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Elogio y defensa de la Retórica

Alegoría anónima que muestra a la Retórica entronizada entre la Prudencia y la Invención (1561)

El arte del discurso, ausente de los planes educativos, es la herramienta intelectual que nos permite analizar la literatura, comprender a los otros y hacernos entender

03.07.2018 00:00 h.
10 min

La retórica en España tiene mala prensa. El diccionario de la Real Academia incluye, tras su definición formal –“Conjunto de reglas que se refieren al arte de hablar y escribir de forma elegante y con corrección con el fin de deleitar, conmover o persuadir”–, dos acepciones más, ambas coloquiales, cuyo sentido es despectivo: “Empleo rebuscado y artificioso del lenguaje”; “Argumento engañoso o razón fuera de lugar”. No sabemos si estos dos últimos usos del término son la causa de su ausencia de los planes de estudios, pero es indudable que transmiten muy bien la escasa valoración social de un arte –el de la palabra– que heredamos de la cultura​ clásica, fue durante siglos el eje de la sabiduría medieval y formó parte del capital intelectual del humanismo y del sistema de educación occidental hasta la Ilustración. 

Para ser un país tan dado a la charlatanería, en España no damos excesivo valor a la expresión exacta. Más que una contradicción, se trata de un fenómeno lógico: hablamos tanto, sin decir demasiado, que no es extraño que no le otorguemos relevancia al buen decir. En el diccionario inglés de Cambridge el término retórica carece de significados peyorativos. La cultura anglosajona, más dada a la introspección que la mediterránea, concibe la retórica como un saber positivo que no sólo goza de una larga tradición, sino que disfruta de aceptación social.

Todavía no ha desaparecido de la formación general de sus alumnos, tanto si son de letras como de ciencias. Un programa de la Universidad de Iowa, en Estados Unidos, explica los motivos por los cuales las habilidades retóricas son parte de la formación esencial del individuo: “Para conseguir una rebaja en una tienda, negociar un aumento de sueldo con tu jefe, convencer a tu familia y a tus vecinos de algo, discutir con un amigo o presentar una queja necesitas la retórica”. Es tan cierto como el sol que nos alumbra.

La marginación de la disciplina en los programas docentes, incluido el cada vez más estrecho ámbito de las humanidades, es una tragedia cultural cuyas consecuencias sociales percibimos casi a diario: mucha gente, delante de un micrófono, no sabe qué decir si no se refugia en obviedades, frases hechas o lugares comunes. En América es bastante menos frecuente. Nuestra forma de progreso es extraña: se basa en la trivialización de la ignorancia. La retórica ni consiste en hablar sin sentido ni es una técnica para construir discursos políticos. Es una herramienta intelectual de primer orden que ayuda a pensar, permite comprender a los otros, sirve para analizar y construir argumentos y enseña el mecanismo secreto de la literatura, la variación retórica que Aristóteles llamó Poética, diferenciando así los discursos persuasivos de los puramente artísticos. 

La caída en desgracia del arte de la expresión verbal tiene su origen en uno de los célebres monstruos de la razón, que sustituyó la verosimilitud de una afirmación por su lógica racional. El pensamiento científico, basado en la observación y en la prueba, destronó así a la retórica, que hasta ese momento regía el catálogo de saberes humanos por encima de atributos tan nobles como la prudencia o la invención. Ante las certezas que prometía la ciencia, el lenguaje parecía una forma de conocimiento falaz.

El pensamiento empírico entronizó la evidencia como el saber supremo. El ars bene dicendi quedó convertido en cháchara de academia. Ya no era preciso argumentar. Bastaba con demostrar. La ciencia se desarrolló gracias a esta idea. El problema es que los seres humanos no somos exactos y, básicamente, somos lo que decimos, aunque no pronunciemos una sola palabra. Pensamos gracias al lenguaje y educamos –y nos educan– mediante la palabra, que es el único sistema de intermediación social que existe. 

La educación, en el sentido liberal del término, en el fondo no es más que un proceso retórico, una dialéctica: unos argumentan y otros calibran, asumen o descartan estas afirmaciones con libertad, sin imposiciones. Por eso no se entiende que la mayoría de los escolares españoles no sepan quiénes fueron Isócrates, que estableció el arte retórico como una obligación para las altas clases griegas, o Quintiliano, considerado el primer profesor pagado por el Estado de la historia. Cicerón creía que sin conocimientos retóricos es imposible tener cultura. La filosofía escolástica define la educación superior a partir de tres competencias: hablar (escribir), pensar y argumentar. La diferencia entre la alfabetización y la autonomía del pensamiento radica en las dos últimas. Nuestros pedagogos parecen haberlo olvidado.

Academia de caballeros  del Castillo de Rosenborg o la representación de la Retórica (1620) / PIETER ISAACSZ

Academia de caballeros  del Castillo de Rosenborg o la representación de la Retórica (1620) / PIETER ISAACSZ

El ser humano no es una máquina. Los hechos culturales, que nos explican como sociedad, carecen de la exactitud de las ciencias exactas. La retórica, que algunos confunden con la oratoria y con sandeces como el coaching –esa estafa posmoderna–, es, como ha escrito Tomás Albaladejo, uno de nuestros maestros, una ciencia y un arte. Ambas cosas al mismo tiempo. Paradójicamente, esto no ha servido para que uno de sus tratados más excelsos –el soberbio manual en tres tomos de Heinrich Lausberg– vuelva a editarse en castellano. Su última impresión data de principios de los años ochenta. Una carencia que dice bastante –y no precisamente para bien– de nuestras políticas educativas, más preocupadas en adoctrinar y evangelizar que en enseñar métodos útiles para cuestionar los mensajes que recibimos. 

No puede hablarse de una verdadera democracia –más allá de lo formal– sin el ejercicio cotidiano de la retórica. Restringir la disciplina a desentrañar el ornatus del lenguaje literario, como se ha hecho durante décadas, es encerrarla en un museo o concebir la literatura como un ejercicio endogámico en vez de entenderla como un arte vinculado a la vida. El artificio retórico es un ejercicio complejo que engloba procesos inventivos, dispositivos, elocutivos, memorísticos y ejecutivos. No se resume en la dicción. El uso literario de la retórica es posterior al social porque el ejercicio de la palabra está ligado a los actos políticos y a la libertad de pensamiento. La retórica enseña que escribir no consiste en redactar, sino en emocionar a través de las palabras. Lejos de ser un patrimonio de los artistas, es una cualidad que debería poseer cualquier ser humano. 

Edición de la 'Poética' de Aristóteles de 1780.

Edición de la 'Poética' de Aristóteles de 1780.

La elocuencia, como dijo Valery de la sintaxis, es un atributo del alma. No es extraño que quienes ambicionan controlar la mente de los hombres sientan inquietud ante su presencia, que nos permite entender el mundo y explicarlo, ayuda a relativizar las cosas, desmonta los dogmas de fe y construye una verdad práctica. Platón, es sabido, condenó a los sofistas por ser inmorales encantadores del verbo. Su discípulo, Aristóteles, escribió una Retórica para enseñar a argumentar de forma sistemática. Terminó corrigiendo a su maestro mediante un ejercicio retórico, lo que equivale a decir crítico: construyó su verdad desmontando la ajena. Pensando gracias a las palabras. No hay arte mayor que el humilde juego del ingenio que consiste en combinar las letras del abecedario. Quien lo practica, lo sabe.

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