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El escritor norteamericano Edgar Allen Poe

Los ensayos de Poe

Páginas de Espuma inicia la publicación de los ensayos completos del escritor norteamericano, cuyo conocimiento de la literatura española incluye a Lope de Vega, Calderón y Cervantes

25.09.2018 00:00 h.
7 min

Edgar Allan Poe fue el compañero de muchas tardes de lectura de nuestra juventud, cuando la canícula en el lugar de vacaciones era más llevadera con el escalofrío de los cuentos del norteamericano, traducidos​ nada menos que por Julio Cortázar. Luego accedí a su poesía hipnótica, ya en una mediocre traducción que recordar no quiero y que a fuerza de querer ser literal traicionaba lo que es innegociable en el verso: la sensación de ritmo. Pero ahí estaban esos poemas inolvidables, como El cuervo, Annabel Lee, Las campanas y tantos otros que mostraban la otra cara de Poe.

Fue además el autor de una única novela, La narración de Arthur Gordon Pym, y de algunos ensayos y decenas de centenares de artículos y reseñas. De aquellos conocí enseguida el que escribió para acompañar a la obsesionante letanía córvida, en la que filosofaba sobre la composición de poemas y ofrecía recetas para controlar hasta la última gota o con exactitud llevada al gramo el efecto, esa palabra que tanto asoma a sus escritos teóricos. Solo en los últimos meses he accedido cabalmente al resto de su vasta obra crítica, gracias –y por eso comparece aquí– al encargo de traducirla para la editorial Páginas de Espuma.

Naturalmente, no es este el lugar para hacer publicidad del volumen que saldrá dentro de pocas semanas, el primero de tres que ofrecerán la cartografía cabal de este Poe crítico, indagador, explorador de lecturas y literatos, en unos apasionantes Ensayos completos. Pero, fresca la experiencia de trasladarlos al español, son numerosos los comentarios que se le ocurren a uno en relación con las cuitas, retos, gratificaciones, torturas chinas y recompensas que tamaña tarea comporta. Por inteligencia y aguda sensibilidad, Poe fue un fuera de serie. Traducirlo, un verdadero privilegio.

Una de las mayores dificultades que entraña este primer tomo de lo que será trilogía es el largo ensayo, La lógica del verso, en el que el autor de La máscara de la muerte roja se mide con los tratados de prosodia inglesa y se luce en una brillante exposición, llena de ejemplos en los que desgrana las piezas de ese engranaje tan diferente del nuestro: el de la versificación de su idioma, tan diferente al español. Aquí ha habido que adaptar en ocasiones y, si fuera lícita la expresión, engañar para no mentir. En algunos casos, junto con la traducción se ofrece el original para que se aprecie esa mecánica de sílabas, acentos y pies, en escansión muy exótica para nosotros.

En otras ocasiones, la dificultad estriba en cómo escribir mal los ejemplos defectuosos que Poe recrimina en otros con errores, fallos de concordancia y de gramática más o menos paralelos. Si traducir lo excelso es arduo, no menos penoso es hacer lo propio con lo averiado, la plana en la que el escritor​ ha dejado huella de sus resbalones. Siendo Poe muy quisquilloso en advertir pifias, su traductor tiene que hacer de tripas corazón y, por exigencias del guion, ultrajar la frase, cuando no la ortografía.

Mención aparte merece el conocimiento de la literatura extranjera de la que hizo alarde Poe, y destaca en ella (tras la británica, naturalmente) la española. Estudió nuestra lengua en la Universidad de Virginia antes de abandonarla por tahúr, y en su obra crítica muestra un excelente conocimiento de Lope, Calderón y, sobre todo, Cervantes. Precisamente por eso este traductor se permitió una licencia: That he would free him now, and thus set all matters straight, the spectator cannot doubt for an instant se convirtió en “El espectador no duda ni un solo instante de que querrá liberarlo ipso facto, y así deshacer el entuerto”. Solo después de entregada la traducción me di cuenta de que en el Quijote (capítulo cuarto del Libro Primero) la fórmula es “desfacer agravios y enderezar entuertos”, aunque popularmente ha quedado el híbrido “desfacer entuertos”.

Pero no es don Miguel, ni los citados, los únicos españoles en figurar en las páginas de la obra periodística de Poe: los acompañan (en este o en los sucesivos volúmenes) Francisco de Aldana, Fernando de Herrera, Francisco de Quevedo... Y no acaba aquí la lista. Precisamente de Quevedo comenta una traducción al inglés del celebérrimo soneto sobre Roma. El “Buscas en Roma a Roma, ¡oh peregrino!, / y en Roma misma a Roma no la hallas: / cadáver son las que ostentó murallas, /y tumba de sí propio el Aventino” muda en Pilgrim! In vain thou seekest in Rome for Rome! / Alas! the Queen of nations is no more! / Dust are her towers, that proudly frowned of yore, / An her stern hills themselves have built their tomb.

Es interesante esta página en la que Poe se atreve a alabar la traducción (que como puede apreciarse es más bien versión libre). Como era habitual en la época (y lo ha sido hasta fecha relativamente reciente), la traducción/versión de Elizabeth F. Ellett emplea la rima. No es esto, por normal, lo que llama la atención al autor de Al Aaraaf, sino que “en este caso la traducción es impecable, y combina, felizmente, una cercana aproximación al significado del original con su aire extraño y su pomposo ritmo”.¿Creíamos conocer a Poe? Sus reseñas y ensayos lo desmienten.

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