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La escritora mexicana Elena Garro

El arte de titular

Una de las cosas más difíciles en literatura es poner nombre a un libro, lo que explica que existan abundantes ejemplos de similitudes, copias o coincidencias

19.06.2019 00:11 h.
8 min

Una de las cosas más difíciles en literatura es el arte de titular, que no todos poseen y que quienes sí son capaces de ello, con precisión y magia, tienen mucho ganado. Hay títulos grises, mediocres, adocenados, y otros poderosos que con su rotundidad o misterio invitan a la lectura y consiguen captar, buenos anzuelos, la atención del lector. Entre estos últimos abundan, además, los que siguen el cauce de una armonía prosódica que transita entre el pentasílabo y el heptasílabo, algunos aventurándose en el endecasílabo. Parecen meros títulos y en realidad son versos camuflados.

No pocos poetas y narradores que ejecutan con solvencia y hasta brillantez su trabajo quedan luego desvalidos a la hora de rematar el poema, el cuento, la novela, y el título acaba en algo insulso y, si no directamente postizo, prescindible. Al menos, los primeros tienen la ventaja de que los poemas pueden carecer de título, con solo un numeral romano o arábigo presidiéndolos, o simplemente el primer verso, lo cual no exime de titular el conjunto, tarea áspera e ingrata para quien no ha recibido el don.

El número de palabras es limitado, y tampoco son infinitas las combinaciones de las más usuales, que suelen ser las más importantes. Es por ello que a menudo se dan coincidencias, títulos idénticos o muy parecidos. Si es difícil dar con un buen título, no es raro, pues, que dos o más obras terminen compartiendo el mismo, ya sea por casualidad (casi siempre), ya por guiño u homenaje las menos de las veces. Sucede lo mismo que con algunas ilustraciones que se repiten en diferentes cubiertas, como si se hubieran erigido en monarcas absolutas de las pinacotecas y las librerías.

A veces, los autores querrían gozar en exclusividad un título, con una idea un tanto egoísta del yo llegué primero. Pero no es posible esa práctica de tierra quemada según la cual una vez hollado un territorio ya no es posible que lo pise otro. Abundan los ejemplos de esta promiscuidad de los epígrafes que se entregan a más de un autor. El alquimista es título de una obra de teatro de Ben Jonson, contemporáneo de Shakespeare, y de un best-seller de Paulo Coelho. En este caso, una se titula en su lengua original The Alchemist y la otra O alquimista. Diferente es el caso de El mundo es un pañuelo de Elvira Lindo (Tinto de verano, 2) y el de David Lodge (Small World, que procede de la locución inglesa It’s a small world, que significa exactamente lo que se dice en el título).

Los recuerdos del porvenir, Elena GarroTítulos ambos en inglés (The Lost World) son El mundo perdido de sir Arthur Conan Doyle y el de Michael Crichton (la segunda parte de Parque Jurásico). Sendos títulos en español, El arte de la fuga de Sergio Pitol y de Vicente Valero. Uno en italiano y otro en español, Una historia sencilla, de Leonardo Sciascia y Leila Guerreiro (en el caso de aquel, Una storia semplice). También en lenguas distintas (ruso e inglés), La madre, de Maxim Gorki y de Pearl S. Buck, o El arte de amar de Ovidio y Erich Fromm. 

Esos días llega a las mesas de novedades la última novela de Siri Hutsvedt, Recuerdos del futuro (Seix Barral), en traducción de Aurora Echevarría. Se trata de una ajustada traslación del original Memories of the future, título poderoso lleno de sugerencias. La pregunta que a uno le asalta de inmediato es si no sabía la escritora norteamericana que ya otra escritora igualmente norteamericana (los Estados Unidos no tienen el patrimonio de ese semicontinente) había usado un título prácticamente idéntico. Me refiero, claro, a Elena Garro y Los recuerdos del porvenir (que es en realidad mejor título, aunque los dos en español sean versos medidos: aquel heptasílabo, eneasílabo este). Cierto también que antes que la autora mexicana publicara su novela el título Recuerdos del futuro había sido utilizado en los años veinte por Sigizmund Krzhizhanovsky para un cuento que dio título a una colección póstuma publicada en ruso después que Recuerdos del porvenir y traducida al inglés (Memories of the future) en 2009. Más tarde, otros títulos han seguido su estela: el más exitoso en ventas Recuerdos del futuro, del ufólogo Erich von Dänikken (traducción literal de Erinnerungen an die Zukunft), aunque también Federico Mayor Zaragoza dio a la estampa en 1994 Memoria del futuro, actualizado en 2018 como –¡sorpresa!– Recuerdos para el porvenir. Puede que haya más casos que se nos escapen.
Recuerdos del futuro, Siri Hustvedt
Lo que casi nadie sabe es que el manuscrito de la novela de Garro estuvo años abandonado en un baúl guardado en el hotel Middleton, en Nueva York, a pocas paradas de metro de donde vive Siri Hustvedt. En su reconstrucción de la revolución mexicana y de la guerra cristera se produce una extraña fusión del tiempo lineal y el cíclico, el racional y el mítico, el occidental y el prehispánico. Una estudiosa, Margarita León Vega, señala que aquí: “El tiempo subjetivo, interior, de los personajes alterna con el tiempo objetivo, exterior.” Es el tiempo circular, el eterno retorno del que escribieron Nietzsche, Heidegger y Eliade. Recuerda en ello a Octavio Paz, que salvó el manuscrito de Garro e hizo algo similar en “Piedra de sol”, poema que comienza y termina con los mismos versos, donde se hace explícita la condición no progresiva del tiempo: “un caminar de río que se curva, / avanza, retrocede, da un rodeo / y llega siempre”. En la casa de los Moncada, unos de los protagonistas de la novela de Garro, el reloj se para por la noche, y el tiempo avanza hacia atrás, por así decir. Y así hasta el día siguiente, cuando recomienza. Con esta concepción temporal, Hutsvedt podría argüir que ella empleó el afortunado título primero.
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