asistir a una sesión del parlamento británico con ropa de hombre para escándalo de su amigo tory, hay un trecho que aparece minuciosamente recordado en este libro, junto a las trampas y trampantojos a los que tuvieron de enfrentarse aquellas que se quitaron el sombrero y salieron a la calle. La ciudad era el universo de un patriarcado que las recluía en la seguridad de lo privado. 

El trabajo de Anna Maria Iglesia trasciende al movimiento de los paseantes parisinos, la flâneurie, para indagar dónde estaban las mujeres en aquella época de vanguardias y retos, quiénes de ellas osaron romper los tabúes y cuáles quisieron ocupar un espacio vedado. No olvida la autora el esfuerzo heroico de algunas creadoras que tuvieron de falsificar su nombre, como George Sand, para no renunciar a su voz, pero tampoco a esas otras mujeres anónimas que sí podían transitar por la ciudad, las meretrices, o a las obreras, las mujeres pobres que, con la maldición de buscarse el pan, ocuparon un lugar que tuvo de aceptarlas como protagonistas.

La revolución de las 'flâneuses', por Anna Maria Iglesia.

El ensayo, publicado por la editorial WunderKammer.

Si el ensayo de Iglesias resulta relevante por el rescate de las voces femeninas de una época fundamental para la cultura, también lo es por dibujar todo un mundo femenino, precario y apenas descrito por algunos (como Dickens o Zola) y reivindicado por las mujeres que activaron una literatura social que nunca había sido narrada desde lo femenino. Uno de los ejemplos es precisamente la recién recuperada Luisa Carnés, que en su obra, y especialmente su novela Tea Rooms, pone rostro y voz a las trabajadoras, ausentes habituales de la literatura a excepción de las Bronte, Edith Wharton o Virginia Wolf. Además, como digo, del rescate de voces imprescindibles en nuestra cultura, Iglesia contrapone la buena vida de las mujeres burguesas, seguras y cómodas, pero secuestradas en la tranquilidad del hogar, con aquellas que por pura necesidad, y ninguna gana, se convirtieron en las primeras mujeres independientes, habitantes de una calle que, aunque hostil, tuvo que aceptarlas como protagonistas. 

Y sí, se queda con hambre quien cierra la última página. No porque el ensayo sea escaso en referencias o reflexiones, sino porque, como las buenas investigaciones o en las mejores crónicas, el lector va abriendo puertas que le conducen a otras muchas más. Y reclama, se reclama a sí mismo, saber más de tan fascinantes vidas y tan estimulantes obras. Tal vez por eso, y es pura especulación por mi parte, la portada de La Revolución de las flâneuses, sea una amatista, la piedra violeta que, según aquellos que creen en las virtudes de la mineralogía, sirve de amuleto para que se haga justicia. Ad hoc.

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