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'Un filósofo', obra atribuida a Salomon Koninck sobre la filosofía (1609-1656) / MUSEO DEL PRADO

¡Filosofad, malditos!

El retorno de la Filosofía y el Pensamiento a la educación obligatoria es una excelente noticia que debería proseguir con una reivindicación de las disciplinas humanísticas

23.10.2018 00:00 h.
8 min

Pensar en España es un ejercicio de riesgo. Hacerlo además con libertad supone un milagro. Por eso, aunque esta afirmación pueda mover a escándalo, se hace bastante poco y, en general, tomando siempre las debidas precauciones. Sucede, sobre todo, en nuestra vida pública, consagrada a la perversión partidaria, el cotilleo malévolo y el periodismo (que no es periodismo) de trinchera ideológica. Vicios antiguos que, gracias a las redes sociales, se multiplican hasta el infinito. En un país que secularmente ha tenido graves problemas con la cultura --en buena medida por la intermediación de la iglesia, que ha condicionado buena parte de nuestra historia; y más recientemente por los largos y oscuros decenios de la dictadura franquista-- el ejercicio del libre criterio ni goza de suficiente sustento (intelectual) ni disfruta de excesiva popularidad.

Machado lo resumió --de forma sabia-- en sus Campos de Castilla: (En España) “De diez cabezas, nueve embisten y una piensa. Nunca extrañéis que un bruto se descuerne luchando por la idea”. Un sabio, según Aristóteles, se caracteriza por no decir todo lo que piensa pero pensar todo lo que dice. Los españoles hablamos por los codos pero aún no somos, en su mayoría, capaces de pensar (despacio) todo lo que enunciamos. Por eso resulta una bendita anomalía la decisión de devolver a la Filosofía, la noble disciplina inútil que inventaron los antiguos griegos, el espacio que jamás debió perder en los programas de educación obligatoria.

Arrinconada por Wert, el infausto ministro del PP, la Historia del Pensamiento retorna a las aulas como parte sustancial de la formación escolar. Hay quien lo ha celebrado como una gran victoria, pero lo cierto es que se trata de un paso no tanto hacia adelante, sino hacia atrás, lo cual, frente a la creencia general, que sólo entiende el progreso en línea recta, es digno de elogio. A veces la manera de mejorar es emular a nuestros mayores. 

La Escuela de Atenas

La Academia de Atenas, lienzo de Rafael

La educación tradicional, cargada de materias humanísticas, probablemente no sería perfecta, pero al menos daba instrumentos contra la manipulación de las mentes y los dogmas políticamente correctos, que últimamente corren el riesgo de convertir en imbéciles a parte de nuevas generaciones de estudiantes, a los que el fracaso personal les parece no ya una tragedia, sino un destino inconcebible. Un mal pasajero: la vida se encargará de señalarles su error. Si algo enseña la cultura filosófica es a sobrellevar con estoicismo la realidad, que --como escribió Lorca-- “no es noble, ni buena, ni sagrada”.

Nuestro sistema educativo está lejos de funcionar como debiera. Ha sido objeto de sucesivas reformas y contrarreformas similares a las antiguas guerras de religión. Debería garantizar como mínimo que nuestros hijos salgan de las aulas sabiendo leer y entender un texto complejo, escribir sus pensamientos y discurrir por sí mismos. Con esta base, todo lo demás tiene remedio. Sin ella, la formación es sencillamente imposible. Para adquirir estas habilidades son necesarias las Humanidades, arrinconadas de un tiempo a esta parte por los nuevos señores de la política educativa como si fueran disciplinas del pasado, siendo --como son-- asuntos de ese presente perpetuo que es la vida inteligente. 

Francis Bacon

Retrato del filósofo Francis Bacon

La Filosofía no ayuda a pensar: es el acto mismo del pensamiento libre, cuya expresión capital es el uso del lenguaje, la construcción de conceptos y la vinculación de ideas. Una sociedad que decide dar la espalda a estas actividades intelectuales está perdida. Se transforma en una sociedad suicida, predispuesta a la manipulación y fácilmente controlable. Francis Bacon, el filosofo inglés, escribió: “Quien no quiere pensar es un fanático; quien no puede pensar, es un idiota; quien no osa pensar es un cobarde”. ¿Aceptaría sin escandalizarse esta frase el ejército de ofendiditos profesionales que todos los días pregonan el buenismo? Es dudoso, porque contiene tres adjetivos que muchos considerarían imperdonables insultos. Y, sin embargo, uno no conoce mejor consejo para atreverse --como decía el poeta Horacio-- a saber.

Si no queremos convertirnos --o ser convertidos-- en fanáticos debemos aprender a pensar al mismo tiempo que a hablar y a escribir. Hacerlo todos los días impide convertirse en un idiota y es el mejor remedio ante el servilismo que nos rodea. Todos estos caminos, que son instrumentos defensivos ante la propaganda política y la ingeniería social, tan querida por los nacionalismos y los populismos, pasan por la Filosofía, ese saber sin utilidad que, precisamente por esto, es el más fecundo que se puede transmitir a un semejante. Al hombre no lo salvará la tecnología ni la ciencia, sino el saber humanístico.

Bertrand Russell

El filósofo y matemático Bertrand Rusell

Bertrand Rusell, tercer conde de Russell, el matemático británico, probablemente uno de los pensadores más inteligentes del último siglo, lo expresó en su maravillosa Historia de la Filosofía (Austral) al comparar a la filosofía con ese espacio intermedio que existe entre la teología --la fábrica de dogmas-- y la ciencia --la escuela de las certezas--. La primera predica verdades indemostrables que hay que aceptar a la fuerza o a ciegas; la segunda defiende certezas demostradas pero vitalmente parciales.

A mitad de camino entre ambas, en tierra de nadie, hostigada por los sacerdotes de todos los tiempos y los fanáticos de laboratorio, la filosofía desmonta los dogmas y relativiza y contextualiza los descubrimientos de la ciencia. Formalmente no resuelve nada. No reduce las dudas del ser humano. Más bien las amplía. Y, precisamente por eso, nos salva. Vivir de forma inteligente significa poner en cuestión todo lo que nos dicen --y lo que pensamos-- para someterlo al ejercicio de confirmarlo o refutarlo. “Enseñar a vivir sin la seguridad (de la religión o de la ciencia), y sin estar al mismo tiempo paralizado por la duda, es el principal bien que la filosofía puede proporcionar al hombre de cualquier época”. Filosofar, esa costumbre de los impertinentes, es tan recomendable como respirar. Y una de las razones por las que merece la pena vivir.

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