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Eagleton: formas de leer el caos

Eagleton: formas de leer el caos

Carlos Mármol analiza al ensayista británico, célebre en el ámbito de los estudios literarios, reivindica el valor de las humanidades frente al dogmatismo fundamentalista y el relativismo

24.10.2017 00:00 h.
6 min

“Las teorías van y vienen; pero lo único que persiste es la injusticia”. Terry Eagleton (Salford, Lancashire, 1943) está considerado uno de los pensadores más interesantes de nuestro tiempo. Todo un elogio para un intelectual calificado por algunos como neomarxista. Sus enemigos lo sitúan, con insistencia sospechosa, dentro de la filosofía radical, aunque sus fuentes vitales son básicamente pacíficas: sus experiencias personales como miembro de una humilde familia de inmigrantes en el territorio obrero del Gran Manchester. Las influencias sentimentales, en cambio, lo aproximan al cristianismo humanista, herencia quizás de sus ancestros irlandeses. Uno diría que Eagleton, además de todo esto, es también otra cosa: la muestra más patente de que los antiguos valores republicanos --cívicos más que políticos-- son una excelente guía para poder diagnosticar los males de nuestra sociedad, aunque no garanticen siempre el éxito a la hora de tratar de ponerles remedio.

Sus ensayos, centrados en el ámbito de los estudios literarios y la cultura occidental, están llenos de ironía y humor. Dos logros a los que muy pocos se aproximan: desacralizar la alta cultura sin perder ni un gramo de profundidad en la mirada no es una tarea sencilla. Pero resulta necesaria, entre otras muchas cosas, para movernos en ese territorio hostil y al mismo tiempo apasionante que es pensar por uno mismo, sin respetar las etiquetas que nos asignan los demás y mandando a paseo el espíritu marcial que requiere la militancia política. Eagleton aprendió todo esto gracias al contraste entre sus modestos orígenes y sus años de formación en las elitistas universidades de Cambridge (como alumno) y Oxford (como profesor). Ahora enseña en Lancaster teoría literaria, la ciencia que permite comprender cómo funciona el mecanismo de la expresión artística que los antiguos griegos llamaban poesía. Una sabiduría que no sirve absolutamente para nada. Justo por eso es tan importante: nos enseña a pensar sin más interés que el afán por saber. No lo parece, pero en la vida es un hecho capital. Las cosas más importantes de la existencia individual no tienen ningún sentido práctico: beber una copa de vino, celebrar una buena comida, dormir la siesta, leer un poema, ver un amanecer o disfrutar de un encuentro entre amigos. Todas son cosas que hacemos por placer.

Lo mismo ocurre con las humanidades, cuyo arrinconamiento, incluso en el ámbito académico, es una preocupación recurrente a la que Eagleton ha dedicado muchos textos, fundamentalmente para alertar sobre el cambio de rol de las universidades, en proceso de ser convertidas en fábricas de mutantes en lugar de conservar su antiguo espíritu crítico, que es su razón de ser. ¿Para qué sirve la crítica cultural? Para nada, salvo para evitar que los políticos, los banqueros y los hombres de negocios nos engañen. “La cultura es un nexo vital entre la política y la experiencia personal; da a las necesidades y deseos humanos una forma que se puede debatir públicamente, enseña nuevos modos de subjetividad y combate las representaciones recibidas”, escribe Eagleton. Todo hecho cultural es un acto político, aunque no siempre se perciba.

Posmodernidad y fundamentalismo integrista

Eagleton ha navegado con inteligencia entre los dos grandes fenómenos culturales de nuestra era, que también son extrañas formas de proclamas partidarias. Por un lado, ha escrito --mucho y bien-- sobre el dogma del relativismo que es la posmodernidad, la ideología del capitalismo tardío. Por otro, ha dedicado páginas extraordinarias al fundamentalismo integrista --en cualquiera de sus variantes, desde la nacionalista a la religiosa-- que vive como un trauma la diversidad y mero el paso del tiempo. Pocos ensayistas como Eagleton han explicado tan bien el delirio de posmodernistas e integristas asociándolo al acto de la lectura, el mecanismo intelectual más complejo que existe. Los signos (culturales), sostiene Eagleton, son portátiles. Su significado varía con el transcurso del tiempo. Esto explica que su desciframiento sea siempre una interpretación, no una referencia fija.

El posmodernismo, con su teoría de la muerte de los grandes relatos, anula la interpretación de la cultura y convierte el arte en una mercancía. El integrismo hace el proceso contrario: al sentir pavor ante la libre interpretación, trata de encerrar la libertad del pensamiento individual en los versículos de las madrasas. Uno propone una lectura de la vida donde no existe ningún sentido. El otro pretende imponer un único significado por decreto. Son dos caras de la misma moneda. Frente a ambos, los ensayos de Eagleton nos enseñan a leer nuestro tiempo con espíritu crítico y sensibilidad social. A descubrir que lo importante en literatura no es la ideología que transmite un libro o el contexto social en el que se produce, sino cómo un novelista o un poeta dicen lo que quieren decir de una forma y no de otra. Cómo ordenan artísticamente el caos cotidiano en el que todos habitamos.