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Philip Marlowe, interpretado por Humphrey Bogart / WIKIPEDIA

El primer Gimlet

El 1980 se inauguró en el barrio del Born una pequeña coctelería que se convirtió para algunos en un hogar

22.04.2019 00:00 h.
4 min

Descubrí la existencia del gimlet leyendo a Raymond Chandler: era el cóctel favorito de Philip Marlowe. A mi amigo Ignacio Vidal-Folch le sucedió exactamente lo mismo. Por eso dedicamos tantas tardes, en casa de sus padres, a ensayar la mezcla perfecta, la justa medida de ginebra y lima que nos acercara lo más posible a la psique de nuestro admirado detective. Creo que no lo logramos jamás, pero pillamos algunas tajadas memorables.

El 1 de enero de 1980 se inauguró en el barrio del Born una pequeña coctelería llamada Gimlet que se convirtió para algunos --yo incluido-- en un hogar lejos del hogar durante un par de años. Tras un tiempo denigrado por ser la droga de nuestros padres, el alcohol volvía por sus fueros y lo hacía en sitios de una elegancia y solera impostadas como el Gimlet, donde acudíamos los moderniquis de la época, que a la hora de impostar tampoco éramos mancos. La new wave había traído una vestimenta cómoda y que tenía la virtud de molestar enormemente a los post- hippies de canuto y birra. Yo no me quité el uniforme --chaqueta, camisa, corbata, tejanos, bambas y una chapa con el careto de Buddy Holly-- en los dos años que Javier de las Muelas tardó en aburrirse de su primera creación, la dejó en manos del eficaz Juanra y se fue a la zona alta de la ciudad, donde todavía hay un bar que se llama Gimlet. Cuando Javier desapareció, también yo empecé a hacerlo. Supongo que echaba de menos la conversación y alguna que otra copa gratis que me caía de vez en cuando. O igual dejaron de anunciar el cierre con Para ti, aquella canción de Fernando Márquez que te avisaba de que, si tenías casa, más te valía irte encaminando hacia ella. Nunca me aclimaté al llamado Gimlet de arriba, para distinguirlo del Gimlet de abajo, prefería aquel agujero angosto del Born donde se bebía de pie y la misma noche podías llegar a mantener doscientas conversaciones distintas, cada una más delirante que la anterior gracias a la progresiva ingesta de alcohol. Me gustaba llegar, abrir la puerta, intentar discernir a los conocidos entre la nube de humo que emponzoñaba el local --entonces se podía fumar en los bares--, apoyar el codo en la barra, saludar a Javier y empezar a pimplar. Ya habría tiempo de pasar por Zeleste cuando sonara Para ti.

Curioso personaje, el señor de las Muelas. Abandonó la carrera de medicina y, cuando lo conocí, se dedicaba a enganchar en los pirulís los posters de los conciertos de Gay Mercader. A ver lo que dura, pensé cuando abrió el Gimlet. Pero el Gimlet le fue de maravilla, como el de la zona noble, y luego se inventó el Nick Havanna, se hizo con el Dry Martini, se expandió por España y Europa y ahora es un magnate del ocio nocturno, mientras yo sigo dedicado a lo de siempre, aunque haya dejado de hablar de Roxy Music para hablar de Puigdemont, lo cual se me antoja a veces un desdoro.

Ahora el Gimlet de abajo se llama Marlowe y el de 1980 se ha convertido para mí en un estado mental, en un recuerdo feliz, en un sitio que existe en el espacio, pero no en el tiempo. Y algo me dice que no soy el único.

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