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'Homenot' Eduard Punset / FARRUQO

Eduard Punset: Contigo quería hablar

Eduard Punset, economista, divulgador científico, europeísta radical y enfermo de curiosidad, abre el debate ante el Altísimo después de una vida dedicada a la razón derrotada por la emoción

31.05.2019 00:00 h.
11 min

“Contigo quería hablar” es lo primero que presuntamente dijo Eduard Punset al flanquear la puerta del cielo y darse de bruces con Dios en persona. Debió preguntarse a sí mismo: "¿Qué hago yo, aquí? Somos átomos en un 90% y los átomos no desaparecen ¿O sí? Pensaría al fin en el segundo principio de la Termodinámica: la entropía, donde una parte del todo es caos con nosotros incluidos. En su último viaje en términos escatológicos, no astronómicos, tal vez haya podido conectar con UNA parte del público que lo encumbró, aquel que tiene un interés relativo en conocer cómo funciona el mundo, pero que acepta de buen grado los cataplasmas del alma, difundidos en los libros de autoayuda.

Tendió puentes de diálogo con quienes le llevaron la contraria: buena parte de los investigadores del CSIC y especialmente el astrofísico Jorge Wagensberg, el llorado exdirector del Museo de la Ciencia, un auténtico martillo de herejes de cuanto decía y escribía el hombre-marca de la ciencia para todos. Punset despertó envidias. Representó fielmente el estigma del curioso rendido ante el conocimiento, capaz de considerar la oración como una forma de paranoia: hablar con alguien que no existe es una psicosis paranoide. Eduardo Punset murió el pasado 22 de mayo y, a modo de epitafio expositivo, su familia colgó en las redes sociales una serie de imágenes biográficas del hombre que fue experto en economía, enamorado del arte, europeísta radical y divulgador científico de primera, gracias al programa Redes, en La 2 de TVE. Fue enterrado en el cementerio de La Vilella Baixa (Tarragona), su pueblo natal, donde su padre ejerció de médico rural. Siempre merodeó su origen, incluso en bañador, cuando pasaba los veranos en un chalé frente al mar de Cabo Salou.

En estos últimos días, los medios han volcado el dolor nostálgico del duelo. Hemos visto en dos reposiciones a Buenafuente y Punset tratando de afrontar las grandes dudas de la condición humana ante los problemas de la vida; un repaso a los miedos y las fortalezas del cerebro y las maneras de actuar para pasarlo mejor, en clave científica y sin perder el humor. El programa Pienso, luego existo ha hecho un monográfico en el que Punset reflexiona sobre las emociones, grandes protagonistas de sus libros, y da su punto de vista sobre el amor o la felicidad a partir de los últimos descubrimientos científicos. Hemos recreado al ausente desde el sofá de casa con la aparición en pantalla de Javier Tejada, catedrático de Física de la UB, que escribió El templo de la ciencia con Punset, junto al editor de Península, Ramon Perelló, hablando del fenómeno editorial Punset y de Elisa Punset, hija de Eduardo que desglosó las entregas más recientes del sabio.

Desde el agnosticismo impostado se ocupó de la filosofía de Dios, al hilo de Baruch Spinoza. Quienes le conocieron recordarán su estudio en la masía de Fonteta –en pleno Baix Empordà– tras un ventanal acristalado moldeado por la piedra. Punset era de los que hablan sin olvidarse de preguntar; inquiría con media sonrisa en el semblante jacobino, bajo el celofán de su clásica melena rizada y abierta en torno a su frente desnuda. Yo le conocí en verano del 81; habíamos superado la asonada de Armada y Tejero, y hacía ya un tiempo que Punset había puesto fin a su breve paso por el Gobierno de Suárez –“me ficharon porque hablaba inglés”, repetía a menudo– con un recuerdo más bien funesto del juego de la política.

Había sido consejero de Economía y Finanzas del Govern en la Generalitat provisional de Tarradellas como militante de Centristes de Catalunya, el grupo en torno a la figura de Anton Canyellas. Aprendió las refutaciones caprichosas de la praxis institucional, cuando Unió Democràtica-Centristes se pasó a la UCD de Suárez, cavando para siempre una zanja de separación respecto al nacionalismo de Jordi Pujol. Entró de lleno en aquel centro-derecha moderadísimo de los Trias de Bes, Joaquim Molins, Ramon Masferrer o Folchi Bonafonte, cometa brillante de afán regeneracionista, pero de trayectoria efímera frente al romanticismo cerril del mundo convergente. De joven fue comunista, como casi todos en la España del general. En algunas entrevistas proclamó aquello de “mi primer amor se hizo monja”, evocando sus comienzos en el arte amatorio con la emoción paralizante de Andrés Hurtado, aquel joven pasmado de El Árbol de la ciencia, la novela de Baroja, toda un viaje en la educación sentimental de la narrativa naturalista, rusa y francesa. La monja se marchó al África y sus amigos, encima, se lo reprochaban: si eres incapaz de impedir que tu novia se haga monja nunca convencerás a nadie de que el comunismo tiene razón.  

En su paseos ampurdaneses, caminaba sobre los sembrados de un mundo agrícola geométrico, como salido de un teorema matemático, que él admiraba y comparaba al condado británico de Gales. En otra ocasión, le entrevisté caminando sobre las aceras del Eixample de Barcelona. El tema fue entonces la economía, concretamente el sistema eléctrico español, referente del “reino de la chapuza”, que Punset denunció tan a menudo. Había sido nombrado presidente de Enher, la empresa pública levantada por Victoriano Muñoz, el ingeniero de los pantanos de Franco; y claro, Punset, que de joven había hecho sus pinitos en Londres, como redactor del Financial Times, se quejaba amargamente de los desequilibrios del sector y de la imposible formación de precios: la dichosa tarifa eléctrica. 

En el otoño tórrido de 1996, descubrimos que Redes, el programa científico de Punset, realizado con un toque intencionadamente mainstream, profundizaba en temas de los que en España no había hablado nadie ente una audiencia televisiva. A lo largo de casi dos décadas, interrogó y dobló, con su voz característica sobre el fondo de la respuestas en inglés, a Roger Penrose, Daniel Dennett, Steven Pinker, Robin Dunbar, James Watson y Francis Crick, Lawrence Krauss, o Edward O. Wilson y muchos más; una larga lista de científicos que solo los expertos muy exquisitos habían tenido la oportunidad de leer en artículos de publicaciones especializadas.

Antes de su fiebre por visitar los centros de investigación más reputados del planeta, empezó su empeño divulgador intercalando a sabios más cercanos, como Manuel Toharia, Puente Ojeda o Gustavo Bueno. En la segunda mitad de los noventas, la España va bien de José María Aznar empezó a interesarse por las bacterias, los radicales óxidos, las enanas blancas o el genoma humano. Punset entendió muy bien que el medio es el mensaje y que ambas cosas pasan por uno mismo, si se dominan las artes escénicas del plató y su posterior narrativa escrita. Así llegaron libros como El viaje a la felicidad (2005) o El alma está en el cerebro (2006) o Por qué somos como somos. A las conclusiones metafóricas del autor se les colgó alegremente la macdonalización punsetiana de la ciencia y, probablemente, el éxito hizo de la necesidad virtud en el aspecto comercial. Fue entonces cuando, en la cabeza del divulgador, la vieja medicina ayurvédica se mezcló con la física cuántica y la teoría de cuerdas. 

Al cabo del tiempo, desengañado de su labor de años y centrado en solucionar problemas concretos, Punset creó el gabinete Apol (Apoyo Psicológico Online), en el que se centró en lo que nos pasa por dentro. Después de todo, siguiendo a René Descartes, resumió que la subjetividad humana es el baremo de lo real. Acosado por los que criticaban su éxito social, buscaba las fuentes de la serotonina, la droga de la felicidad que fabrican nuestros neurotransmisores, células arpías, capaces de hacernos creer que somos inmortales. Quiso conocer las categorías totales; cruzó el pensamiento fuerte de Nietzsche y el significado del lenguaje de Wittgenstein con la neuropsiquiatría de Oliver Sacks; supo de la tristeza y de la soledad ante la inminencia del fin. Hace pocos días, a su encuentro con Dios, le añadió un toque de humor cervantino. Seguro.