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¿Educar, para qué?

¿Educar, para qué?

Hoy son legión quienes no saben que hubo alguien que se llamó Dostoyevski, Balzac o Azorín. Preguntémonos si no pasa nada por eso, esto es, si este es un asunto inocuo

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En 1876, más de un año después de que un pronunciamiento militar diera punto final a la inestable Primera República Española, apareció la Institución Libre de Enseñanza. Su objetivo era acometer la renovación intelectual de la vida pública española; un objetivo interminable. El alma de este proyecto concreto fue el malagueño Francisco Giner de los Ríos, nacido en 1839 y catedrático en Filosofía del Derecho y en Derecho Internacional de la Universidad Complutense.

¿Cómo se puede renovar a mejor la vida intelectual de una sociedad? Giner tenía claro que disponiendo de personas sinceras, sobrias y magnánimas (esto es, de gran corazón; lo opuesto a pusilánime, de alma pequeña) que lleguen a prevalecer sobre los caracteres falsos, grotescos y crueles. Entendía que había que proponerse hacer de los chicos y chicas “hombres de razón y conciencia, honrados, inteligentes, laboriosos”, que no bachilleres precoces, superficiales, extraños a la realidad de la vida, sin personalidad y sin hábitos formales de trabajo. Estos objetivos continúan siendo absolutamente precisos para nuestra calidad de vida social, por más que muchos expertos vayan en otra dirección.

Giner no era ciertamente un gran escritor, pero rezumaba vocación pedagógica y pretendía generar centros que irradiasen serenidad, valor y jovialidad, y corregir así el sectarismo y la apatía que consumía a la España de la época. ¿Nos podemos preguntar hoy día cuánto sectarismo está instalado en nuestras diversas aulas, o cuánta apatía? ¿Quién no soporta que se formule esta simple cuestión, por qué?

“Para tratar con niños, es menester hacerse niño; para enseñar a adultos ignorantes hay que hacerse (pero no serlo) ignorante”, así opinaba Giner de los Ríos, atento a la forma de aproximarse a los demás. Una ola envolvente de simpatía que cuida los detalles. Entendía el maestro rondeño que hace falta educar para un trabajo personal, liberado de aburrimiento. Estudiar hace mucha falta, exclamaba, “para saber que se ignora y adquirir humildad y sobriedad”; esto supone vacunarse contra los narcisismos.

El coste de la ignorancia

Lo que antes se denominaba cultura general parece haber pasado a mejor vida. Giner de los Ríos reiteraba que los estudios técnicos no debían desentenderse de la cultura general, “porque el hombre no deja un día de serlo para hacerse ingeniero”. Pero hoy estamos donde estamos. ¿Hasta cuándo? No se trata de darse tono ni de darse pisto, no se trata de estética. Hoy son legión, y no sólo en las carreras técnicas, quienes no saben que hubo alguien que se llamó Dostoyevski, Balzac o Azorín; no digamos haber leído alguna obrita de uno de ellos. Preguntémonos si no pasa nada por eso, esto es, si este es un asunto inocuo. ¿No acabamos pagando un peaje por esas satisfechas ignorancias? ¿Se podría llegar a especificar el coste personal y social que esto supone?

Giner era partidario del fomento de un sentido antiacadémico, familiar y educador en la enseñanza, con un amor supremo a la verdad. Se planteaba qué era la vulgaridad, y él mismo se respondía: “La dictadura del egoísmo, la servidumbre de la rutina y la indiferencia por las grandes cosas”. Podríamos decir que es un desdén universal hacia todo lo universal.