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En favor del Yeti

En favor del Yeti

Las pruebas científicas que descartan la existencia del abominable hombre de las nieves hacen de este mundo un lugar menos misterioso y más árido

21.01.2018 00:00 h.
5 min

Estas pasadas fiestas cuando releía con el emocionado placer y aprovechamiento de cada vez Tintín en el Tíbet, donde tiene tanta importancia la figura del yeti, "el abominable hombre de las nieves", he recordado, con disgusto, que ese animal mítico no existe, según ha quedado acreditado científicamente por la expedición de la bióloga Charlotte Lindquist, de la que informaba hace unas semanas la prensa, como quizá recordará el lector, y si no se acuerda da igual, se lo recuerdo yo en el siguiente párrafo.

La cadena Animal Planet financió a Lindquist un viaje al Himalaya para que siguiese las huellas del yeti y eventualmente hallase nuevas evidencias de su existencia. Pero lo que hizo la bióloga es secuenciar el genoma mitocondrial de varios tipos de osos negros, polares y pardos, y compararlos con el ADN que extrajo de los "restos del yeti" --huesos, cueros cabelludos, pedazos de piel, matojos de pelo, heces-- más conocidos: el hueso de una pata hallado en una cueva por un chamán o curandero espiritual; el pelo de un yeti momificado en un monasterio budista del Nepal; un hueso de una criatura embalsamada que una expedición nazi encontró en los años 30, y que resultó ser en realidad un perro​. Todos los demás vestigios correspondían a osos pardos del Himalaya, subespecie que quedó aislada de otros osos hace 650.000 años por el hielo ártico. Estos osos del Himalaya son animales omnívoros, que caminan a veces de pie por alturas de 5.500 metros, zonas despobladas donde es difícil verlos. Son animales solitarios, en peligro de extinción.

César Pérez de Tudela, a quien algunos recordamos por sus escaladas asombrosas de décadas atrás, vio a un yeti en 1973, durante la bajada del Annapurna, expedición que fue un fracaso y a punto estuvo de costarle la vida. Era de noche, en una zona boscosa, cuando su linterna iluminó la peluda silueta de un abominable hombre de las nieves a una distancia de sólo siete metros. Medía dos metros de altura. Para Pérez de Tudela tuvo que ser una experiencia maravillosa, aunque fugaz: impresionante e inolvidable.

Años después Reinhold Messner avistó también un yeti y dedicó dos años a seguir su rastro y estudiar el fenómeno. En su libro Yeti: leyenda y realidad, ya adelanta que se trata de osos, pero al fin y al cabo Messner no era sino un distinguido aventurero. El alpinista más famoso del mundo, pero no un científico. En cambio, el escrito de la señora Lindquist es determinante. Ciencia locuta, causa finita est.

La triste caída de un mito

Es raro que nadie le haya reprochado a esta bióloga su tremenda deslealtad, pues la enviaron a buscar un animal fabuloso y volvió con pruebas científicas de que no existe; la miseria de su descubrimiento no aporta nada nuevo, no suma prodigios a este mundo sino que resta, que hace de él un lugar menos misterioso y más árido. ¡Valiente hazaña, señora!

Yo por lo menos no puedo sentirme muy contento con este triunfo del más craso realismo. Vale que seamos asesinos en serie de las especies animales de la fauna viva, pero ¿también tenemos que exterminar a los más entrañables animales de la imaginación? Metemos un submarino de bolsillo en el Loch Ness para comprobar que allí no hay ninguna serpiente monstruosa, enviamos expediciones científicas pertrechadas con laboratorios portátiles y aparatos de precisión a un monasterio en la ladera del Himalaya y a los últimos confines del reino de la fantasía para no dejar nada vivo tampoco allí.

Pero aunque los yetis no sean más que osos, pese a lo que el ADN sentencia y dictamine, yo me voy a permitir seguir convencido de que son abominables hombres de las nieves --al fin y al cabo hombres, monos, osos y perros somos, todos, parientes cercanos--: una remota criatura, esquiva, solitaria, romántica a más no poder, que para su mayor tristeza, habiendo estado merodeando durante años a las puertas del Mito, no ha podido cruzarlas y salvarse, porque la señora Lindquist ha escrutado sus pelos con un microscopio ultrapreciso y luego en el tono más severo y displicente le ha dicho: "Usted no existe".