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Ernst Toller / HOLOCAUST MEMORIAL MUSEUM

Ernst Toller, el 'quijote' que quiso salvar a España

La editorial Comares publica una investigación sobre el compromiso político del dramaturgo judío con la causa de la República española

22.08.2019 00:00 h.
10 min

Hay una imagen en la biografía de Ernst Toller dramática y romántica, especialmente fiel al hombre que fue. Tras haber participado en aquella revolución que fue el Consejo de Baviera permanece preso porque se niega a una amnistía que no alcance a todos los sublevados. El gesto le vale la inquina de sus carceleros y especialmente del director del penal. De los cuatro años y medio que permanece en prisión, pasa cerca de trescientos días en aislamiento y privado de pluma o papel. Su único consuelo es la observancia de unas golondrinas que venían a hacer su nido en el dintel del ventanuco de su celda. Cuatro veces tejieron las aves el nido y cuatro veces el director de la cárcel mandó destruirlos, para quitarle la única distracción y abatirlo como se abate un pájaro.

Ernst Toller y su compromiso con la España republicana es el asunto fascinante que ediciones Comares, con la colaboración del Centro de Estudios Andaluces, trata en el recién publicado libro de escritos del autor alemán sobre España. Y, siendo los textos de un indudable valor y una excepcional factura literaria y periodística, es la introducción de Ana Pérez la que resulta absolutamente deslumbrante. Toller está entre los autores teatrales más reconocidos de la Alemania del siglo XX y sin duda entre los héroes desgraciados de aquella República de Weimar que, fracasada, supuso una suerte de preámbulo de los momentos más negros de la historia de Europa y, verbigracia, la del mismo Occidente.

El libro recoge reportajes y artículos de Toller y también el eco de su presencia en España, pero va más allá. La autora de la introducción acompaña al lector por el apasionante recorrido de este judío intelectual alemán que se debatió siempre entre la justicia social del comunismo recién triunfante y el individualismo de sus ideas anarquistas y propias. Y en esa brillante biografía es precisamente España, su República, y la victoria de los golpistas apoyados por Hitler y Mussolini, uno de sus más firmes compromisos. Dos días después del primer desfile de las tropas de Franco, con el ya Generalísimo al frente por las calles de Madrid, Toller se colgará con el cinturón de su bata en el cuarto de baño del hotel Mayflower en Nueva York. Su suicidio fue el símbolo de una derrota y el presagio del horror del Holocausto y los totalitarismos del siglo XX. 

Es, y así lo demuestra Ana Pérez, su amor a España el que marca la singularidad de este escritor de éxito en vida, autor de obras realistas e impactantes y vórtice de una renovación absoluta del arte dramático. Al poco de ser liberado de la cárcel en Berlín es cuando viaja por primera vez a nuestro país con su compañera de entonces, Lotte Israel, durante cuatro meses. Recorrerán parte de la Península y darán un breve salto a Marruecos. 

Aunque no se conozca con exactitud la cronología de la ruta, lo cierto es que hay pruebas de cuáles fueron los lugares visitados tanto por su propia mano como por testimonios de otros. En España conoce al escritor ruso Ilya Ehremburg, con el que comparte el viaje y de quien será ya amigo toda la vida. Con él visita Jerez y Montilla, atraído no solo por sus muy conocidas bodegas, sino por el mundo del trabajo que había detrás de los célebres caldos. En Madrid se entrevista con la recién nombrada directora de prisiones, Victoria Kent ,y consigue su permiso para visitar las cárceles de Sevilla y de la capital de España.

Portada del libro 'Ernst Toller' / COMARESEn Madrid acude a los cafés, donde conoce, o al menos oye hablar, de Unamuno, Ortega y Gasset, Marañón o Madariaga, y se entrevista con el comunista Álvarez del Vayo, a quien no causara buena impresión en ese primer contacto. Tampoco a Federica Montseny, que critica en alguno de sus artículos. A la vuelta de Marruecos visitan Fuengirola, Málaga y Granada, y terminan el año conociendo Mallorca y Barcelona, antes de regresar a Berlín. De esta estancia sobresalen dos artículos que Toller dedica a personas anónimas, que son las que más le impresionan: especialmente los pescadores y los jornaleros y su sufrida filosofía de vida. En esa primera impresión y en varias intervenciones en prensa y radio alemanas, Toller advierte de la fragilidad de la República que tanto le recuerda a Weimar. “La monarquía está destruida, volverán periodos de dictadura”. 

Entre ese primer acercamiento, que le dejará tocado, y los últimos, pasan muchas cosas en su vida. Perseguido por los nazis se instala definitivamente en Londres y se casa con una joven actriz de su compañía, Christiane Grautoff. En abril y mayo del 36 vuelve a España acompañado de su esposa en breve visita al Norte que termina en Zaragoza, donde trata con brigadistas internacionales y conoce al poeta americano Auden. Pero es en el tercero de sus viajes, en plena Guerra Civil, año 1938, cuando Toller dará un signo particular a su compromiso con España. Debatiéndose entre su pacifismo ideológico y moral, y la necesidad de combatir al fascio y al nazismo, emprende una aventura única: conseguir apoyo internacional humanitario para el pueblo español, fuera del bando que fuera. La gesta de esa acción humanitaria es laboriosa, complicada y está llena de obstáculos, tanto entre los demandados como entre los socorridos. En Inglaterra y Francia la política de no intervención hace oídos sordos a sus reclamaciones.

En España tanto los republicanos como los golpistas desconfían de la intención de quien quiere socorrer sin hacer distingos. Toller apoya a la República, colabora con un reencontrado, ahora ministro, Álvarez del Vayo y negocia, a veces hasta la desesperación, con el embajador español en Londres, Pablo Azcárate. “Quien calla en un momento como este traiciona la misión humana... una época que traiciona la idea de humanidad nos obliga a denunciar la traición y a combatir allí donde la libertad está amenazada”escribe. Esta obsesión le llevará a recabar apoyo de la familia Roosevelt y otros círculos influyentes de EEUU para la que fue su última y gran causa. 

Su última aparición pública la hace en una reunión del Pen Club de Nueva York, para denunciar la persecución de los nazis. Su amigo Klaus Mann dejará escrito que lo vio al borde del colapso: “Si al menos pudiera dormir”. Se ha tratado la depresión, pero nada le alivia los dolores internos de la tragedia familiar y política que le rodea. A su sepelio acuden más de quinientas personas, entre las que se cuentan sus amigos Arnold Zweig, Alfred Döblin, Thomas Mann, Ludwig Marcuse y el último presidente de la República española, Juan Negrín. Sus cenizas permanecieron en el cementerio hasta dos años después de su muerte, sin que nadie las reclamara. En la última carta que dirigió a Pablo Azcárate, Toller se describe como un quijote y termina: “Estos tiempos necesitan personas que vean la realidad, y a pesar de ese conocimiento, no hayan perdido la fuerza para soñar”. Imprescindible, minuciosa y valiosísima esta recuperación editorial en tiempos en los que la amnesia puede costarnos cara.

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